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Lorena Meritano Pasión de Gavilanes

6571 palabras

Lorena Meritano Pasión de Gavilanes

La noche en la hacienda de Jalisco ardía como un fogón de leña fresca. El aire olía a tierra mojada después de la lluvia de la tarde, mezclado con el humo dulzón de las carnes asadas en el comal gigante y el aroma picante del tequila reposado que corrían los mariachis de mesa en mesa. Yo, Alejandro, el patrón de estas tierras, andaba recargado en la baranda del porche, con una chela fría en la mano, viendo cómo la fiesta se ponía buena. La banda tocaba rancheras que hacían vibrar el pecho, y las luces de las farolas pintaban sombras danzantes en los rostros de la raza.

De repente, la vi llegar. Bajó de una troca reluciente, con un vestido rojo que se pegaba a sus curvas como segunda piel, ajustado en las caderas anchas y el escote que dejaba ver el valle entre sus chichis firmes. Su cabello negro caía en ondas salvajes hasta la cintura, y sus labios pintados de fuego prometían pecados. Órale, carnal, pensé, esa morra está cañón. Se movía con la gracia de una reina, saludando a la gente con una sonrisa que iluminaba más que las bombillas. Cuando se acercó al grupo donde yo estaba, alguien la presentó: "Alejandro, ella es Lorena. Viene de la ciudad, pero neta que parece sacada de un culebrón".

Lorena me tendió la mano, y al tocarla sentí un chispazo, como si su piel ardiente me quemara los dedos. "Mucho gusto, güey", dijo con voz ronca, ojos verdes que me taladraban. "He oído que aquí las fiestas son de otro nivel". Neta, su mirada me revolvió las tripas. Nos sentamos a platicar, y entre tragos de tequila, salió el tema de las telenovelas. "A mí me encanta Pasión de Gavilanes", confesó ella, lamiéndose los labios al decirlo. "Lorena Meritano en esa novela... esa pasión de gavilanes que tenía, ¿la viste? Me vuelve loca esa intensidad, como si el deseo te comiera viva".

¿Lorena Meritano? Neta que esta Lorena se le parecía en todo: el fuego en la mirada, el cuerpo que grita sexo, esa forma de mover las caderas como si invitara a pecar. Mi verga dio un brinco en los jeans. Ya valió, esta noche no me voy a dormir solo.

La banda aceleró el ritmo, y Lorena me jaló a la pista de tierra apisonada. Bailamos pegaditos, su culo rozando mi entrepierna, el sudor perlando su cuello y goteando hasta su escote. Sentía el calor de su cuerpo, olía su perfume mezclado con el de su piel salada, y cada roce era una promesa. "Estás duro, Alejandro", me susurró al oído, su aliento caliente como brisa de estufa. "Y tú estás mojada, mamacita", le contesté, apretando su cintura. La tensión crecía como tormenta, mis manos bajando por su espalda, ella arqueándose contra mí.

Acto seguido, nos escabullimos del bullicio. La llevé por el sendero oscuro hacia la casa principal, el crujir de la grava bajo nuestros pies, el eco lejano de las guitarras. Adentro, en mi recámara amplia con cama king y sábanas de algodón egipcio, cerré la puerta y la arrinconé contra la pared. Nuestros labios chocaron en un beso feroz, lenguas enredándose como serpientes, saboreando tequila y deseo puro. Sus manos me desabotonaron la camisa, uñas arañando mi pecho velludo, mientras yo le bajaba el vestido, liberando sus tetas perfectas, pezones duros como balas.

"¡Ay, wey, qué rico!", gimió cuando chupé uno, mordisqueando suave, mi lengua girando en círculos. Bajé de rodillas, levantándole la falda, y ahí estaba su tanga empapada, oliendo a mujer en celo, almizcle dulce que me enloqueció. Se la arranqué con los dientes, y lamí su panocha rasurada, labios hinchados y jugosos, clítoris palpitante. Ella se agarró de mi pelo, caderas moviéndose al ritmo de mi boca. "¡Sigue, pendejo, no pares!", jadeaba, piernas temblando. Metí dos dedos dentro, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar, su coñito apretándome como guante caliente.

La pasión de esta Lorena era como la de Meritano en Gavilanes: salvaje, sin frenos, un fuego que quema todo a su paso. Mi rabo latía dolorido, listo para entrar en ella.

La cargué a la cama, donde se puso a cuatro patas, culo en pompa invitándome. Me quité los pantalones de un tirón, mi verga saltando libre, venosa y gruesa, goteando precum. Me puse un condón –neta, siempre seguro, carnal–, y la embestí de un golpe seco. "¡Chingado, qué prieta!", gruñí, sintiendo sus paredes vaginales envolviéndome, calientes y resbalosas. Empecé a bombear lento, profundo, mis bolas chocando contra su clítoris, el sonido chapoteante llenando la habitación junto a sus gemidos roncos.

La volteé boca arriba para verla en la cara: ojos vidriosos, boca abierta en éxtasis, sudor corriendo por sus sienes. Le abrí las piernas anchas, clavándome hasta el fondo, mis manos amasando sus tetas, pellizcando pezones. "Más fuerte, Alejandro, rómpeme", suplicó, uñas clavadas en mi espalda. Aceleré, piel contra piel en palmadas húmedas, el olor de sexo impregnando el aire –sudor, fluidos, lujuria pura–. Ella se corrió primero, convulsionando, gritando mi nombre mientras su coño me ordeñaba la verga en espasmos.

Yo aguanté, volteándola de lado, una pierna sobre mi hombro para penetrarla en ángulo perfecto. Cada embestida rozaba su G-spot, sus jugos chorreando por mis muslos. "¡Me vengo otra vez, cabrón!", chilló, cuerpo arqueado como arco. Eso me mandó al borde. Me salí, quité el condón, y ella se arrodilló, mamándome la punta hinchada mientras yo explotaba en su boca, chorros calientes que tragó con gusto, lamiendo cada gota. "Qué rico sabes, güey", murmuró, sonriendo pícara.

Nos derrumbamos en la cama, jadeantes, cuerpos enredados en sábanas revueltas. El cuarto olía a nosotros, a pasión consumada. La abracé por la espalda, mi mano en su vientre suave, besando su nuca salada. "Neta que eres como Lorena Meritano en Pasión de Gavilanes", le dije, riendo bajito. Ella se giró, ojos brillantes: "Y tú eres mi gavilán, Alejandro. Esto apenas empieza".

Quedamos así hasta el amanecer, con el canto de los gallos filtrándose por la ventana y el sol tiñendo el cielo de rosa. Su piel contra la mía, cálida y pegajosa, era el paraíso. En ese momento supe que esta pasión no era de una noche; era el inicio de algo chingón, ardiente como las tierras de Jalisco. Lorena se acurrucó más, su respiración calmada sincronizándose con la mía, y yo sonreí pensando en las noches que vendrían, llenas de ese fuego que nos unía.

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