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Reparto Diario de una Pasión

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Reparto Diario de una Pasión

Desde que empecé este jale de repartidor en la colonia Roma, mi vida se volvió un desmadre de emociones. Cada mañana, cargo mi mochila llena de paquetes frescos del mercado y salgo a la calle con el sol pegándome en la cara, oliendo a café de olla y pan dulce de la tiendita de la esquina. Pero lo que realmente me mueve el día es el reparto diario de una pasión que no esperaba: las entregas a la casa de Ana.

Ana es una morra de unos treinta pirulos, con curvas que te hacen tragar saliva y ojos cafés que te clavan como si supieran todos tus secretos. Vive en un depa chido en una calle arbolada, con balcón lleno de macetas y olor a jazmín que se escapa por la ventana. La primera vez que le entregué su pedido de frutas y verduras orgánicas, me abrió la puerta en shortcito y blusita ajustada, el pelo suelto oliendo a shampoo de coco. "Gracias, guapo", me dijo con esa voz ronca que me erizó la piel. Yo, pendejo, solo atiné a balbucear "De nada, jefa" mientras mis huevos se ponían duros como piedras.

Al principio, era puro coqueteo inocente. Le llevaba sus paquetes y platicábamos dos minutos: del clima, de la neta del tráfico en Insurgentes, de lo caro que está todo. Pero cada día, el aire se cargaba más. Ella se asomaba con camisones transparentes que dejaban ver el contorno de sus chichis perfectas, y yo sentía el calor subiéndome por el cuello, el sudor perlando mi frente bajo el casco. "¿Qué traes hoy de rico?", preguntaba, y yo respondía "Lo mejor para ti, Ana", pensando en lo que yo quería repartirle de verdad.

Una mañana de viernes, el deseo ya me tenía hasta la madre. Llegué sudado por el calor de junio, con la playera pegada al pecho y el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano. Toqué el timbre y ella abrió, esta vez en una bata de seda que se abría apenas, dejando ver la piel morena y suave de sus muslos. El aroma de su perfume me golpeó como un puñetazo, mezclado con algo más profundo, como a mujer lista para el desmadre.

Órale, Juan, hoy no te vas tan rápido. Pasa, wey, está el café recién colado.

Entré, el corazón en la garganta, oliendo a madera pulida y a ella por todos lados. La cocina era un paraíso: luz filtrada por cortinas blancas, vapor subiendo de las tazas humeantes. Nos sentamos en la barra, nuestras rodillas rozándose accidentalmente, y ese toque fue eléctrico. Su piel tibia contra la mía, áspera por el día de trabajo, me mandó chispas directas a la verga.

Platicamos de todo y nada. De cómo su ex la había dejado por una flaca insípida, de cómo yo andaba soltero después de una ruptura culera. Sus ojos se clavaban en los míos, y yo no podía dejar de mirar cómo su bata se entreabría, revelando el valle entre sus senos. "¿Sabes, Juan? Tu reparto diario es lo mejor de mi semana. Me hace sentir viva", dijo, rozando mi mano con la suya. Ese contacto fue el detonador. Sentí su pulgar trazando círculos en mi palma, y mi cuerpo entero se tensó como cuerda de guitarra.

Me levanté, incapaz de aguantar más, y la jalé hacia mí. Nuestros cuerpos chocaron, su suavidad contra mi dureza. La besé con hambre, saboreando sus labios carnosos, dulces como tamarindo. Ella gimió bajito, un sonido que me vibró en el pecho, y sus manos se metieron bajo mi playera, arañando mi espalda con uñas pintadas de rojo. Olía a deseo puro, a sexo mojado que ya se filtraba entre sus piernas.

La cargué hasta el sillón de la sala, sus piernas envolviéndome la cintura. La bata se cayó sola, revelando su cuerpo desnudo, tetas firmes con pezones oscuros endurecidos, panza suave y ese coñito depilado que brillaba de humedad. "Te quiero adentro, repartidor mío", murmuró, mordiéndome el lóbulo de la oreja. Me quité la ropa a tirones, mi verga saltando libre, gruesa y palpitante, con una gota de precum en la punta.

Me arrodillé entre sus muslos, inhalando su aroma almizclado, salado, que me volvía loco. Lamí despacio, desde el clítoris hinchado hasta su entrada, saboreando su jugo dulce y espeso. Ella arqueó la espalda, gimiendo "¡Sí, cabrón, así!", sus caderas moviéndose al ritmo de mi lengua. El sonido de sus jadeos llenaba la habitación, mezclado con el slap de mi boca chupando su carne. Sus muslos temblaban contra mis mejillas, piel de gallina por todos lados.

Pero quería más. La volteé, poniéndola a cuatro patas en el sillón, su culo redondo alzado como ofrenda. Le di una nalgada juguetona, viendo cómo la carne se enrojecía y ondulaba. "Eres una rica, Ana", le dije, y ella rio ronca: "Repárteme todo lo que traes". Empujé mi verga despacio, sintiendo cómo su coño me tragaba centímetro a centímetro, caliente, apretado, chorreando. El calor nos envolvió, su interior pulsando alrededor de mí como un guante vivo.

Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada roce, cada contracción. El sudor nos pegaba, piel resbalosa chocando con slap-slap rítmico. Sus tetas se mecían, y yo las agarraba, pellizcando pezones mientras ella gritaba "Más fuerte, pendejo, rómpeme". Aceleré, el olor a sexo impregnando el aire, mis bolas golpeando su clítoris con cada embestida. Sus paredes se apretaban, ordeñándome, y yo sentía el orgasmo construyéndose en mis huevos, un fuego subiendo por la columna.

La volteé de nuevo, cara a cara, para ver su expresión: ojos vidriosos, boca abierta en éxtasis. La penetré profundo, nuestros alientos mezclándose, sabores de saliva y sudor. "Vente conmigo", le rogué, y ella asintió, clavando uñas en mi culo. El clímax nos golpeó como tormenta: ella convulsionando, chorros calientes mojándome la verga, gritando mi nombre. Yo exploté dentro, chorros espesos llenándola, el placer cegándome, piernas temblando.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa y palpitante. El silencio solo roto por nuestras respiraciones jadeantes. La besé suave, saboreando el afterglow salado en su cuello. "Esto va a ser nuestro reparto diario de una pasión", susurró ella, riendo bajito. Yo sonreí, oliendo su pelo, sintiendo su corazón latiendo contra el mío.

Desde ese día, mis entregas cambiaron. Ya no era solo frutas y verduras; era fuego, era conexión. Cada mañana, toco su puerta con el pulso acelerado, sabiendo que adentro me espera el verdadero paquete. Y mientras la ciudad bulle afuera, con cláxones y vendedores ambulantes, nosotros nos perdemos en nuestro mundo privado, repartiendo placer sin fin.

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