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Los Fondos de Pasión

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Los Fondos de Pasión

En el bullicio de la Condesa, donde las luces de neón bailan con el aroma a tacos al pastor y café de olla, Ana caminaba con prisa hacia su oficina en el banco. Era una chava de veintiocho años, con curvas que volvían locos a los pendejos de la cuadra, pero ella andaba enfocada en su meta secreta: los fondos de pasión. Un monedero digital que había engrosado poquito a poquito, quincena tras quincena, soñando con un viaje salvaje, algo que la sacara de la rutina de números y clientes mensos. Olía a lluvia fresca mezclada con el perfume dulzón de las gardenias de la plaza, y su piel se erizaba con el viento fresco de la tarde.

Adentro del banco, el aire acondicionado zumbaba como un ventilador viejo, y el olor a papel y tinta la recibía. Ahí estaba Luis, el nuevo gerente de cuentas, un morro alto, moreno, con ojos que prometían travesuras. Qué chingón se ve con esa camisa ajustada, pensó ella mientras pasaba por su escritorio. Él levantó la vista y le sonrió, esa sonrisa pícara que hace que el estómago se revuelva.

¿Y si hoy le digo que sí a esa chela después del trabajo? Neta, ya me harté de solita con mis dedos.

—Órale, Ana, ¿ya te vas? —le dijo Luis, con voz grave que vibraba en el pecho de ella—. ¿No te animas a unas micheladas en el Don Rincón? Para celebrar que cerramos esa cuenta grande.

Ella dudó un segundo, sintiendo el calor subirle por las mejillas. —Va, wey. Pero nomás una, que mañana hay junta con el jefazo.

La cantina estaba a reventar, con rancheras de fondo y el humo de los cigarros mezclándose con el olor picante de las botanas. Se sentaron en una mesa chueca, las rodillas rozándose bajo el mantel de hule. Cada trago de chela fría bajaba como fuego líquido, y las risas fluían sueltas. Luis contaba anécdotas de su pueblo en Jalisco, cómo había llegado a la capital persiguiendo sueños grandes. Ana lo escuchaba, embobada por su olor a jabón y colonia barata, pero masculina, que le hacía cosquillas en la nariz.

—Sabes, Ana, tú eres de las que guardan secretos, ¿verdad? —le dijo él, inclinándose, su aliento cálido con sabor a limón y sal rozándole el oído.

Ella rio, nerviosa, el corazón latiéndole como tamborazo. Si supiera de mis fondos de pasión... Eran sus ahorros prohibidos, para comprarse lencería cara, un fin de semana en Cancún o lo que fuera que la hiciera explotar de placer. —Todos guardamos algo, carnal. ¿Y tú qué escondes?

La charla se puso caliente rápido. Hablaban de exes, de noches locas, de lo que les prendía el ojo. Sus manos se tocaron accidentalmente al ir por la misma totopos, y el roce fue eléctrico: piel suave contra callos de él, enviando chispas directo al sur. Ana sentía su panocha humedecerse, el calor entre las piernas creciendo con cada mirada.

—Vámonos de aquí —murmuró ella al fin, la voz ronca—. Mi depa está cerca.

Él asintió, pagó la cuenta y salieron a la noche. Caminaban pegados, el brazo de él alrededor de su cintura, dedos jugueteando con la piel expuesta bajo su blusa. El viento traía olor a jazmín y escape de coches, y cada paso hacía que sus caderas se frotaran, building la tensión como resorte a punto de saltar.

En el elevador del edificio, ya no aguantaron. Luis la acorraló contra la pared fría, besándola con hambre. Sus labios eran firmes, con sabor a chela y chile, lengua explorando la de ella en un baile húmedo y salvaje. Ana gemía bajito, manos enredadas en su pelo negro, sintiendo la dureza de su verga presionando contra su vientre. ¡Qué prieta la tiene el cabrón!

Neta, esto es lo que necesitaba. Olvídate de los fondos por un rato, déjate llevar.

Adentro del depa, luces tenues de la ciudad filtrándose por las cortinas, olía a su vela de vainilla y a ellos dos, sudor fresco mezclándose. Se quitaron la ropa a besos, torpes y urgentes. La blusa de ella voló, revelando senos plenos, pezones duros como piedras. Él los chupó con avidez, lengua girando, dientes rozando suave, haciendo que ella arqueara la espalda y soltara un ¡Ay, wey! que retumbó en la habitación.

Cayeron en la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio que sus cuerpos calientes arrugaron al instante. Luis bajó besando su panza suave, oliendo el almizcle de su excitación, ese aroma dulce y salado que volvía loco a cualquiera. Sus dedos separaron los labios de su panocha, húmeda y palpitante, y metió la lengua despacio, saboreándola como tamal recién hecho. Ana se retorcía, uñas clavadas en sus hombros, el placer subiendo en olas: lame más rápido, cabrón, no pares.

—Te gusta, ¿verdad, preciosa? —gruñó él, voz vibrando contra su clítoris hinchado.

—Sí, pendejo, no mames, qué rico... —jadeó ella, piernas temblando.

Lo jaló arriba, queriendo su verga. Se la sacó de los bóxers, gruesa y venosa, goteando precum salado que ella lamió con deleite, metiéndosela hasta la garganta. Él gemía fuerte, manos en su cabeza guiándola, el sonido de succiones húmedas llenando el cuarto junto al zumbido del tráfico lejano. Sabe a hombre puro, a deseo acumulado.

La tensión era insoportable ahora. Ana se puso a cuatro patas, nalgas redondas alzadas como ofrenda, oliendo su propio jugo mezclado con el de él. Luis se colocó atrás, frotando la punta en su entrada resbalosa, teasing. —Dime que la quieres, Ana.

—Métemela ya, Luis, no seas mamón —suplicó ella, empujando hacia atrás.

Entró de un golpe suave, llenándola por completo, estirándola deliciosamente. Empezaron lento, piel contra piel chocando con palmadas rítmicas, sudor perlando sus cuerpos, haciendo que resbalaran. Él la agarraba de las caderas, dedos hundiéndose en carne blanda, mientras ella se tocaba el clítoris, círculos rápidos. Los gemidos se volvieron gritos: ¡Más duro! ¡Sí, así! El cuarto apestaba a sexo crudo, a pasión desatada, con el sabor de sus besos salados aún en la boca.

Cambiaron posiciones, ella encima ahora, cabalgándolo como jinete en rodeo. Sus senos rebotaban, él los amasaba, pellizcando pezones. Ana sentía cada vena de su verga rozando sus paredes internas, el orgasmo building como tormenta en el horizonte. Los fondos de pasión valieron cada peso ahorrado, pero esto es mejor, esto es real.

Él la volteó, misionero profundo, ojos clavados en los de ella. —Ven conmigo, mi reina —susurró, acelerando, bolas golpeando su culo.

Explotaron juntos. Ana se convulsionó, panocha apretando como puño, olas de placer cegador recorriéndola desde el centro hasta las yemas de los pies. Él gruñó, llenándola de chorros calientes, cuerpos temblando pegados, pulsos latiendo al unísono. El olor era intenso, semen y jugos mezclados, pegajoso y glorioso.

Después, yacían enredados, sábanas húmedas, el silencio roto solo por respiraciones agitadas. Luis le acariciaba el pelo, besos suaves en la frente. Ana sonreía, el cuerpo lánguido, satisfecho como nunca. Quizá use los fondos de pasión para un viaje juntos, pensó, oliendo su piel aún marcada por sus uñas.

—Eso fue chingón, wey —murmuró ella, acurrucándose.

—Y apenas empieza, preciosa. Mañana repetimos.

La noche los envolvió, con promesas de más fondos de pasión por descubrir, en la ciudad que nunca duerme.

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