Pasión Capítulo 64 Fuego en la Carne
La noche en Polanco se sentía cargada de promesas, con el bullicio de la ciudad filtrándose por las ventanas entreabiertas del departamento. Ana se recargaba en el balcón, sintiendo la brisa tibia acariciar su piel morena, esa que brillaba bajo la luz tenue de las farolas. Llevaba un vestido negro ajustado, de esos que se pegan al cuerpo como una segunda piel, resaltando sus curvas generosas. ¿Cuánto tiempo más voy a esperar, cabrón? pensó, mientras el aroma de jazmín del jardín de abajo subía hasta ella, mezclándose con su perfume de vainilla y almizcle.
Habían pasado semanas desde la última vez que Diego la había tocado, desde que sus cuerpos se habían enredado en un torbellino de sudor y gemidos. Él andaba de viaje por Guadalajara, cerrando unos negocios chidos, pero esta noche volvía. Ana lo sentía en el aire, en el cosquilleo que le subía por los muslos. Miró su celular: un mensaje suyo. "Ya llegué, mi reina. Subo con ganas de comerte viva." Su corazón dio un brinco, y entre las piernas, un calor húmedo empezó a expandirse.
Pasión, capítulo 64, se dijo a sí misma, recordando cómo habían bautizado sus encuentros como episodios de una telenovela privada, llena de drama y clímax inolvidables.
La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que la derretía. Diego traía una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, dejando ver el vello oscuro que bajaba hasta su abdomen marcado. Olía a colonia fresca y a avión, un olor que la ponía loca. "¡Órale, Ana! ¿Me extrañaste, preciosa?", dijo con esa voz grave, mexicana hasta la médula, mientras dejaba la maleta y se acercaba con pasos lentos, como un depredador.
Ella se giró, apoyando las manos en la barandilla, y lo miró de arriba abajo. "Ni me lo imaginas, wey. Ven pa'cá." Su voz salió ronca, cargada de deseo reprimido. Diego la rodeó con los brazos por detrás, su pecho duro contra su espalda, y le besó el cuello. El roce de sus labios fue eléctrico; Ana sintió su aliento caliente, oliendo a menta del chicle que masticaba. Sus manos grandes bajaron por sus caderas, apretando la carne suave bajo el vestido. "Estás cañona esta noche", murmuró él, mordisqueándole la oreja.
Ana giró la cabeza, capturando sus labios en un beso hambriento. Sus lenguas se enredaron, saboreando el uno al otro: él a su dulzura afrutada, ella al salado de su piel. El beso se profundizó, y Diego la presionó contra la barandilla, su erección ya dura contra sus nalgas. Qué rico se siente esa verga presionándome, pensó ella, arqueando la espalda para restregarse más. Sus manos subieron por su nuca, enredándose en su cabello corto y áspero.
La tensión inicial se rompía como una ola, pero no querían apresurarse. Diego la tomó de la mano y la llevó adentro, cerrando la puerta con el pie. El departamento estaba iluminado por velas que ella había encendido, parpadeando sombras suaves sobre las paredes blancas. La música de fondo, un bolero sensual de Luis Miguel, llenaba el aire con notas roncas. "Siéntate, mi amor", le dijo él, guiándola al sofá de piel color crema.
Ana se dejó caer, abriendo las piernas ligeramente, invitándolo. Diego se arrodilló frente a ella, sus ojos oscuros fijos en los suyos, brillantes de lujuria. "Te voy a volver loca despacito", prometió, deslizando las manos por sus muslos. La tela del vestido se arrugó, y él la subió lentamente, exponiendo la piel tersa, oliendo a loción de coco. Sus dedos rozaron el encaje de sus panties, ya empapadas. Ana jadeó, el sonido escapando como un suspiro entrecortado.
Esto es el principio del medio, pensó, mientras él besaba el interior de sus rodillas, subiendo con besos húmedos. Cada roce de labios era fuego: la barba incipiente raspando su piel sensible, el calor de su boca haciendo que sus vellos se erizaran. "Diego... no pares, pinche tentador", gimió ella, agarrando los cojines. Él rio bajito, un sonido gutural que vibró contra su carne. "Tranquila, reina. Vamos a saborear cada pedacito."
Le quitó las panties con delicadeza, oliendo su aroma almizclado, ese olor a mujer excitada que lo volvía loco. "Qué chingona hueles, Ana. Pura pasión." Su lengua salió, lamiendo despacio desde el tobillo hasta el borde de su sexo. Ella tembló, el placer subiendo en oleadas. Cuando llegó a su clítoris, hinchado y ansioso, lo rodeó con la lengua plana, chupando suave. Ana gritó, el sonido rebotando en las paredes. Sabía a sal y miel, pensó él, devorándola con hambre contenida.
Las manos de Ana bajaron a su cabeza, empujándolo más profundo. Sus caderas se movían solas, follándose su boca. El sonido era obsceno: lamidas húmedas, succiones, sus gemidos ahogados. El sudor empezaba a perlar su frente, goteando entre sus pechos. Diego metió dos dedos gruesos dentro de ella, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. "¡Ay, Dios! ¡Sí, ahí, cabrón!", exclamó, el orgasmo construyéndose como una tormenta.
Pero él se detuvo, levantándose con una sonrisa maliciosa. "Aún no, mi vida. Quiero sentirte alrededor de mi verga." Se quitó la camisa, revelando el torso musculoso, marcado por horas en el gym. Ana se lamió los labios, ansiosa por tocarlo. Le desabrochó el pantalón, liberando su miembro erecto, grueso y venoso, palpitando. "Ven pa'cá", le ordenó ella, tomándolo en la mano. La piel era aterciopelada, caliente, oliendo a hombre puro.
Lo masturbó despacio, sintiendo cómo crecía más en su puño. Diego gruñó, cerrando los ojos. "Neta, Ana, me tienes al borde." Ella se inclinó, lamiendo la punta, saboreando la gota salada de precum. Su lengua giró alrededor del glande, bajando por el tronco hasta los huevos pesados. Él la miró, jadeante, el pecho subiendo y bajando. "Eres una diosa, wey."
La levantó del sofá, cargándola como si no pesara nada, y la llevó a la recámara. La cama king size los esperaba, sábanas de satén negro revueltas. La tiró suave, quitándole el vestido de un tirón. Desnuda, Ana era una visión: pechos firmes con pezones oscuros erectos, caderas anchas, culo redondo. Diego se desnudó completo, su cuerpo atlético brillando bajo la luz de la luna que entraba por la ventana.
Se tendió sobre ella, piel contra piel, el peso delicioso aplastándola. Sus pezones rozaron los de ella, enviando chispas. Besos por todo el cuerpo: cuello, clavículas, senos. Chupó un pezón, mordiendo suave, mientras su mano bajaba a su coño empapado, frotando el clítoris en círculos. Ana se retorcía, uñas clavándose en su espalda. "Fóllame ya, Diego. No aguanto más."
Él se posicionó, la punta de su verga en la entrada, resbalosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola. Ambos gimieron al unísono: el sonido crudo, animal. "Estás tan apretada, tan caliente", gruñó él, embistiendo más profundo. Ana envolvió las piernas alrededor de su cintura, clavando talones en su culo. El ritmo empezó lento, sensual, piel chocando con palmadas suaves. El olor a sexo llenaba la habitación: sudor, fluidos, pasión cruda.
La intensidad creció. Diego aceleró, follando con fuerza, sus huevos golpeando su perineo. Ana gritaba, palabras mexicanas saliendo en ráfagas: "¡Más duro, pinche semental! ¡Dame todo!" Él obedecía, sudando profusamente, gotas cayendo en su vientre. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como una amazona. Sus tetas rebotaban, él las amasaba, pellizcando pezones. El clítoris rozaba su pubis, enviando placer en descargas.
El clímax se acercaba. Ana lo sentía en el vientre, una presión explosiva. "Me vengo, Diego... ¡juntos!" Él la volteó a cuatro patas, embistiendo desde atrás, una mano en su clítoris, la otra jalándole el pelo suave. El orgasmo la golpeó como un rayo: contracciones violentas, chorros de placer, gritos roncos. Diego la siguió, gruñendo como bestia, llenándola con chorros calientes, su verga pulsando dentro.
Colapsaron, enredados, respiraciones agitadas sincronizándose. El afterglow era puro éxtasis: piel pegajosa, corazones latiendo al unísono, el aroma de sus jugos mezclados. Diego la besó en la frente, suave. "Te amo, Ana. Esto fue épico."
Ella sonrió, trazando círculos en su pecho.
Pasión capítulo 64: el capítulo donde nos perdimos en el fuego eterno.La noche los envolvía, prometiendo más capítulos, más deseo, más ellos.