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Pasión Vega Edad Ardiente

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Pasión Vega Edad Ardiente

La noche en Polanco ardía con ese calor pegajoso de mayo en la Ciudad de México. Las luces de los restaurantes fancy parpadeaban como estrellas coquetas, y el aire olía a mezcal ahumado mezclado con el perfume caro de las fresas que pasaban. Yo, Pasión Vega, acababa de cumplir cuarenta y siete, y neta, me sentía más viva que nunca. La gente murmuraba a mis espaldas: "Pasión Vega edad tiene y mira cómo se ve, la mera mera diosa". Me reí para mis adentros mientras sorbía mi tequila reposado, el líquido quemándome la garganta con un sabor terroso y dulce que me recordaba a la tierra mojada después de la lluvia.

Estaba en la terraza de un rooftop bar, con mi vestido negro ajustado que marcaba cada curva que los años habían pulido como vino añejo. No era una chavita de veinte, pero ¿y qué? Mi piel morena brillaba bajo las luces LED, suave al tacto como terciopelo, y mis caderas se movían con un ritmo que solo la experiencia da. Ahí lo vi. Se llamaba Alex, un morro de treinta y pico, alto, con ojos cafés que me taladraban como si quisiera devorarme. Vestía camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar unos pectorales firmes, y su colonia, un toque cítrico y masculino, llegó hasta mí flotando en la brisa.

¿Será que esta noche rompo mis reglas? Neta, su mirada me moja las entremedias.

Me acerqué a la barra, rozando su brazo "sin querer". El contacto fue eléctrico, su piel cálida contra la mía, y sentí un cosquilleo subir por mi espinazo. "Órale, güey, ¿vienes seguido por acá?", le dije con mi voz ronca de cantante de boleros, esa que hace que los hombres se derritan. Él sonrió, mostrando dientes perfectos. "Simón, pero nunca había visto a alguien como tú. Pasión Vega edad perfecta para encender la noche". Su aliento olía a menta y deseo, y sus palabras me prendieron como yesca.

Charlamos un rato, riendo de tonterías. Hablamos de la CDMX, de cómo el tráfico te chinga el alma pero las noches te la devuelven multiplicada. Sus manos rozaban las mías al gesticular, dedos largos y fuertes que imaginaba explorando mi cuerpo. El deseo crecía lento, como el calor que sube del pavimento. Lo invité a bailar cuando sonó un remix de cumbia rebajada, ese ritmo pegajoso que te hace mover las nalgas sin remedio. En la pista improvisada, nuestros cuerpos se pegaron. Sentí su verga endureciéndose contra mi muslo, dura como piedra, y yo presioné más, sintiendo el pulso acelerado de su corazón a través de su pecho.

Acto uno cerrado: la chispa encendida, ahora a avivar el fuego.

Salimos del bar tomados de la mano, el aire nocturno fresco contrastando con el bochorno entre mis piernas. Caminamos hasta mi auto, un BMW negro reluciente estacionado en valet. Adentro, el cuero de los asientos crujió bajo nosotros mientras nos besábamos por primera vez. Sus labios eran suaves pero urgentes, sabían a tequila y sal de sus labios secos por el deseo. Mi lengua danzó con la suya, explorando, mordisqueando. "Estás cañón, Pasión", murmuró contra mi cuello, su aliento caliente haciendo que se me erizaran los vellos. Olía a su sudor limpio, masculino, mezclado con mi perfume de jazmín.

Manejé hasta mi penthouse en Lomas, el skyline de la ciudad desfilando como fondo de película. En el elevador, no aguantamos: sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido, dedos rozando la renda de mis calzones. Yo gemí bajito, "Despacito, carnal, que esto apenas empieza". Mi concha palpitaba, húmeda, lista, el olor almizclado de mi arousal llenando el espacio cerrado. Llegamos al depa, puertas cerrándose con un clic suave. Lo empujé contra la pared del pasillo, desabotonando su camisa con urgencia. Su pecho era firme, pectorales duros bajo mis palmas, pezones oscuros que lamí con la lengua plana, saboreando el salado de su piel.

Esta edad mía es un arma, wey. Sé exactamente lo que quiero y cómo pedírselo.

Lo llevé a la recámara, iluminada solo por la luna que se colaba por las cortinas sheer. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frías al tacto. Me quité el vestido despacio, un striptease privado: el zipper bajando con un zumbido metálico, tela deslizándose por mis hombros, revelando mis tetas llenas, pezones erectos como balas cafés. Él se desnudó igual, su verga saltando libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante de precum. "Qué chulada de verga", susurré, arrodillándome. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, y la chupé lento, lengua girando alrededor del glande, saboreando el gusto salado y ligeramente dulce. Él gruñó, manos en mi cabello negro ondulado, jalando suave.

Me levantó y me tendió en la cama, su boca devorando mis tetas, succionando un pezón mientras pellizcaba el otro. Placer punzante me recorrió, bajando directo a mi clítoris hinchado. Sus dedos bajaron, separando mis labios mayores, encontrando mi entrada empapada. "Estás chorreando, Pasión", dijo con voz ronca. Metió dos dedos, curvándolos contra mi punto G, mientras su pulgar masajeaba mi botón. Gemí fuerte, caderas arqueándose, el sonido húmedo de mis jugos llenando la habitación. Olía a sexo puro, a panocha excitada y verga lista.

Lo volteé encima de mí, guiando su verga a mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "¡Ay, cabrón, qué rico!" grité, uñas clavándose en su espalda ancha. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida rozando mis paredes internas, su pubis chocando contra mi clítoris. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, mis gemidos mezclados con sus gruñidos. Sudábamos, cuerpos resbalosos, el olor a sexo intensificándose. Aceleró, profundo, yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavándolo más.

Escalada perfecta: tensión rompiéndose en olas.

Neta, a mi edad, el orgasmo no es prisa, es un terremoto que construyes.

Cambié posiciones, montándolo como amazona. Mis tetas rebotaban con cada salto, sus manos amasándolas. Sentía su verga golpeando mi cervix, placer bordeando el dolor exquisito. Me incliné, besándolo salvaje, lenguas enredadas. Mi clítoris frotaba su hueso púbico, chispas subiendo. "Voy a venir, Alex, chíngame más fuerte". Él obedeció, caderas embistiendo desde abajo, manos en mi culo apretándolo. El orgasmo me golpeó como ola del Pacífico: músculos contrayéndose, concha ordeñando su verga, grito ahogado en su boca. Liquido caliente brotó de mí, mojando sábanas.

Él volteó, misionero feroz, piernas sobre sus hombros. Follando sin piedad, verga hinchándose. "Me vengo, Pasión", jadeó. Sentí los chorros calientes llenándome, su semen espeso pintando mis paredes. Colapsamos, cuerpos temblando, respiraciones entrecortadas. Su peso sobre mí era reconfortante, piel pegajosa, corazón latiendo contra el mío.

Después, en la afterglow, nos quedamos abrazados. El aire olía a sexo satisfecho, semen y sudor secándose. Le acaricié el cabello húmedo. "A mi edad, la pasión no se acaba, carnal. Se pone más vegana, más real". Él rio bajito. "Eres fuego puro, Pasión Vega. Edad de oro". Besé su frente, sintiendo paz profunda, el cuerpo laxo y pleno. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro, habíamos creado nuestro propio universo de placer eterno.

Me dormí con su brazo alrededor, sabiendo que mañana buscaría más noches así. Porque a los cuarenta y siete, la vida apenas empieza a chingadazos deliciosos.

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