El Color de la Pasion Capitulo 68
El sol del atardecer teñía de rojo pasión las colinas de Tequila, Jalisco, mientras Ana caminaba por el sendero empedrado hacia la hacienda de Don Ramiro. Su vestido ligero de algodón se pegaba a su piel sudada por el calor del día, delineando las curvas de sus caderas anchas y sus senos firmes. Hacía semanas que no veía a Luis, su amor prohibido, el capataz de ojos negros como la noche y manos callosas que la volvían loca. La familia de Ana, dueños de las tierras vecinas, lo consideraban un arrimado sin futuro, pero ella sabía que en sus brazos encontraba el fuego que le faltaba en su vida de fiestas y compromisos falsos.
El aire olía a agave maduro y tierra húmeda después de la lluvia vespertina. Cada paso hacía crujir las piedras bajo sus sandalias, y su corazón latía con fuerza, imaginando el momento en que él la tomaría entre sus brazos.
"¿Y si esta vez no resiste? ¿Y si me entrega todo su cuerpo como en mis sueños?",pensaba Ana, mordiéndose el labio inferior, sintiendo ya el cosquilleo entre sus muslos.
Luis la esperaba en el porche de la vieja casona, con una camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho moreno y musculoso, marcado por el trabajo en los campos. Al verla, su sonrisa se amplió, pícara y hambrienta. Órale, qué chula vienes, murmuró para sí, mientras ella subía los escalones. Se abrazaron con fuerza, sus cuerpos chocando como imanes. El olor de su sudor mezclado con el jabón de lavanda de ella lo invadió todo.
—Mi reina, te extrañé tanto —susurró él contra su cuello, inhalando su aroma dulce—. No sabes las noches que pasé pensando en ti, en tu piel suave.
Ana se estremeció al sentir su aliento caliente. Sus manos subieron por la espalda de él, arañando ligeramente la tela. Esto es el comienzo de algo grande, pensó, mientras sus labios se encontraban en un beso lento, profundo. Sus lenguas danzaban, saboreando el tequila que él había probado antes, un toque ahumado y ardiente que le quemaba la boca.
La llevaron adentro, al cuarto principal con su cama de madera tallada y sábanas de lino fresco. La luz del atardecer filtraba por las cortinas, pintando sus cuerpos de tonos anaranjados. Luis la recostó con gentileza, pero sus ojos brillaban con urgencia. Deslizó las tiras del vestido por sus hombros, exponiendo sus senos al aire. Los pezones se endurecieron al instante, rosados y erectos, rogando por atención.
—Eres tan hermosa, Ana. Como en el color de la pasion capitulo 68 que vimos juntos, ¿te acuerdas? Esa escena donde la protagonista se rinde al deseo —dijo él, con voz ronca, mientras bajaba la cabeza para lamer uno de sus pezones.
Ella jadeó, arqueando la espalda. El roce de su lengua áspera era eléctrico, enviando ondas de placer directo a su centro. ¡Ay, Dios! Sí, como en esa telenovela, pero esto es real, pensó, mientras sus dedos se enredaban en el cabello revuelto de él. El sonido de sus succiones húmedas llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos suaves.
La tensión crecía como una tormenta. Luis besó su vientre, bajando más, hasta el borde de sus bragas de encaje. Las olió, embriagado por el aroma almizclado de su excitación. Qué rico hueles, mi amor, gruñó, quitándoselas con los dientes. Ana abrió las piernas, expuesta, vulnerable pero poderosa en su deseo. Él separó sus pliegues con los dedos, admirando el brillo húmedo de su intimidad.
—Mírate, tan mojada por mí. ¿Quieres que te pruebe?
—Sí, Luis, por favor... no pares —suplicó ella, la voz temblorosa.
Su lengua se hundió en ella, lamiendo con avidez desde el clítoris hasta la entrada, saboreando su néctar salado y dulce. Ana gritó, las caderas moviéndose contra su boca. El sonido era obsceno: chupadas, lamidas, sus jadeos resonando. Sentía cada roce como fuego líquido, sus nervios en llamas.
"Esto es el paraíso, no quiero que acabe nunca",se repetía, mientras el orgasmo se acercaba como una ola.
Pero Luis se detuvo, subiendo para besarla, compartiendo su propio sabor en su boca. Ella lo saboreó, excitada por lo prohibido. Desabrochó su pantalón, liberando su verga dura, gruesa, venosa, palpitante de necesidad. La tomó en la mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado bajo la piel suave. Qué chingona está, pensó, acariciándola de arriba abajo, viendo cómo él cerraba los ojos y gemía.
—Ana, me vas a volver loco. Súbete encima, quiero verte cabalgar.
Se posicionó a horcajadas sobre él, frotando su entrada contra la punta. Lentamente, se hundió, centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud. Él la llenaba por completo, estirándola deliciosamente. Comenzó a moverse, arriba y abajo, sus senos rebotando con cada embestida. El sonido de piel contra piel, slap slap slap, era hipnótico. Sudor perlaba sus cuerpos, el olor a sexo crudo impregnaba el aire.
Luis agarró sus caderas, guiándola, hundiéndose más profundo. ¡Qué prieta estás, mi vida! Tan caliente adentro, jadeaba. Ana aceleró, persiguiendo el clímax, sus uñas clavadas en su pecho. El conflicto interno la azotaba: ¿y si los descubren? ¿Y si esto es solo un capítulo más en su pasión imposible? Pero el placer lo ahogaba todo.
De repente, él la volteó, poniéndola de rodillas. Entró por detrás, fuerte, posesivo. Sus embestidas eran salvajes ahora, el sudor goteando de su frente a su espalda. Ana empujaba contra él, sintiendo cada roce en su punto G. Más, más rápido, cabrón, rogaba en su mente. El cuarto olía a ellos: almizcle, sudor, agave lejano.
—Ven conmigo, Ana. Déjate ir —ordenó él, una mano en su clítoris, frotando en círculos.
El orgasmo la golpeó como un rayo. Gritó su nombre, el cuerpo convulsionando, paredes internas apretándolo como un puño. Luis la siguió segundos después, gruñendo, llenándola con chorros calientes, su semilla derramándose dentro. Colapsaron juntos, exhaustos, piel pegada a piel, respiraciones entrecortadas.
En el afterglow, yacían enredados, el sol ya oculto, la luna iluminando sus cuerpos saciados. Ana trazaba círculos en su pecho con el dedo, sintiendo su corazón ralentizarse.
—Esto fue mejor que cualquier el color de la pasion capitulo 68 —rió ella, besando su hombro salado.
—Y habrá más capítulos, mi reina. Nuestro amor es eterno —respondió él, atrayéndola más cerca.
El viento nocturno traía el aroma de las magueyeras, y en ese momento, supieron que nada los separaría. La pasión los unía como el color rojo de la tierra jalisciense, intenso y vivo.