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El Diario de una Pasión Descargada

7130 palabras

El Diario de una Pasión Descargada

Querido diario, hoy me dio por buscar en la red cosas que me prendan el alma, y di con eso de "el diario de una pasión descargar". No sé, wey, pero me jaló como imán. Bajé el archivo, lo leí de un jalón y ¡órale! me dejó con las bragas empapadas. Es como si me hubieran inyectado fuego líquido en las venas. Ahora quiero escribir mi propio diario, descargar mis pasiones más cabronas, las que me queman por dentro. Porque yo, Ana, treintañera de la Roma Norte, con mi departamentito chulo y mi curro en la agencia de diseño, ya estoy harta de la rutina. Quiero sentir piel contra piel, olores que mareen, sabores que exploten en la boca.

Todo empezó en el café de la esquina, ese con las mesas de madera que huelen a café tostado y pan dulce fresco. Ahí lo vi: Diego, el tipo alto, moreno, con esa barba recortada que me hace imaginarla rozándome el cuello. Llevaba una chamarra de cuero gastada, de esas que gritan motoquero, y unos ojos cafés que te clavan como tachuelas. Pedí mi latte de vainilla, y cuando volteé, nuestras miradas chocaron. ¡Pum! Sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas con esteroides. Él sonrió, esa sonrisa pícara de "te voy a comer con los ojos".

Diario, ¿por qué carajos mi cuerpo reacciona así? Mi piel se eriza solo de pensarlo. Quiero que me toque, que sus manos grandes recorran mis curvas, que huela a él mezclado con mi sudor.

Acto uno: la conquista sutil. Me acerqué, fingiendo casualidad. "¿Vienes seguido por acá?", le solté, con mi voz más ronca de lo normal. Él se rio, grave, vibrando en mi pecho. "Sí, nena, es mi spot para recargar pilas". Charlamos de motos, de la ciudad que no duerme, de cómo el tráfico te pone de malas pero el atardecer desde el Pedregal te hace olvidar todo. Su voz era como terciopelo áspero, rozándome el alma. Olía a colonia cítrica con un toque de humo, irresistible. Al despedirnos, su mano rozó la mía al pasarme el celular para mi número. Electricidad pura, wey. Esa noche, en mi cama de sábanas de algodón egipcio, me toqué pensando en él, imaginando sus labios en mi cuello, su aliento caliente.

Los días siguientes fueron un sube y baja de mensajes. "Qué chida foto tuya en la bici", me escribía. Yo le mandaba selfies con escotes que dejaban poco a la imaginación. La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Me traes loca, cabrón, pensaba cada vez que vibraba mi teléfono. Finalmente, quedamos en su depa en Polanco, vista al skyline, luces de neón parpadeando como promesas sucias.

Llegué con un vestido negro ajustado, tacones que clac-clac resonaban en el pasillo. Él abrió la puerta en jeans rotos y playera blanca que marcaba sus pectorales. "Pasa, reina", dijo, y su abrazo fue el detonador. Sus brazos duros me envolvieron, su pecho firme contra mis tetas. Olía a jabón fresco y deseo crudo. Me sirvió un tequila reposado, el cristal frío en mi mano, el líquido ámbar quemándome la garganta con sabor a roble y fuego.

Diario mío, mi clítoris palpita solo de recordar su mirada devorándome. Quiero descargar todo, soltarlo como río desbordado. No aguanto más esta hambre.

Nos sentamos en el sofá de piel suave, música de Café Tacvba de fondo, suave y sensual. Hablamos de pasiones ocultas, de sueños mojados. Su mano subió por mi muslo, lenta, explorando la piel desnuda bajo el vestido. Temblé, el calor subiendo desde mi entrepierna. "Eres fuego, Ana", murmuró, su aliento en mi oreja haciendo que se me erizaran los vellos. Lo besé primero, mis labios carnosos contra los suyos firmes, lengua danzando, saboreando tequila y él. Sus manos en mi espalda bajaron la cremallera, el vestido cayendo como cascada, dejando mis curvas expuestas al aire fresco del acondicionado.

Acto dos: la escalada. Me cargó como pluma hasta su cuarto, cama king size con sábanas oscuras. Me recostó despacio, sus ojos devorando mis pechos, mis pezones duros como piedras preciosas. "Qué ricas estás, pinche diosa", gruñó, bajando la boca a mi cuello, lamiendo, mordisqueando suave. Gemí, el sonido gutural saliendo de mi garganta. Sus manos masajearon mis tetas, pulgares en círculos sobre los pezones, enviando descargas a mi coño que ya chorreaba. Bajó, besando mi vientre, inhalando mi aroma almizclado de excitación. "Hueles a pecado", dijo, y separó mis piernas con reverencia.

Su lengua tocó mi clítoris primero, un roce eléctrico que me arqueó la espalda. ¡Ay, wey! Lamía despacio, saboreándome, chupando mis labios hinchados. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Mis caderas se movían solas, follándome su boca. Sudor perlando mi piel, mezclándose con el suyo. Él se quitó la ropa, su verga dura saltando libre, gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándolo lento mientras él jadeaba.

Descargar la pasión, eso es lo que buscaba con "el diario de una pasión descargar". Ahora lo vivo, lo siento explotar en mí. Su polla en mi mano, latiendo, lista para mí.

Lo monté, guiándolo adentro. ¡Madre mía! Me llenó por completo, estirándome delicioso. Cabalgaba despacio al principio, sintiendo cada centímetro rozar mis paredes, su pubis contra mi clítoris. Aceleré, tetas rebotando, sudor volando. Él agarró mis nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en mi ano para más placer. Gemidos llenando la habitación, piel chocando plap-plap, olores de sexo crudo impregnando el aire. Cambiamos: él encima, misionero profundo, ojos en los ojos. "Córrete para mí, nena", ordenó suave, y obedecí, el orgasmo rompiéndome en olas, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre.

Él se corrió después, caliente dentro de mí, pulsos interminables. Colapsamos, entrelazados, piel pegajosa, respiraciones agitadas calmándose. Su semen goteando entre mis piernas, marca de posesión mutua.

Acto tres: el afterglow. Nos duchamos juntos, agua caliente cascando sobre nosotros, jabón resbalando por curvas y músculos. Besos lentos bajo el chorro, risas compartidas. "Eres adictiva, Ana", dijo secándome con toalla suave. Cenamos tacos de suadero de la taquería de abajo, salsa picosa quemando labios, cervezas frías refrescando. En la cama otra vez, solo abrazos, sus dedos trazando mi espina dorsal.

Diario, descargué mi pasión como en ese archivo que bajé. Ahora soy libre, plena. Diego no es solo un polvo; es chispa que enciende mi fuego eterno. Mañana más, porque esto apenas empieza.

Me fui al amanecer, piernas flojas, sonrisa boba. La ciudad despertaba, cláxones lejanos, sol tiñendo el cielo de rosa. En mi depa, abrí mi laptop, vi el archivo de "el diario de una pasión descargar" aún ahí, pero ahora irrelevante. Tengo mi propia historia, vivida en carne propia. ¡Qué chingón! La pasión descargada me transforma.

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