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La Pasión de la Mente Occidental PDF

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La Pasión de la Mente Occidental PDF

Estaba en mi depa en la Condesa, con el ventilador zumbando como loco por el calor de la tarde, cuando vi el link en un grupo de WhatsApp de lectores culeros. La Pasión de la Mente Occidental PDF, decía el mensaje. Neta, pensé que era un librazo de filosofía pesada, de esos que te hacen sentir bien pinche intelectual. Lo descargué rapidito, me serví un café negro bien cargado que olía a tierra mojada, y me tiré en el sillón con mi laptop en las piernas.

Las primeras páginas me jalaron como imán. Hablaba de la mente occidental, de cómo la razón se enreda con el deseo, de pasiones reprimidas que explotan como volcán. Pero no era el típico bodrio académico; las palabras se sentían vivas, calientes, como si me susurraran al oído. Sentí un cosquilleo en el estómago, bajando hasta mis muslos.

¿Y si esta pasión no es solo de la mente?
me dije, cerrando los ojos un segundo. Mi piel se erizó, el aire se sentía espeso, cargado de algo que no podía nombrar todavía.

De repente, un mensaje en Insta: Luis, un wey que conocí en una expo de arte hace meses. "¿Ya leíste La Pasión de la Mente Occidental PDF? Te va a volar la cabeza", escribió. Sonreí, porque justo lo tenía abierto. Le contesté: "Acabo de descargarlo, carnal. ¿Dónde nos vemos pa' platicarlo?" Quedamos en el café de la esquina, ese con mesas de madera gastada y olor a pan recién horneado mezclado con el humo de los cigarrillos de los hipsters.

Llegué primero, pedí un latte con canela que quemaba la lengua de lo caliente. Luis entró, alto, con camisa ajustada que marcaba sus hombros anchos, ojos cafés que brillaban como chocolate derretido. Se sentó frente a mí, su rodilla rozó la mía bajo la mesa, un toque casual que me mandó chispas por la espalda.

—Neta, Ana, ese PDF es oro puro —dijo, con esa voz grave que vibra en el pecho—. La mente occidental, toda racional, pero al fondo late una pasión salvaje, como el pulso de la jungla.

Yo asentí, sintiendo el calor subir por mi cuello. Hablamos horas, las palabras saltando de Platón a Freud, pero cada frase se cargaba de doble sentido. Su mano rozó la mía al pasar el azúcar, y juro que olí su colonia, madera y algo almizclado que me hizo apretar las piernas. ¿Esto es la pasión de la mente o ya se me está yendo al cuerpo? pensé, mientras mi corazón latía como tamborazo en fiesta.

Al rato, el café se vació. —Vámonos a mi casa, tengo más PDFs y un mezcal que te va a gustar —propuso, mirándome fijo. No lo dudé. Subimos a su auto, un vocho viejo que olía a cuero viejo y aventura. La ciudad pasaba en luces borrosas, el tráfico de la Reforma como un río de metal, y su mano en mi muslo, subiendo despacito, preguntando permiso con cada centímetro.

En su depa en Roma Norte, todo era libros apilados, velas encendidas que parpadeaban sombras suaves. Me sirvió mezcal en vasos de barro, el líquido ahumado quemando la garganta, soltando el nudo en mi pecho. Nos sentamos en el sofá, el PDF abierto en su tablet entre nosotros.

—Lee esto —dijo, pasando el dedo por la pantalla—. La pasión de la mente occidental no es fría; arde en secreto.

Leí en voz alta, mi voz temblando un poco. Sus ojos no se despegaban de mis labios. Se acercó, su aliento cálido en mi oreja. —Ana, ¿sientes eso? —murmuró.

Asentí, muda. Sus labios tocaron los míos, suaves al principio, probando como si fuera el primer sorbo de algo prohibido. Sabían a mezcal y deseo. Mis manos subieron a su nuca, enredándose en su pelo revuelto. El beso se profundizó, lenguas danzando, un gemido escapó de mi garganta.

Me levantó en brazos, fuerte pero tierno, y me llevó a la cama. La sábana fría contra mi espalda ardiente. Se quitó la camisa, revelando pecho moreno, músculos que se tensaban bajo mi mirada. Qué chingón está este wey, pensé, lamiéndome los labios.

—Desnúdate para mí, corazón —pidió, voz ronca. Me quité la blusa despacio, dejando que viera mis tetas libres, pezones duros como piedras. Él gruñó, bajando a besarme el cuello, chupando suave, dejando marcas húmedas que olían a sal y piel. Sus manos exploraron, masajeando mis senos, pellizcando lo justo para que jadee.

Yo no me quedé atrás. Bajé su zipper, saqué su verga dura, palpitante en mi mano. La piel suave, venas marcadas, el calor que emanaba. La apreté, masturbándolo lento, viendo cómo cerraba los ojos y gemía: —¡Pinche Ana, qué rico!

Me puse de rodillas, el piso alfombrado suave bajo ellas. La lamí desde la base, sabor salado y masculino, subiendo hasta la punta donde brotaba una gota clara. La chupé, metiéndomela hasta la garganta, sus caderas moviéndose instintivo. Él enredó sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, solo disfrutando.

Me levantó, me quitó el pantalón y las calzas de un jalón. Mi chucha estaba empapada, labios hinchados, clítoris latiendo. Él se arrodilló ahora, besando mis muslos internos, el aliento caliente antes de lamer. Su lengua plana, lamiendo todo, sorbiendo mis jugos como si fueran néctar. ¡Ay, wey, no pares! grité en mi mente, arqueando la espalda. Dos dedos entraron, curvándose justo ahí, frotando mientras su boca chupaba mi botón.

El orgasmo me pegó como rayo, temblores por todo el cuerpo, un grito ahogado que rebotó en las paredes. Él subió, sonriendo picoso. —Esa es la pasión, Ana.

Lo empujé a la cama, montándome encima. Su verga rozó mi entrada, resbalosa. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo llenarme, estirándome delicioso. ¡Qué completa me siento! Grité, empezando a moverme, caderas girando como en salsa. Sus manos en mi cintura, guiándome, pechos rebotando con cada embestida.

Cambié de posición, él encima, misionero profundo. Sus ojos en los míos, sudor goteando de su frente al mi pecho, mezclándose con el mío. Olía a sexo, a cuerpos enredados, a sábanas revueltas. Follamos duro, piel contra piel chapoteando, gemidos mezclados: —¡Más fuerte, pendejo! —le pedí, arañando su espalda.

Él aceleró, verga golpeando profundo, mi clítoris frotándose contra su pubis. Sentí el segundo orgasmo venir, olas y olas. —¡Me vengo! —grité. Él se tensó, gruñendo: —¡Yo también, mamacita! Salió justo a tiempo, chorros calientes en mi vientre, mientras yo explotaba debajo.

Caímos jadeantes, cuerpos pegajosos, corazones tronando al unísono. Su brazo alrededor de mí, besos suaves en la sien. El cuarto olía a nosotros, a pasión satisfecha. Miré la tablet en la mesita, el PDF aún abierto.

—Gracias por La Pasión de la Mente Occidental PDF —susurré, riendo bajito.

—Es solo el comienzo, reina —respondió, apretándome más.

En ese momento, supe que la mente occidental tenía razón: la pasión no se reprime, se vive. Y qué chido vivirla así, con él, en esta ciudad que late como nuestro deseo.

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