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Abismo de Pasión Kenia y Augusto

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Abismo de Pasión Kenia y Augusto

El sol de Playa del Carmen se hundía en el mar Caribe como una bola de fuego, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas suaves. Kenia caminaba por la arena tibia, sus pies hundiéndose en ese polvo blanco que olía a sal y aventura. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel morena por la brisa húmeda, marcando las curvas de sus caderas anchas y sus senos firmes. Hacía meses que no veía a Augusto, su ex que siempre había sido como un imán para su cuerpo y su alma. ¿Por qué carajos vine a esta fiesta en la playa?, se preguntaba, mientras el ritmo de la cumbia rebajada retumbaba desde los altavoces improvisados.

Augusto estaba ahí, recargado en una palmera, con una cerveza fría en la mano. Su camisa guayabera abierta dejaba ver el pecho velludo y bronceado, músculos forjados en el gym de la colonia. Sus ojos negros la atraparon de inmediato, como si el tiempo no hubiera pasado. "¡Kenia, wey! ¿Qué onda, mi reina?", gritó con esa voz ronca que le erizaba la piel. Ella sonrió, sintiendo un cosquilleo en el vientre. Se acercó, el olor a coco de su protector solar mezclándose con el sudor salado de él.

—Órale, Augusto, ¿sigues siendo el mismo pendejo galán? —bromeó ella, dándole un empujón juguetón en el hombro. Sus dedos rozaron su piel caliente, y un chispazo eléctrico la recorrió hasta las ingles. Él rio, una carcajada profunda que vibró en el aire cálido, y la jaló por la cintura para bailar. Sus cuerpos se pegaron al ritmo de la música, caderas moviéndose en sincronía perfecta. Kenia sentía su verga endureciéndose contra su muslo, dura como piedra bajo los shorts de él.

¡Ay, Dios, este cabrón me prende como nadie!
pensó, mientras su clítoris palpitaba con anticipación.

La noche avanzaba, las estrellas salpicaban el cielo como diamantes, y el humo de las fogatas cercanas traía aroma a leña y marshmallows tostados. Hablaron de todo: de los chismes de la banda, de cómo ella había subido de puesto en la oficina en Cancún, de cómo él ahora tenía un negocio de tours en lancha. Pero bajo las palabras, la tensión crecía como una ola. Cada mirada era un roce invisible, cada risa un susurro de promesas. "Ven, vamos a caminar un rato", murmuró él al fin, tomándola de la mano. Sus palmas sudaban, calientes y ásperas por el trabajo.

Se alejaron de la fiesta, la arena ahora fresca bajo sus pies descalzos. El mar lamía la orilla con un chup chup hipnótico, y la luna plateaba sus siluetas. Augusto la detuvo frente a una duna solitaria, su aliento cálido en su cuello. "Kenia, no he dejado de pensar en ti. En cómo me hacías volar", confesó, su voz temblando un poco. Ella giró, presionando sus tetas contra su pecho, oliendo su colonia mezclado con macho puro. "Yo tampoco, amor. Eres mi vicio", respondió, y lo besó. Labios carnosos chocando, lenguas danzando con sabor a cerveza y sal marina. Sus manos exploraron: él amasó sus nalgas redondas, ella arañó su espalda.

El beso se profundizó, un abismo de pasión que los succionaba. Kenia jadeaba, su coño mojado empapando las panties de encaje. Lo empujó hacia la arena suave, cayendo juntos en un nido improvisado. "Quítate eso, wey", ordenó ella con voz ronca, tirando de su camisa. Él obedeció, revelando el torso esculpido que ella lamía ahora, saboreando el sudor salado como néctar. Sus pezones duros rozaban la arena, enviando ondas de placer por su espina. Augusto bajó el vestido de ella, exponiendo sus senos grandes, oscuros pezones erectos bajo la luna. Los chupó con hambre, succionando fuerte, haciendo que ella arqueara la espalda y gimiera alto: "¡Sí, cabrón, así!".

La tensión escalaba, sus cuerpos en llamas. Él deslizó la mano entre sus muslos, dedos gruesos frotando el clítoris hinchado a través de la tela húmeda. "Estás chorreando, mi amor", gruñó, metiendo un dedo adentro, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca. Kenia cabalgaba su mano, caderas girando, el sonido chapoteante de su jugo mezclándose con las olas.

Este pendejo sabe exactamente cómo hacerme perder la cabeza
, pensó, mientras oleadas de placer la sacudían. Lo volteó, desabrochando sus shorts para liberar la verga gruesa, venosa, con la cabeza morada brillando de precum. La tomó en la boca, saboreándola entera, lengua girando alrededor del glande, bolas pesadas en su palma.

Augusto gemía, "¡Qué chingón chupas, Kenia!", embistiendo suave su garganta. Pero ella quería más. Se quitó las panties, montándolo de reversa. Su coño se abrió para él, tragándosela hasta el fondo en un solo movimiento. "¡Ay, qué rico!", gritó ella, rebotando fuerte, nalgas chocando contra sus muslos con palmadas resonantes. Él agarraba sus caderas, guiándola, pulgares en la raja del culo. El olor a sexo crudo llenaba el aire: almizcle, sudor, mar. Sus tetas saltaban, ella pellizcaba sus pezones, él metía un dedo en su ano apretado, lubricado por sus jugos.

El ritmo se aceleró, primitivo. Kenia sentía el orgasmo construyéndose, un volcán en su vientre. "¡No pares, Augusto, me vengo!", chilló, contrayéndose alrededor de su pija, chorros calientes salpicando sus bolas. Él la volteó a misionero, piernas de ella en sus hombros, follando profundo y rápido. La arena se pegaba a sus espaldas sudadas, el viento fresco contrastando con el calor interno. "¡Te amo, puta mía!", rugió él, eyaculando dentro, semen espeso llenándola mientras temblaba.

Colapsaron, jadeantes, cuerpos entrelazados en la arena fresca. El mar susurraba cerca, lavando sus pies. Kenia lo besó suave, saboreando el afterglow. "Caímos en el abismo de pasión, Kenia y Augusto, ¿verdad?", murmuró él, acariciando su cabello revuelto. Ella rio bajito, sintiendo su semen goteando entre sus piernas. "Sí, mi rey, y qué chido fue". Se quedaron así, bajo las estrellas, corazones latiendo al unísono, el mundo olvidado en ese paraíso privado.

Al amanecer, el sol los despertó con rayos dorados. Se levantaron, sacudiéndose la arena, riendo como chavos. Caminaron de regreso a la fiesta ya apagada, manos unidas. Kenia sentía una paz profunda, como si ese abismo no los hubiera tragado, sino elevado. Augusto la miró con ojos brillantes: "Esto no termina aquí, ¿eh?". Ella asintió, apretando su mano. En ese momento, supo que su pasión era eterna, un fuego que ardía sin fin en las playas de su México querido.

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