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Oscar y Jimena Pasion de Gavilanes Ardiente

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Oscar y Jimena Pasion de Gavilanes Ardiente

En las vastas extensiones de la hacienda Reyes, donde el sol del mediodía besaba la tierra con un calor que hacía sudar hasta las piedras, Jimena caminaba inquieta entre los cafetales. El aire olía a tierra húmeda y a jazmín silvestre, mezclado con el aroma terroso de los caballos en el corral. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba a su piel morena por el sudor, delineando sus curvas generosas. Hacía semanas que no veía a Oscar, su cuñado, el hombre que la volvía loca con solo una mirada. Neta, ¿por qué me hace esto? pensaba, mientras su corazón latía fuerte como tambor de fiesta.

Oscar Reyes, con su camisa desabotonada dejando ver el pecho velludo y bronceado, galopaba de regreso del pueblo. Sus músculos se tensaban bajo la piel curtida por el sol, y en su mente solo rondaba ella: Jimena, con esos ojos negros que prometían pecados deliciosos. La familia estaba en guerra con los Elizondo, pero entre ellos dos ardía algo prohibido, una oscar y jimena pasion de gavilanes que nadie entendía, nacida en las sombras de los establos y las noches de luna llena. Desmontó del caballo, oliendo a cuero y sudor masculino, y la vio allí, recostada contra un poste, abanicándose con la mano.

Jimena, preciosa, ¿qué haces aquí sola? ¿Esperándome?
—dijo él con voz ronca, acercándose lento, como un jaguar acechando.

Ella levantó la vista, mordiéndose el labio inferior. El pulso se le aceleró al ver esos ojos verdes que la desnudaban sin piedad. —

No seas pendejo, Oscar. Solo tomaba el fresco. Pero ya que estás aquí...
—Su voz era un susurro juguetón, cargado de esa tensión que los unía desde la primera vez que sus manos se rozaron en la cocina de la hacienda.

El comienzo de su deseo había sido en una cena familiar, cuando sus dedos se encontraron bajo la mesa, enviando chispas por su espina dorsal. Ahora, solos en el cafetal, el aire se espesaba con promesas. Oscar se acercó más, su aliento cálido rozándole el cuello, oliendo a tabaco y menta. Jimena sintió un cosquilleo en la piel, como si mil plumas la acariciaran. Sus pechos subían y bajaban rápido, los pezones endureciéndose bajo la tela fina.

La mano de él subió por su brazo, áspera por el trabajo en el campo, pero gentil. —

Te he extrañado, mi reina. Cada noche sueño con tu sabor.
Ella no respondió con palabras; en cambio, giró el rostro y sus labios se encontraron en un beso hambriento. Sabían a tequila y a frutas maduras, lenguas danzando con furia contenida. El sonido de sus respiraciones jadeantes rompía el silencio del campo, mezclado con el zumbido de las abejas y el viento en las hojas.

Jimena lo empujó contra el tronco de un cafetal robusto, sus uñas clavándose en su espalda a través de la camisa. ¡Ay, Dios, qué prieto está este wey! Quiero devorarlo entero, pensó, mientras sus caderas se presionaban contra las de él, sintiendo la dureza que crecía bajo sus pantalones. Oscar gruñó, bajando las manos a sus nalgas redondas, amasándolas con posesión. El vestido se subió, revelando muslos suaves y bronceados, y el calor entre sus piernas la hacía temblar.

Se separaron un segundo, jadeando. El sol filtrado por las hojas pintaba sus cuerpos en manchas de luz y sombra, haciendo que el sudor brillara como diamantes. Oscar desabotonó su camisa del todo, dejando que ella explorara su torso con las yemas de los dedos. Cada roce era fuego: el vello áspero, los músculos duros, el latido acelerado de su corazón bajo la palma de su mano. —

Sácamelo todo, Jimena. Quiero sentirte piel con piel.

Ella obedeció, quitándose el vestido en un movimiento fluido. Quedó en bragas blancas de encaje, sus senos llenos liberados, oscuros pezones erectos pidiendo atención. Oscar los tomó en sus manos callosas, masajeándolos, pellizcando suave hasta que ella gimió alto, un sonido gutural que ecoó en el valle. Bajó la boca, chupando uno, lamiendo el otro, el sabor salado de su piel volviéndolo loco. Jimena arqueó la espalda, sus manos enredadas en el pelo negro y revuelto de él, tirando con fuerza.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Se tumbaron sobre una manta que Oscar sacó de su alforja, el suelo blando de hierba fresca amortiguando sus cuerpos. Él besó su vientre, bajando lento, inhalando el aroma almizclado de su excitación. Las bragas fueron arrancadas con dientes, y su lengua encontró el centro de su placer. Jimena gritó, piernas abriéndose más, caderas moviéndose al ritmo de su boca voraz. ¡Qué chingón es este cabrón! Me va a matar de gusto, pensó, mientras oleadas de placer la recorrían, el sabor de ella dulce y salado en la lengua de Oscar.

Pero él no la dejó volar aún. Se incorporó, quitándose los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Jimena la tomó en la mano, acariciándola de arriba abajo, sintiendo la piel suave sobre la dureza de acero. —

Ven, mi amor. Fóllame ya.
—suplicó ella, guiándolo a su entrada húmeda.

Oscar entró despacio al principio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirla apretada y caliente alrededor de él. El estiramiento era exquisito, sus paredes internas contrayéndose, succionándolo. Comenzaron a moverse, lento al inicio, sincronizados como en una danza ranchera. El slap de piel contra piel resonaba, mezclado con sus gemidos: ayes profundos de él, chillidos agudos de ella. Sudor goteaba, mezclándose, el olor a sexo crudo impregnando el aire.

La intensidad subió. Oscar la volteó a cuatro patas, penetrándola más hondo, sus bolas golpeando su clítoris con cada embestida. Jimena clavó las uñas en la tierra, el placer rayando en dolor delicioso.

¡Más fuerte, pendejo! ¡Dame todo!
gritó, y él obedeció, follando con furia animal, sus manos en sus caderas marcando moretones de pasión. El clímax la alcanzó primero: un estallido que la hizo convulsionar, chorros de placer mojando sus muslos, gritando su nombre al cielo.

Oscar la siguió segundos después, gruñendo como toro, vaciándose dentro de ella en pulsos calientes y espesos. Colapsaron juntos, exhaustos, cuerpos entrelazados en la manta. El sol bajaba, tiñendo el cielo de naranja, mientras el viento secaba su sudor. Él la besó en la frente, suave ahora, tierno.

Eres mi todo, Jimena. Esta pasion de gavilanes nos consumirá, pero qué chido morir así.

Ella sonrió, acurrucada en su pecho, escuchando el latido calmado de su corazón. Al diablo la familia, al diablo las rencillas. Esto es nuestro. En la hacienda, el eco de su unión perduraba, un secreto ardiente que alimentaría más noches de fuego. La oscar y jimena pasion de gavilanes no era solo deseo; era su destino, escrito en sudor y gemidos bajo el cielo mexicano.

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