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99 Pasiones en la Historia de México

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99 Pasiones en la Historia de México

Sofía caminaba por las calles empedradas de Coyoacán, el sol de la tarde tiñendo de dorado las fachadas coloniales. El aire olía a flores de bugambilia y a pan recién horneado de las panaderías cercanas. Llevaba en las manos un libro antiguo que acababa de comprar en una librería escondida: 99 Pasiones en la Historia de México. La portada desgastada prometía relatos prohibidos de amantes legendarios, desde los aztecas hasta la Revolución, todos tejidos con hilos de deseo incontrolable. Sofía, historiadora de treinta y dos años, sintió un cosquilleo en el vientre al hojearlo. Neta, pensó, esto va a ser chido.

Entró a su casa, una casona remodelada con patio central lleno de macetas de geranios rojos. Se sirvió un mezcal con sal y limón, el líquido ahumado quemándole la garganta mientras se recostaba en el sillón de cuero. Abrió el libro al azar. La primera pasión describía a una sacerdotisa tlaxcalteca seduciendo a un conquistador bajo la luna llena del Popocatépetl. Las palabras pintaban pieles sudorosas, besos salados como el mar, gemidos ahogados por el viento. Sofía cruzó las piernas, notando cómo su cuerpo respondía. Sus pezones se endurecían bajo la blusa de algodón, y un calor húmedo se acumulaba entre sus muslos.

¿Por qué carajos no tengo a alguien con quien compartir esto?
, se dijo, imaginando manos fuertes explorándola.

El timbre sonó. Era Diego, su amigo y colega de la universidad, alto, moreno, con ojos negros que siempre la miraban como si supiera todos sus secretos. Traía una botella de tequila reposado y una sonrisa pícara. Órale, wey, dijo él al verla con el libro en la mano. ¿Ya te clavaste en las 99 pasiones en la historia de México? Ese pinche libro es legendario, puro fuego. Sofía rio, sintiendo el pulso acelerarse. Habían coqueteado mil veces en las aulas, pero nunca cruzaron la línea. Hoy, con el libro como excusa, el aire se cargaba de electricidad.

Acto 1 fin. Se sentaron en el patio, el sol poniéndose tiñendo todo de rosa. Diego leyó en voz alta una pasión de la Independencia: Doña Josefa Ortiz y un insurgente en una hacienda, sus cuerpos entrelazados sobre sábanas de lino, el olor a tierra mojada mezclándose con el almizcle de la excitación. Sofía lo observaba, hipnotizada por su voz grave, ronca como un tambor azteca. Sus rodillas se rozaron accidentalmente, y el contacto envió chispas por su espina. Quiero que me toque, pensó ella, mordiéndose el labio. Él levantó la vista, ojos brillando. ¿Te prende? preguntó, su mano posándose en su rodilla, subiendo despacio.

El deseo creció como una ola en el Pacífico. Sofía asintió, voz temblorosa. Sí, pendejo, me prende un chingo. Se inclinó hacia él, sus labios encontrándose en un beso suave al principio, exploratorio. Sabían a tequila y limón, lenguas danzando con urgencia creciente. Las manos de Diego subieron por sus muslos, arrugando la falda ligera, mientras ella enredaba los dedos en su cabello negro, ondulado, oliendo a jabón de lavanda y hombre. El patio se llenaba de sus respiraciones agitadas, el zumbido de las abejas en las flores como banda sonora.

Se levantaron, tropezando hacia la recámara, dejando un rastro de ropa. La habitación era un santuario: cama king con sábanas de satén blanco, velas de cera de abeja encendidas, aroma a vainilla flotando. Diego la desnudó con reverencia, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en el cuello, mordisqueando suave, haciendo que Sofía arqueara la espalda. Su piel es como terciopelo caliente, pensó ella, mientras sus dedos trazaban los músculos de su pecho, duros como piedra tallada por olmecas. Él la tumbó en la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso, y descendió por su cuerpo, lamiendo el valle entre sus senos, el ombligo, hasta llegar al monte de Venus.

¡Qué rico su lengua, cabrón! Me va a volver loca.

La tensión escalaba. Diego separó sus piernas con gentileza, inhalando su esencia almizclada, salada como el Golfo. Su lengua la exploró, círculos lentos alrededor del clítoris hinchado, succionando suave. Sofía gemía, ¡Ay, Diego, no pares, wey!, uñas clavándose en sus hombros. El sonido de su boca chupando, húmedo y obsceno, llenaba la habitación. Sus caderas se movían solas, buscando más fricción, el sudor perlando su frente, goteando entre sus pechos. Él introdujo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas, el Popo erupcionando en su mente.

Pero no era suficiente. Sofía lo jaló arriba, volteándolo para montarlo. Ahora yo mando, susurró, ojos fieros como Malinche negociando destinos. Su erección, dura como obsidiana, palpitaba contra su entrada húmeda. Se hundió en él despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla, estirándola deliciosamente. El olor a sexo crudo, sudor y feromonas, impregnaba el aire. Cabalgaba con ritmo creciente, pechos rebotando, manos en su pecho para impulsarse. Diego gruñía, ¡Qué chingona eres, Sofía! ¡Me vas a matar!, caderas embistiendo desde abajo, chocando piel contra piel con palmadas resonantes.

La intensidad psicológica ardía. En su mente, flashes de las 99 pasiones: Maximiliano y Carlota en el Castillo de Chapultepec, cuerpos traicionados por la pasión; Zapata y una soldadera en las sierras, polvo y deseo; Frida y Diego en la Casa Azul, arte y celos fundidos en éxtasis. Cada embestida evocaba una, tejiendo historia con su placer. Sofía sentía el orgasmo construyéndose, una tormenta en el horizonte de Veracruz. No aguanto más, jadeó. Diego la volteó, poniéndola a cuatro patas, penetrándola profundo, una mano en su cadera, la otra masajeando su clítoris. El roce perfecto, el ángulo preciso, la llevó al borde.

El clímax explotó como la Independencia en el Grito. Sofía gritó, ¡Sí, cabrón, ahí!, paredes vaginales contrayéndose alrededor de él, jugos calientes empapando las sábanas. Diego la siguió segundos después, rugiendo su nombre, semen caliente inundándola en pulsos interminables. Colapsaron, entrelazados, pieles pegajosas de sudor, corazones galopando como caballos revolucionarios.

En el afterglow, yacían bajo la luz de la luna filtrándose por las cortinas. Diego la besó la sien, suave. Las 99 pasiones en la historia de México palidecen al lado de esta, murmuró. Sofía sonrió, trazando círculos en su pecho. Es verdad, amor. Pero apenas empezamos nuestra propia historia. El aroma a sexo y velas se mezclaba con el de la noche, prometiendo más capítulos. Cerraron los ojos, satisfechos, el libro olvidado en el patio testigo de su pasión eterna.

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