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El Color de la Pasion Capitulo 2

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El Color de la Pasion Capitulo 2

El sol de la mañana se colaba por las cortinas de encaje en la habitación del hotel boutique en Puerto Vallarta, tiñendo todo de un dorado cálido que hacía que la piel de Ana brillara como miel fresca. Se estiró en la cama king size, sintiendo el roce sedoso de las sábanas contra sus muslos desnudos. La noche anterior había sido el inicio de algo salvaje, el primer capítulo de lo que ahora sentía como el color de la pasión, y su cuerpo aún palpitaba con el recuerdo de las manos firmes de Javier explorándola sin prisa.

¿Ya despertaste, mi reina? —murmuró él desde el balcón, su voz ronca como el mar rompiendo en la playa cercana. Llevaba solo unos bóxers ajustados que marcaban cada músculo de su torso moreno, forjado por años de surfear olas en la costa jalisciense. Ana lo miró, mordiéndose el labio inferior, recordando cómo esa misma boca la había besado hasta dejarla sin aliento.

Se levantó, sin cubrirse, dejando que el aire salado del Pacífico le erizara la piel. Caminó hacia él con pasos felinos, el aroma de jazmín del jardín subiendo hasta ellos mezclado con el olor a café recién molido que Javier preparaba en la mesita. Sus pechos se mecían suavemente, y él no pudo evitar devorarla con la mirada, sus ojos cafés oscureciéndose como chocolate derretido.

Pinche Javier, siempre sabiendo cómo hacerme sentir como la mujer más deseada del mundo. Esto es el color de la pasión, capítulo 2, y ya quiero que empiece con todo, pensó Ana, su corazón latiendo fuerte contra las costillas.

Él la jaló hacia sí por la cintura, pegando su erección matutina contra su vientre plano. El contacto fue eléctrico, piel contra piel caliente, y Ana jadeó bajito, sintiendo el calor irradiar desde su centro. Sus labios se encontraron en un beso lento, lenguas danzando con sabor a menta y deseo reprimido. Javier olía a mar y a hombre, un perfume que la volvía loca.

Vamos a la playa, carnala. No quiero que este día se nos escape —dijo él, separándose con esfuerzo, su mano resbalando por su nalga en una caricia posesiva.

Ana rio, un sonido juguetón y mexicano hasta la médula. —Órale, pero no creas que te vas a salir con la tuya tan fácil, pendejo. Anoche me dejaste con ganas de más.

Se vistieron con trajes de baño mínimos: ella un bikini rojo que acentuaba sus curvas generosas, él unos shorts que dejaban poco a la imaginación. Bajaron a la playa privada, la arena blanca quemando las plantas de los pies, el sonido de las olas como un rugido constante que ahogaba sus risas. Se tumbaron en una cabaña de palapas, untándose crema con manos lentas, deliberadas. Javier masajeó sus hombros, dedos fuertes deshaciendo nudos, bajando por su espalda hasta el borde de la tela.

El sol picaba, sudando sus cuerpos, y Ana sintió el primer cosquilleo de anticipación cuando él le untó los muslos, rozando el interior con el pulgar. —Qué rico se siente tu piel, Ana. Suave como tamal de elote —susurró, su aliento caliente contra su oreja.

Ella giró, atrapando su mano entre sus piernas por un segundo, sintiendo la humedad crecer. —No me tientes, cabrón, o aquí mismo te monto. Pero Javier solo sonrió, pícaro, y la besó el cuello, saboreando la sal de su sudor.

Pasaron la mañana nadando, cuerpos chocando bajo el agua turquesa, risas ahogadas por salpicaduras. Cada roce era una promesa: su pecho contra sus senos, su cadera contra la de ella. Ana sentía el pulso acelerado, el deseo enroscándose en su vientre como una serpiente lista para atacar. Este hombre me tiene loca. Cada toque es fuego puro, se dijo, mientras flotaban abrazados, el mar meciéndolos como en una cuna erótica.

Regresaron al hotel al mediodía, el hambre no solo de comida. En el restaurante al aire libre, pidieron ceviche fresco y micheladas heladas, el limón picante explotando en la lengua, el chile habanero despertando sentidos dormidos. Bajo la mesa, los pies se enredaron, ella subiendo el suyo por su pantorrilla, él respondiendo con una mirada que prometía tormento delicioso.

Cuéntame, ¿qué soñaste anoche? —preguntó Javier, su voz baja, íntima.

Ana se lamió los labios, el sabor cítrico aún allí. —Soñé contigo dentro de mí, moviéndote lento, profundo. Desperté mojadísima. Él gruñó, ajustándose en la silla, y pagaron la cuenta a toda prisa.

En el elevador, solos por fin, explotó la tensión. Javier la acorraló contra la pared, besándola con hambre, manos amasando sus pechos por encima del bikini. Ana gimió, arqueándose, sintiendo sus pezones endurecerse como piedritas bajo los dedos. El ding del elevador los separó, pero entraron a la habitación como fieras.

Él la desató el bikini con dientes, dejando caer la tela roja al piso. Sus senos saltaron libres, y Javier los devoró, lengua girando en los pezones, succionando hasta que Ana tiró de su pelo, jadeando. —Sí, así, no pares, mi amor. Olía a coco de la crema, mezclado con su aroma almizclado de excitación.

Ana lo empujó a la cama, quitándole los shorts de un jalón. Su verga saltó erecta, gruesa y venosa, palpitando. Ella la tomó en la mano, sintiendo el calor satinado, el pulso rápido bajo la piel. —Qué chingona está, toda para mí —dijo, lamiendo la punta, sabor salado y masculino inundando su boca.

Javier maldijo en voz baja, pinche diosa, mientras ella lo chupaba profundo, lengua plana presionando la base, manos masajeando sus bolas pesadas. Él se retorcía, caderas subiendo, el sonido húmedo de succión llenando la habitación junto a sus gemidos roncos.

No puedo más, la quiero ya, enterrado hasta el fondo, pensó él, jalándola arriba.

Ana se montó a horcajadas, frotando su coño empapado contra él, lubricándolo. Lentamente, se hundió, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirarla, llenarla por completo. —¡Ay, Javier! Qué rico, cabrón. Empezó a moverse, vaivén hipnótico, pechos rebotando, sudor perlando sus cuerpos.

Él la agarró las caderas, guiándola, embistiendo arriba con fuerza controlada. El slap de piel contra piel, el squelch de su unión, los jadeos entrecortados... todo era sinfonía de pasión. Ana clavó uñas en su pecho, orgasmos construyéndose como olas. Sintió el primero venir, tensándose, gritando su nombre mientras convulsaba, paredes apretándolo como vicio.

Javier rodó, poniéndola debajo, piernas en sus hombros, penetrándola profundo, rápido. —Vente conmigo, mi vida —gruñó, y ella sí, explotando otra vez, él siguiéndola con un rugido, semen caliente llenándola, pulsos interminables.

Colapsaron, enredados, respiraciones agitadas calmándose. El aire olía a sexo, a ellos. Javier besó su frente, suave ahora. —Eres todo para mí, Ana. Esto es nuestro color de la pasión, y hay muchos capítulos por venir.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho. Capítulo 2 perfecto. No puedo esperar al 3. Afuera, el mar susurraba promesas, el sol bajando en tonos naranjas, pintando su piel con el verdadero color de la pasión.

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