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Pasiones Ardientes del Elenco de Pasion Prohibida

7477 palabras

Pasiones Ardientes del Elenco de Pasion Prohibida

El estudio de grabación en Televisa San Ángel bullía de vida esa tarde calurosa de verano en la Ciudad de México. Las luces de los reflectores ardían como soles artificiales, bañando el set en un resplandor dorado que hacía brillar el maquillaje en las pieles sudadas. Yo, Ana López, era la protagonista femenina del elenco de Pasión Prohibida, esa telenovela que tenía a medio México pegado a la tele con sus dramas de amores imposibles y traiciones ardientes. Mi personaje, Isabella, era una mujer apasionada atrapada en un matrimonio sin fuego, y cada escena con mi coestrella, Luis Herrera, me dejaba el corazón latiendo como tambor de mariachi.

Luis era el galán perfecto: alto, moreno, con ojos cafés que perforaban el alma y una sonrisa que derretía cámaras. En el elenco de Pasión Prohibida, todos sabíamos que nuestra química era legendaria, pero lo que nadie imaginaba era lo que bullía debajo de las luces.

¿Y si esto no es solo actuación?
me preguntaba yo cada noche, mientras el eco de su voz grave resonaba en mi cabeza. Ese día, grabábamos la escena del beso prohibido en el jardín ficticio, con jazmines falsos perfumando el aire y el sonido de una fuente grabada de fondo.

—Corte —gritó el director, secándose el sudor con un pañuelo—. ¡Perfecto, raza! Pero Ana, dale más fuego, mija, que se sienta el deseo que quema.

Luis me miró de reojo, su aliento aún cerca de mi cuello, oliendo a colonia fresca con un toque de sudor masculino que me erizaba la piel. Órale, pensé, este wey me tiene loca. Nos separamos despacio, mis labios hormigueando por el roce real que habíamos agregado sin permiso del guion. El elenco entero aplaudió, pero yo solo sentía el pulso acelerado entre mis piernas, un calor húmedo que no era del clima.

En el descanso, me escabullí a mi camerino, un cuartito con espejo grande, sillas mullidas y el aroma persistente de crema corporal de vainilla. Me quité el vestido ajustado de Isabella, quedando en lencería negra que realzaba mis curvas morenas. El espejo reflejaba mis pechos subiendo y bajando con cada respiración agitada.

Neta, Ana, contrólate, es tu compañero de trabajo
, me regañé, pero el recuerdo de sus manos en mi cintura durante el ensayo me hacía apretar los muslos.

De repente, la puerta se abrió sin tocar. Luis entró, cerrándola con llave, su camisa desabotonada revelando el pecho velludo y tonificado por horas en el gym.

Wey, ¿qué haces aquí? —le dije, cubriéndome instintivamente, pero sin verdadera prisa.

Él se acercó, su presencia llenando el espacio como un imán. —No aguanto más, Ana. Ese beso... no era fingido. Todo el elenco de Pasión Prohibida lo sabe, pero yo lo siento en las tripas. Tú y yo, carnal, esto es real.

Su voz ronca me envolvió, y el olor de su piel —sudor mezclado con esa colonia— me golpeó como una ola. Extendí la mano, tocando su mejilla áspera por la barba incipiente. Nuestros ojos se clavaron, y el mundo se redujo a ese camerino. Sus labios cayeron sobre los míos, un beso hambriento, tongues danzando con sabor a menta de su chicle y el dulzor de mi gloss de cereza. Gemí bajito, mis uñas arañando su espalda mientras él me presionaba contra la pared, su erección dura como piedra frotándose contra mi vientre.

Acto primero del verdadero drama: el descubrimiento mutuo. Sus manos expertas bajaron por mi cuerpo, desabrochando el sostén con un chasquido que sonó como promesa. Mis tetas saltaron libres, pezones duros rogando atención. Luis los lamió despacio, su lengua caliente trazando círculos que me hicieron arquear la espalda. ¡Ay, Diosito! El placer era eléctrico, disparándose directo a mi clítoris hinchado. Olía a nuestra excitación, ese almizcle salado que impregna el aire cuando dos cuerpos se encienden.

—Eres tan chula, Ana —murmuró contra mi piel, mordisqueando suave—. Me tienes bien puesto.

Le bajé el pantalón con manos temblorosas, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo mis dedos. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi pecho. Nos movimos al sofá, yo encima, guiándolo a mi entrada húmeda. Despacio, lo hundí en mí, centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud que me estiraba deliciosamente.

Esto es lo que Isabella sueña, pero Ana lo vive
, pensé, mientras cabalgaba lento, mis caderas girando en ritmo sensual.

El camerino se llenó de sonidos: piel contra piel chapoteando, mis jadeos agudos mezclados con sus resoplos graves, el crujir del sofá viejo. Sudábamos, perlas resbalando por su torso hasta unirnos en mi monte de Venus. Aceleré, mis uñas clavadas en sus hombros, oliendo el sexo puro, ese sabor salobre cuando lamí su cuello. Él me tomó las nalgas, amasándolas fuerte, guiando mis movimientos más profundos.

—Más rápido, mami, ¡así! —me urgió, su voz quebrada.

La tensión crecía como tormenta en el desierto sonorense: mis músculos internos apretándolo, su punta golpeando ese punto dulce que me hacía ver estrellas. Inner struggle:

¿Y si nos cachan? ¿Y el elenco? Pero al carajo, esta pasión prohibida es nuestra
. Pequeñas resoluciones en cada embestida, liberando el estrés de escenas repetidas, el peso de ser ídolos públicos.

Cambié de posición, él encima ahora, mis piernas enredadas en su cintura. Me penetró con fuerza controlada, cada thrust enviando ondas de placer que me curvaban los dedos de los pies. Besos feroces, dientes chocando, lenguas guerreando. Su mano bajó a mi clítoris, frotando círculos precisos que me volvieron loca. Gemí su nombre, Luis, Luis, el sonido rebotando en las paredes acolchadas.

El clímax se acercaba como el final de un capítulo explosivo. Sentí el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en mi bajo vientre deshaciéndose en espasmos. —¡Ya, wey, me vengo! —grité, mi concha contrayéndose alrededor de él, jugos calientes empapándonos.

Luis se tensó, gruñendo como toro, y se derramó dentro de mí en chorros calientes, su semen llenándome con pulsos interminables. Colapsamos juntos, pechos agitados, piel pegajosa, el aire espeso con nuestro olor compartido. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el aftertaste salado.

En el afterglow, yacimos enredados, su cabeza en mi pecho escuchando mi corazón calmarse. Afuera, el bullicio del set continuaba: risas del elenco de Pasión Prohibida, directores gritando órdenes. Pero aquí, en nuestro rincón secreto, habíamos escrito nuestro propio guion.

—Esto no fue un error, ¿verdad? —preguntó él, trazando círculos en mi muslo con el dedo.

—Neta que no, carnal. Es el inicio de algo chido. Pero shh, que el elenco no se entere todavía.

Nos vestimos riendo bajito, arreglando el desorden con miradas cómplices. Salimos por separado, pero el fuego en mis venas persistía, un recordatorio ardiente de que detrás de las cámaras, las pasiones prohibidas del elenco eran las más reales. Caminé al set con piernas flojas, sonriendo al espejo del pasillo.

Que siga el drama, pero ahora con extras calientes
. Y así, entre luces y mentiras, nació nuestro secreto, listo para más capítulos.

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