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Leyendas de Pasion Pelicula Carnal

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Leyendas de Pasion Pelicula Carnal

La lluvia caía a cántaros sobre la hacienda, ese golpeteo constante en el tejado de teja que me hacía sentir como en una de esas leyendas de pasion pelicula que tanto nos gustaban a Sofia y a mí. Estábamos solos en la sala, con el fuego crepitando en la chimenea, el aroma del mezquite quemado mezclándose con el tequila reposado que nos echábamos de a poquito en los vasos. Sofia, mi carnala de toda la vida, se acurrucaba contra mi pecho, su piel morena oliendo a jazmín y a esa esencia suya que me volvía loco. Llevábamos años juntos, pero cada vez que veíamos esa película, algo se encendía en nosotros, como si las pasiones de esos gringos en las montañas se colaran en nuestras venas mexicanas.

"Órale, Javier, ponla ya", me dijo ella con esa voz ronca, juguetona, mientras se acomodaba el rebozo sobre los hombros. Sus ojos negros brillaban con la luz parpadeante del televisor viejo. Yo le di play, y ahí empezó todo: las leyendas de pasión desatadas en la pantalla, hermanos rivales, amores imposibles, paisajes salvajes que me recordaban a las sierras de mi tierra. Pero neta, lo que me ponía era ver a Sofia mordiéndose el labio cada vez que Brad Pitt aparecía a pelo, cabalgando como dios.

El calor de su cuerpo contra el mío subía poco a poco. Su mano descansaba en mi muslo, y yo sentía el pulso acelerado bajo la tela de mis jeans.

¿Por qué carajos esta película siempre nos deja así de calientes? Como si fuéramos parte de la historia, listos para follar como animales en la intemperie.
Tomé un trago de tequila, el fuego líquido bajando por mi garganta, y la besé en la sien. Ella giró la cara, sus labios suaves rozando los míos, un beso que empezó tierno pero que pronto se volvió hambriento. Nuestras lenguas bailaron al ritmo de la música épica de la peli, sabor a tequila y a su saliva dulce.

La pausa llegó natural. Apagué el tele por un rato, pero la pantalla congelada de leyendas de pasion pelicula seguía ahí, testigo mudo. Sofia se subió a horcajadas sobre mí, su falda huipil subiéndose por los muslos firmes. "Te quiero como a ese Tristan, wey", murmuró, sus tetas grandes presionando contra mi pecho. Yo le agarré las nalgas, redondas y calientes, sintiendo la humedad que ya empapaba sus calzones. El olor a su excitación me golpeó, ese aroma almizclado que me hacía babear.

"¿Y yo soy tu Susannah?", le pregunté riendo bajito, mientras le bajaba el huipil por los hombros. Sus pezones oscuros se endurecieron al aire fresco, y yo los tomé en mi boca, chupando suave al principio, luego más fuerte, oyendo sus gemidos que se mezclaban con el trueno afuera. Qué rico saber que soy yo el que la hace jadear así, no ningún actor de Hollywood. Ella se arqueó, restregando su chochito contra mi verga dura como piedra. "Sí, pendejo, pero tú me la metes mejor", contestó, y me desabrochó el cinto con dedos temblorosos.

Nos quitamos la ropa a tirones, piel contra piel en el sillón de cuero que crujía bajo nuestro peso. Su cuerpo era una fiesta de curvas mexicanas: caderas anchas para parir pasiones, vientre suave con esa marquita de bikini del sol de la playa. Yo bajé la mano entre sus piernas, tocando esa humedad caliente, resbalosa. "Estás bien chorreando, mi reina", le dije, metiendo dos dedos despacio, sintiendo cómo sus paredes se contraían alrededor. Ella jadeó, un sonido gutural que me erizó la piel, y me miró con ojos vidriosos.

Esto es nuestra leyenda, carajo, no la de la película.

La llevé al piso, sobre la alfombra gruesa que olía a lana y a nosotros. El fuego nos lamía con su calor anaranjado, sombras danzando en las paredes de adobe. Sofia se arrodilló, tomó mi verga en su mano, esa polla gruesa y venosa que ella tanto quería. "Déjame saborearte", susurró, y se la metió a la boca, chupando con hambre, lengua girando en la cabeza sensible. Sentí el calor húmedo, el succionar que me hacía arquear la espalda, mis bolas apretándose. "Ay, Sofia, qué chingona eres", gemí, enredando los dedos en su pelo negro largo.

Pero no quería acabar así. La volteé boca abajo, le abrí las nalgas y lamí su cuca desde atrás, saboreando ese néctar salado-dulce, metiendo la lengua profundo mientras ella se retorcía, gritando "¡Javier, no pares, cabrón!". El sabor de su arousal me volvía loco, mezclado con el sudor de su piel. Sus muslos temblaban contra mis mejillas, y yo le mordía suave las nalgas, dejando marcas rojas que mañana la harían sonreír al espejo.

La tensión crecía como tormenta en la sierra. La puse de misionero, mirándonos a los ojos, y se la metí despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su chocho me tragaba entero. "¡Qué rico te sientes, tan apretadita!", gruñí, empezando a bombear lento, profundo. Ella clavó las uñas en mi espalda, arañando con placer, sus tetas botando al ritmo. El slap-slap de carne contra carne ahogaba la lluvia, nuestros jadeos sincronizados.

Esto es pasión de verdad, no ficción de Hollywood. Nuestra historia, eterna como las leyendas.

Aceleré, follando más duro, su clítoris rozando mi pubis con cada embestida. "¡Más fuerte, amor, rómpeme!", pedía ella, piernas enredadas en mi cintura. Yo obedecía, sudando, el olor a sexo impregnando el aire, mezclado con humo de leña. Sentía su interior palpitando, acercándose al borde. "Ven conmigo, Javier, neta ven", suplicó, y yo exploté dentro, chorros calientes llenándola mientras ella convulsionaba, gritando mi nombre al techo.

Nos quedamos así, pegados, pulsos latiendo juntos, respiraciones entrecortadas. El afterglow era puro, como tequila después de la cena. La besé suave, probando el salado de nuestras lágrimas de placer. "Mejor que cualquier leyendas de pasion pelicula", dije, y ella rio, acurrucándose en mi pecho.

Encendimos el tele de nuevo, viendo el final abrazados, desnudos bajo una cobija. La lluvia amainaba, pero nuestra pasión ardía quieta, lista para más noches así. En esa hacienda, éramos los héroes de nuestra propia leyenda, carnales y eternos.

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