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Pasión y Poder Capítulo 40 Fuego en la Piel

6743 palabras

Pasión y Poder Capítulo 40 Fuego en la Piel

La noche en Polanco caía como un velo de terciopelo negro, con las luces de la Ciudad de México parpadeando allá abajo desde mi penthouse. Yo, Isabella Vargas, reina del mundo inmobiliario, me miré en el espejo de cuerpo entero, ajustándome el vestido rojo ceñido que abrazaba mis curvas como un amante posesivo. Neta, hoy no hay vuelta atrás, pensé, mientras el aroma de mi perfume Chanel flotaba en el aire, mezclado con el leve olor a jazmín de las velas que acababa de encender. Mi corazón latía con fuerza, un tambor de guerra anunciando la batalla que venía.

Pasión y poder, capítulo 40 de mi vida real. Diego Salazar, ese pendejo arrogante que competía conmigo en cada junta, cada contrato millonario, había mandado un mensaje esa tarde: "Esta noche, en tu territorio. Sin reglas." Lo odiaba y lo deseaba con la misma intensidad. Él representaba todo lo que me encendía: poder crudo, ojos oscuros que prometían devorarme, y un cuerpo forjado en gimnasios de lujo que yo había visto de reojo en esas fiestas exclusivas de Las Lomas.

El timbre sonó, grave y urgente, como un pulso acelerado. Abrí la puerta y ahí estaba, con su camisa negra desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro en su pecho, oliendo a colonia cara y a hombre.

"Isabella, mamacita, ¿lista para rendirte?"
dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel.

¿Rendirme? Ja, ni madres. Lo jalé adentro por la corbata, cerrando la puerta con un pie. Nuestros cuerpos chocaron en el vestíbulo, su calor traspasando la tela fina. Sentí su aliento cálido en mi cuello, sabor a menta y whiskey, mientras sus manos grandes se posaban en mi cintura, apretando con esa fuerza que gritaba dominio. Pero yo no era presa fácil. Le mordí el labio inferior, tirando suave, y lo empujé contra la pared de mármol frío.

Pinche Diego, aquí mando yo —susurré, mi voz un ronroneo cargado de desafío. Sus ojos brillaron, pupilas dilatadas como pozos negros. El aire se espesó con nuestra respiración agitada, el sonido de su corbata rasgándose cuando la arranqué. Bajé la cremallera de mi vestido despacio, dejando que cayera al piso en un susurro de seda, revelando mi lencería negra de encaje que apenas contenía mis pechos llenos.

Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi vientre. Esto es el comienzo, pensé, mientras lo guiaba al sofá de cuero italiano, mis tacones cliqueando contra el piso de parquet. Nos sentamos, no, nos devoramos con la mirada. Sus dedos trazaron mi muslo, subiendo lento, enviando chispas eléctricas por mi piel. Olía a su excitación, ese almizcle masculino que me hacía mojarme al instante. Le desabotoné la camisa, lamiendo el sudor salado de su pecho, sintiendo los músculos tensarse bajo mi lengua.

Te quiero desde la primera vez que te vi cerrar ese trato en Reforma, wey —confesé, mi mano bajando a su cinturón. Él jadeó cuando libere su verga dura, gruesa, palpitante en mi palma. La piel suave y caliente, venas marcadas como ríos de fuego. La apreté, bombeando despacio, oyendo su gemido ronco que rebotaba en las paredes altas.

Pero no era solo físico. En mi cabeza giraban recuerdos: las juntas donde nos mirábamos con odio fingido, el roce accidental de manos que duraba segundos de más. Pasión y poder, esto es capítulo 40 de nuestra guerra privada. Él me levantó como si no pesara nada, llevándome a la cama king size con sábanas de hilo egipcio. Me tendió boca arriba, sus labios devorando mi cuello, chupando hasta dejar marcas rojas que mañana dolerían delicioso. Sus manos expertas desataron mi brasier, liberando mis tetas, y su boca las reclamó, lengua girando en mis pezones duros como piedras.

Dios, Isabella, estás tan rica —murmuró contra mi piel, el aliento caliente haciendo que arqueara la espalda. Bajó más, besando mi ombligo, lamiendo el sudor que perlaba mi vientre. Sentí sus dedos en mis bragas, empapadas, deslizándolas por mis piernas. El aire fresco besó mi concha expuesta, hinchada y lista. Él se arrodilló entre mis muslos, inhalando profundo mi aroma dulce y salado.

No pares, cabrón, supliqué en silencio. Su lengua tocó mi clítoris, un latigazo de placer que me hizo gritar. Lamía con hambre, sorbiendo mis jugos como si fueran néctar, mientras dos dedos gruesos entraban en mí, curvándose para rozar ese punto que me volvía loca. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis gemidos altos, su resuello jadeante. Mis caderas se movían solas, follándome su boca, el orgasmo construyéndose como una ola en el Pacífico.

Lo detuve, jalándolo arriba. Ahora yo. Lo volteé, montándolo a horcajadas. Su verga rozaba mi entrada, resbaladiza de mis fluidos. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, me llenaba hasta el fondo. ¡Ay, wey, qué chingón! Grité internamente, mientras empezaba a cabalgar, mis tetas rebotando, sudor goteando entre nosotros. Él agarró mis nalgas, amasándolas, guiando mis movimientos con palmadas suaves que ardían placenteras.

Nos volteamos, él encima ahora, embistiéndome profundo, el colchón crujiendo bajo nosotros. Cada thrust era un choque de cuerpos, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando mi culo. Olía a sexo puro, a sudor mezclado con perfume, a deseo desatado. Me besó feroz, lenguas enredadas, sabor a mí en su boca.

"Eres mía, Isabella. Toda esta pasión, todo este poder"
, gruñó contra mis labios.

Y tú el mío, Diego. Fóllame más fuerte —exigí, clavando uñas en su espalda. Él aceleró, salvaje, mis paredes apretándolo como un puño. El clímax llegó como un terremoto: mi concha convulsionando alrededor de su verga, chorros de placer escapando, gritando su nombre mientras él se corría dentro, caliente, espeso, llenándome hasta rebosar. Nuestros cuerpos temblaron juntos, pulsos sincronizados, el mundo reduciéndose a ese instante.

Caímos exhaustos, enredados en sábanas revueltas y húmedas. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón calmarse de a poquito. El aire olía a nosotros, a semen y jugos mezclados, a victoria compartida. Acaricié su cabello revuelto, sintiendo una paz rara, profunda.

Pasión y poder, capítulo 40 completado, pensé con una sonrisa. Mañana volveríamos a ser rivales en las salas de juntas, pero esta noche, en la intimidad de mi reino, éramos amantes iguales. Él levantó la vista, ojos suaves ahora.

¿Otra ronda, reina? —preguntó con picardía mexicana.

Reí bajito, jalándolo de nuevo. Sí, cabrón. Siempre otra ronda.

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