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La Pasión de Cristo Descargar en HD

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La Pasión de Cristo Descargar en HD

Estaba sola en mi depa de Polanco, con la laptop abierta sobre las piernas, el aire acondicionado zumbando bajito y el olor a café recién hecho flotando en el aire. Era Viernes Santo, neta, y yo sin nada que hacer más que matar el tiempo. ¿Por qué no ver una película religiosa? pensé, mientras tecleaba en el buscador: "la pasion de cristo descargar hd". La página cargaba lento, el internet se ponía pendejo como siempre, y yo me recargaba en el sofá, sintiendo el calor de la tarde colándose por las cortinas entreabiertas. Mi piel se erizaba un poco, no sé si por el fresco o por el tedio que me carcomía por dentro.

De repente,

¿Y si en vez de rezar, me pongo a pecar un rato?
me dije, riéndome sola. Pero el timbre sonó, fuerte y repentino, como un latido acelerado. Me levanté de un salto, el short de pijama rozándome las nalgas, y abrí la puerta. Ahí estaba él: Cristo, mi vecino del depa de al lado. Alto, moreno, con esos ojos cafés que brillaban como chocolate derretido y un cuerpo que parecía tallado por los dioses del gym. Llevaba una playera ajustada que marcaba cada músculo de su pecho y unos jeans que le quedaban perfectos. Órale, justo lo que necesitaba, pensé, mientras mi pulso se aceleraba.

Wey, ¿qué onda, Maria? —dijo con esa voz grave, ronca, que me hacía vibrar por dentro—. Te oí toser el otro día, vine a ver si querías unas chelas frías. Traje unas Indio bien heladas.

Le sonreí, abriendo más la puerta. El olor de su colonia, algo fresco con toques de madera y sudor limpio, me invadió como una ola. —¡Pásale, Cristo! Justo estoy descargando una película, pero la neta está bien lenta. Ven, ayúdame con esto. Lo guié al sofá, sintiendo su mirada en mi espalda, en mis piernas desnudas. Se sentó a mi lado, tan cerca que su muslo rozó el mío, y el calor de su cuerpo me encendió como yesca.

Acto primero: la chispa. Cristo miró la pantalla, su brazo fuerte rozando el mío al tomar el mouse. —La Pasión de Cristo en HD, ¿eh? Buena elección para hoy. Pero mira, este link está chafa, te va a llenar la compu de virus. Déjame buscarte uno chido. Sus dedos volaron sobre el teclado, y mientras tanto, platicamos. Recordé la vez que nos topamos en el elevador, hace meses, y terminamos besándonos como posesos en el pasillo.

Desde entonces, cada vez que lo veo, mi cuerpo se despierta como si tuviera fiebre.
El ambiente se cargaba de tensión, el zumbido del ventilador del laptop parecía el pulso de mi corazón latiendo fuerte.

Ya está descargando rapidito —murmuró, su aliento cálido en mi oreja—. Pero neta, Maria, ¿de verdad quieres ver sufrimiento? Mejor hagamos algo más... placentero.

Mi piel se puso de gallina al sentir su mano en mi rodilla, subiendo despacito, como una caricia eléctrica. Lo miré a los ojos, y ahí estaba el deseo puro, crudo, como el de dos animales en celo. —¿Qué traes en mente, pendejo? —le dije juguetona, pero mi voz salió ronca, traicionándome.

Acto segundo: la escalada. Cristo se inclinó, sus labios rozaron los míos, suaves al principio, probando. Sabían a menta y a cerveza, un sabor adictivo que me hizo jadear. Lo jalé hacia mí, mis uñas clavándose en su nuca, mientras su lengua invadía mi boca con hambre. ¡Qué delicia, su lengua danzando con la mía, explorando cada rincón! Sus manos subieron por mis muslos, fuertes y seguras, levantando el short hasta dejarme expuesta. El roce de sus callos me erizó el vello, y un gemido se me escapó cuando sus dedos encontraron mi humedad.

Estás empapada, mi reina —gruñó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando un rastro de besos húmedos que olían a su sudor salado—. Te deseo desde que te vi hoy, con esa cara de traviesa.

Me recargué en el sofá, abriendo las piernas para él, sintiendo el aire fresco contra mi sexo ardiendo. Cristo se arrodilló entre mis piernas, su aliento caliente rozándome el clítoris antes de que su lengua lo lamiera, lento, circular.

¡Madre mía, qué placer! Cada lamida era como fuego líquido, mi cuerpo arqueándose, los jugos corriendo por sus labios.
Agarré su cabello negro, revuelto, tirando suave mientras él chupaba, succionaba, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en mi punto G. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos mezclados con mis jadeos y sus gruñidos de placer. Olía a sexo, a mi excitación almizclada y a su masculinidad potente.

Lo empujé hacia arriba, desesperada por más. —Quítate la ropa, Cristo. Quiero sentirte todo. Se levantó rápido, quitándose la playera de un tirón, revelando ese torso esculpido, pectorales firmes con vello oscuro que bajaba hasta su abdomen marcado. Sus jeans cayeron, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante, con la cabeza brillante de precúm. La tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre acero, y la apreté, sintiendo su pulso loco contra mi palma. Él gimió, "¡Ay, wey, me vas a matar!", y me cargó como si no pesara, llevándome a la cama.

En la cama, la intensidad subió. Me puso a cuatro patas, su cuerpo cubriéndome por detrás, piel contra piel, sudor mezclándose. Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué llenura, qué presión perfecta! Cada embestida era un choque de caderas, su pubis golpeando mi culo con palmadas sonoras. Agarró mis tetas, pellizcando los pezones duros, mientras yo empujaba hacia atrás, queriendo más profundo. —¡Dame duro, Cristo! ¡Fóllame como si fuera tu última pasión! —grité, y él obedeció, acelerando, el colchón crujiendo, nuestros jadeos llenando la habitación.

El olor a sexo era intenso, sudor, fluidos, piel caliente. Sus bolas chocaban contra mi clítoris con cada thrust, mandándome ondas de placer. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo, mis caderas girando, sintiendo su verga rozar cada pared interna. Sus manos en mi cintura, guiándome, sus ojos fijos en mis tetas rebotando.

Esto es el paraíso, neta, su grosor pulsando dentro, mi orgasmo construyéndose como una tormenta.

Acto tercero: la liberación. Sentí el clímax venir, un nudo apretándose en mi vientre. —¡Me vengo, Cristo! ¡No pares! —chillando, mi coño contrayéndose alrededor de él, chorros de placer mojando sus huevos. Él rugió, "¡Yo también, mi amor!", y se vació dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando contra el mío. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor, corazones galopando al unísono.

Después, en el afterglow, nos quedamos abrazados, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. El laptop seguía descargando en la sala, olvidado. —La Pasión de Cristo puede esperar —murmuró él, besando mi piel salada—. La nuestra recién empieza. Yo sonreí, acariciando su espalda, sintiendo la paz profunda, el cuerpo laxo y satisfecho.

Afuera, la ciudad bullía, pero aquí, en este nido de sábanas revueltas, solo existía nosotros, nuestra pasión en alta definición, eterna.

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