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Pasión de Cristo el Diablo

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Pasión de Cristo el Diablo

En las calles empedradas de Iztapalapa, durante la Semana Santa, el aire se cargaba de incienso y murmullos devotos. Yo, María, una viuda de treinta años con curvas que ya no ocultaba bajo mantillas negras, me apostaba entre la multitud para ver la Pasión de Cristo. El sol quemaba como un hierro al rojo, y el sudor me perlaba la piel morena, pegándome el vestido floreado al cuerpo. Olía a fritangas de los puestos cercanos, a cempasúchil marchito y a esa tensión religiosa que siempre me ponía la piel chinita.

Ahí estaba él, el actor que interpretaba al Diablo. Alto, moreno como el café de olla, con músculos que se marcaban bajo la piel aceitada y un cuerno falso que le daba un toque juguetón y pecaminoso. Sus ojos negros brillaban con una malicia que me hacía apretar los muslos sin querer. Mientras los demás gritaban "¡Cristo rey!", yo solo lo veía a él, tentándome desde el escenario con esa sonrisa torcida.

¿Qué carajos me pasa? Soy devota, neta, pero este pendejo del diablo me tiene mojadita como chiquilla.
Su voz ronca retumbaba: "¡Tentación, tentación!", y juraba que me miraba directo a mí.

Al bajar el telón, la gente se dispersó entre cohetes y rezos. Yo me quedé rezagada, fingiendo ajustar mi rebozo, cuando sentí una mano cálida en mi hombro. Olía a sudor masculino mezclado con tierra y algo almizclado, como deseo puro.

"¿Te gustó la función, mamacita?" Su aliento caliente me rozó la oreja. Era él, sin disfraz, pero igual de imponente. Se llamaba Javier, me dijo, y su risa era grave, como trueno lejano.

"Mucho, carnal. Sobre todo tu parte. El Diablo siempre roba el show." Le contesté coqueta, sintiendo el pulso acelerado en el cuello. Caminamos por una callejuela estrecha, lejos del bullicio, hacia una posadita modesta con patio de bugambilias. El viento traía olor a jazmín y a lluvia inminente. Charlamos de la obra, de cómo él disfrutaba el rol porque "el Diablo no es malo, solo libre". Sus palabras me calaban hondo, removiendo esa hambre que había enterrado desde que mi marido se fue.

En el patio, bajo una luz tenue de farolito, nos sentamos en una banca de madera. Sus rodillas rozaron las mías, y un cosquilleo eléctrico subió por mis piernas.

Neta, María, ¿vas a caer en esta tentación? Pero se siente tan chingón, tan vivo.
Él me tomó la mano, sus dedos ásperos de tanto ensayo contrastando con mi piel suave. "Tú eres como una virgen en la Pasión de Cristo el Diablo, pura pero lista para pecar." Sus labios se acercaron, y yo no me aparté. El primer beso fue suave, como probar miel de maguey, dulce y pegajoso. Su lengua exploró mi boca con urgencia, saboreando mi saliva con un gemido bajo.

La tensión crecía como tormenta. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando el vestido, y yo arqueé la espalda, sintiendo mis pezones endurecerse contra la tela. Olía a su excitación, ese aroma terroso y salado que me mareaba. "¿Quieres que pare, reina?" murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. "Ni madres, sigue, cabrón. Te necesito." Era mutuo, sus ojos pedían permiso cada paso, y yo lo empoderaba con mis suspiros.

Me levantó en brazos como si nada, fuerte y seguro, y entramos a una habitación fresca con sábanas blancas oliendo a lavanda. Me recostó en la cama, quitándome el vestido con devoción pecadora. Mis tetas grandes quedaron al aire, y él las devoró con la mirada antes de lamerlas. Su lengua áspera en mis pezones era fuego líquido, enviando chispas directo a mi concha que ya chorreaba.

¡Ay, Diosito! Este diablo me va a mandar al cielo del placer.
Yo le arranqué la camisa, palpando su pecho velludo y duro, bajando hasta su verga tiesa que palpitaba bajo el pantalón.

Nos desnudamos mutuamente entre risas y jadeos. Su cuerpo era un templo pagano: abdomen marcado, verga gruesa y venosa, goteando precum que lamí con gusto salado. Él se arrodilló entre mis piernas, oliendo mi humedad. "Qué rico hueles, prieta. Como néctar prohibido." Su boca se hundió en mi coño, lengua danzando en mi clítoris hinchado. Gemí fuerte, agarrando sus greñas, el sonido de mis jugos chupados llenando la habitación. Mis caderas se movían solas, frotándome contra su cara barbuda que raspaba delicioso.

La intensidad subía. Lo empujé a la cama y me subí encima, cabalgándolo como amazona. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo. "¡Chíngame, Diablo! ¡Dame tu pasión!" gritaba yo, mientras él me amasaba las nalgas, sus dedos hundiéndose en mi carne suave. El slap-slap de piel contra piel era música erótica, mezclado con nuestros alaridos. Sudábamos como en sauna, el olor a sexo crudo impregnando todo. Sentía cada vena de su pija frotando mis paredes internas, mi clítoris rozando su pubis peludo.

Cambié de posición, él encima ahora, embistiéndome profundo. Sus bolas chocaban contra mi culo, y yo clavaba uñas en su espalda, dejando marcas rojas.

Esto es mejor que cualquier misa, neta. Pasión de Cristo el Diablo en mi carne.
Sus ojos clavados en los míos, conexión pura, no solo cuerpos. "Te amo así, salvaje, María. Eres mi tentación." Aceleró, mis piernas temblando, el orgasmo construyéndose como volcán.

Exploté primero, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas. Grité su nombre, el mundo blanco y estrellado. Él se vino segundos después, gruñendo como bestia, llenándome de leche caliente que desbordaba. Colapsamos jadeantes, pieles pegajosas, corazones latiendo al unísono. El aire olía a clímax compartido, a paz carnal.

Después, en la quietud, fumamos un cigarro en la cama, sus dedos trazando círculos en mi vientre. "¿Arrepentida, mamacita?" bromeó. Reí, besándolo lento. "Qué va, pendejo. Esto fue bendición disfrazada de pecado." Salimos al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, y supe que esta Pasión de Cristo el Diablo me había despertado. No era el fin, solo el principio de más noches tentadoras, libres y consensuadas, en esta vida mexicana llena de fuego.

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