Pasión Profesión
En el corazón de Polanco, donde las luces de neón besan los cristales de los rascacielos, trabajaba yo, Ana, abogada de treinta y cinco años con un cuerpo esculpido por horas en el gym y una mente afilada como navaja. Mi oficina en el piso veinte olía a café recién molido y a mi perfume de jazmín, ese que volvía locos a los clientes. Pero nada me preparó para Diego, el nuevo socio que llegó de Guadalajara con esa sonrisa pícara y ojos que prometían travesuras.
El primer día que lo vi, estaba revisando unos contratos bajo la luz tenue del atardecer. El sol se colaba por las persianas, tiñendo su camisa blanca de dorado. Qué wey tan guapo, pensé, mientras mi pulso se aceleraba sin razón. Él se acercó con un expediente en mano, su colonia de sándalo invadiendo mi espacio. "Ana, neta que estos papeles están cañones. ¿Me echas la mano?" Su voz grave, con ese acento tapatío, me erizó la piel.
Pasamos horas trabajando, riendo de chistes sobre jueces pendejos y clientes mamones. Cada roce accidental —su rodilla contra la mía bajo la mesa, sus dedos rozando los míos al pasar una hoja— encendía una chispa. Olía a él, a hombre de verdad, sudor mezclado con esa colonia que me hacía mojarme sin querer.
¿Por qué carajos me afecta tanto este carnal?me dije, cruzando las piernas para calmar el calor entre ellas.
La noche cayó sobre la ciudad, y la oficina se vació. Solo quedamos nosotros, con una botella de tequila reposado que sacó de su mochila. "Para celebrar la pasión de la profesión", dijo guiñándome un ojo. Brindamos, el líquido ardiente bajando por mi garganta, calentándome por dentro. Sus ojos se clavaron en mis labios, y sentí su mirada como una caricia. "Tú eres la reina aquí, Ana. Pero yo quiero ser tu rey esta noche".
Mi corazón latía como tamborazo en fiesta. Me paré, fingiendo ordenar papeles, pero él me siguió. Su mano en mi cintura, firme pero suave. No pares, suplicó mi cuerpo. Lo volteé, y nuestros labios chocaron en un beso que sabía a tequila y deseo puro. Su lengua exploró mi boca, hambrienta, mientras sus manos subían por mi blusa, desabotonándola con maestría. Sentí sus dedos callosos contra mi piel suave, erizándome los pezones que se endurecieron al instante.
"Diego... esto es una locura", murmuré contra su cuello, inhalando su olor a macho sudado. Él rio bajito, esa risa que vibraba en mi pecho. "La mejor locura de la profesión, mi amor". Me cargó hasta el sofá de cuero negro, que crujió bajo nuestro peso. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando, lamiendo, dejando un rastro húmedo que me hacía arquear la espalda. El aire se llenó del sonido de respiraciones agitadas y el zumbido lejano del tráfico en Reforma.
Me quitó la falda con urgencia, exponiendo mis tangas de encaje negro. "Estás chingona, Ana", gruñó, sus ojos devorándome. Sus dedos se colaron por debajo, rozando mi humedad. Gemí fuerte cuando tocó mi clítoris, hinchado y sensible. ¡Qué rico! El roce era eléctrico, círculos lentos que me hacían temblar. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado que lo volvía más loco. Él se arrodilló, su aliento caliente en mi entrepierna antes de enterrar la cara ahí.
Su lengua era fuego puro, lamiendo mi panocha con devoción, chupando mis labios hinchados. "Sabes a miel, wey", masculló entre lamidas. Mis manos enredadas en su pelo negro, tirando suave mientras mis caderas se movían solas. El placer subía en olas, mi vientre contrayéndose. "¡No pares, cabrón!", grité, y él obedeció, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde dolía rico. El sonido chapoteante de mi jugo lo llenaba todo, mezclado con mis jadeos.
Pero quería más. Lo jalé arriba, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi palma. La apreté, sintiendo su calor, su pulso acelerado. "Métemela ya", le rogué, guiándolo a mi entrada. Entró despacio, estirándome deliciosamente. ¡Qué llenadera! Gemí al sentirlo todo adentro, sus pelotas contra mi culo. Empezó a moverse, embestidas lentas que se volvieron furiosas.
El sofá rechinaba con cada golpe, su sudor goteando en mis tetas. Las chupaba, mordía los pezones mientras me follaba duro. "Eres mía, Ana. En la pasión de la profesión", jadeaba él. Yo clavaba las uñas en su espalda, oliendo el sexo crudo, sintiendo cada vena de su verga rozando mis paredes. El clímax se acercaba, un nudo apretándose en mi bajo vientre. "¡Me vengo, Diego! ¡Chíngame más!", chillé.
Exploté en un orgasmo que me dejó temblando, mi panocha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él gruñó como animal, hinchándose dentro antes de llenarme de su leche caliente, chorros que sentía chorrear. Nos quedamos pegados, jadeando, el corazón retumbando al unísono. El olor a semen y sudor impregnaba el aire, y el fresco de la noche entraba por la ventana entreabierta.
Después, recostados en el sofá, su cabeza en mi pecho, fumamos un cigarro robado de mi escritorio. La ciudad brillaba abajo, indiferente a nuestra locura. "Neta que esta profesión tiene sus chingaderas buenas", dijo él, besando mi ombligo. Yo reí, acariciando su pelo revuelto.
¿Y si esto es solo el principio?pensé, con una sonrisa perezosa.
Nos vestimos lento, robándonos besos picos. Al salir, el ascensor nos vio complices, manos entrelazadas. En la calle, el viento fresco secaba nuestro sudor, pero el fuego dentro ardía aún. Diego me llevó a su depa en Lomas, prometiendo más noches de pasión profesión. Y yo, por primera vez en años, sentí que el trabajo valía cada pinche hora extra.
Desde esa noche, las juntas se volvieron pretextos. Cada mirada en la sala de juntas era una promesa. Mi cuerpo recordaba su toque, el sabor de su piel salada, el gemido ronco cuando se venía. La profesión ya no era solo contratos y tribunales; era él, era nosotros, era esa pasión que nos consumía en secreto.
Una semana después, en mi oficina otra vez, con la puerta cerrada. Él entró, traje impecable, pero ojos de lobo. "Ana, firma esto", dijo, pero su mano ya estaba en mi muslo. Sonreí, abriendo las piernas. "Firma tú primero, carnal". Su verga ya dura contra mi falda. El ciclo empezó de nuevo: besos urgentes, ropa volando, su boca en mi chochita empapada.
Esta vez en el escritorio, papeles volando. Me inclinó sobre él, metiéndomela desde atrás, sus manos amasando mis nalgas. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mi clítoris rozando la madera fría. "¡Más fuerte, pendejo!", lo azucé, y él obedeció, follándome como poseído. Olía a tinta de impresora y a nuestro sexo salvaje. Me vine gritando su nombre, él siguiéndome, derramándose dentro mientras yo temblaba.
En el afterglow, abrazados en el piso alfombrado, hablamos de futuro. "Quiero más que esto, Ana. Tú y yo, fuera de la oficina". Su voz seria, vulnerable. Lo besé, saboreando el sudor en su labio. "Yo también, Diego. Pero empecemos por sobrevivir a los jefes". Reímos, planeando escapadas a la playa, a Tequila, donde nadie nos jodiera.
La pasión de la profesión nos unió, transformando el estrés en éxtasis. Cada día en esa torre de cristal era una aventura, un roce robado en el pasillo, un polvo rápido en el baño. Mi piel vibraba anticipando su toque, mi nariz buscando su colonia, mis oídos su risa grave. Éramos adictos, y qué chido era.
Ahora, meses después, con anillo en camino, miro la ciudad desde nuestra ventana. Él duerme a mi lado, desnudo, su pecho subiendo y bajando. Toco su verga floja, recordando cómo se endurece para mí. Gracias a la profesión, pienso, sonriendo. La vida, carnal, es una puta fiesta cuando encuentras tu pasión verdadera.