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Bratz Pasión por los Diamantes

6509 palabras

Bratz Pasión por los Diamantes

Daniela se miró en el espejo del baño del hotel, ajustándose el escote de su vestido negro ceñido que brillaba como la noche en Polanco. Sus labios rojos curvados en una sonrisa pícara, y alrededor de su cuello, un collar de diamantes que centelleaba con cada movimiento. Bratz pasión por los diamantes, pensó, recordando el apodo que le pusieron sus amigas por su obsesión con las joyas que la hacían sentir como una muñeca viviente, glamurosa y deseada. No era solo el lujo; era cómo los diamantes rozaban su piel, fríos al principio, cálidos después, como un amante que promete más.

La fiesta en la terraza del hotel Four Seasons estaba en su apogeo. Música electrónica suave flotaba en el aire cargado de perfumes caros y humo de cigarros cubanos. Daniela tomó una copa de champagne, el burbujeo fresco en su lengua mientras escaneaba la multitud. Hombres en trajes impecables, mujeres con tacones que resonaban como promesas. Entonces lo vio: alto, moreno, con ojos que devoraban desde lejos. Se llamaba Alex, lo supo porque una amiga se lo susurró al oído, "Ese carnal es el dueño de la galería de arte, neta que trae lana".

Él se acercó con una sonrisa ladeada, su colonia amaderada invadiendo su espacio personal de forma deliciosa. Huele a peligro y a sexo, se dijo Daniela, sintiendo un cosquilleo en el vientre. "Qué chida te ves con esos diamantes, pareces salida de un sueño", le dijo él, su voz grave rozando su oído como un beso. Ella rió, juguetona, girando para que el collar captara la luz de las velas. "Son mi pasión, ¿sabes? Bratz pasión por los diamantes, me dicen. ¿Quieres tocarlos?"

La tensión creció con cada palabra. Bailaron pegados, sus caderas sincronizadas al ritmo de la música. El sudor perlaba su piel, y ella sentía las manos de él en su cintura, firmes pero gentiles, bajando apenas lo suficiente para encenderla. Qué rico se siente su calor contra mí, pensó, mientras el diamante del collar se calentaba con su cuerpo, presionando contra su clavícula como un recordatorio de deseo contenido.

Se escabulleron a una suite privada que Alex había reservado "por si las dudas". La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo exterior desapareció. Él la besó entonces, lento al principio, sus labios saboreando el champagne en los de ella. Daniela gimió bajito, sus uñas arañando la camisa de él, sintiendo los músculos tensos debajo. "Te quiero desde que te vi", murmuró Alex, su aliento caliente en su cuello.

Esto es lo que necesitaba, un hombre que me vea como soy: fiera, brillante, imparable.

Las manos de él exploraron su espalda, bajando la cremallera del vestido con deliberada lentitud. El tejido cayó al suelo como una cascada negra, dejando al descubierto su lencería de encaje rojo y los diamantes que ahora brillaban contra su piel desnuda. Él jadeó, admirándola. "Eres una diosa". Daniela lo empujó hacia la cama king size, las sábanas de seda crujiendo bajo su peso. Se subió a horcajadas sobre él, frotándose contra su dureza creciente, el roce enviando chispas de placer por su espina.

El aire se llenó del aroma de su excitación, almizclado y dulce. Ella desabotonó su camisa, lamiendo el sudor salado de su pecho, mientras él masajeaba sus senos, pellizcando los pezones hasta que dolieron de placer. "Más", exigió ella, su voz ronca, mexicana y directa: "Avienta más carnal, no seas pendejo". Alex rió, volteándola con facilidad para quedar encima, besando un camino desde su ombligo hasta el borde de sus bragas.

La despojó de todo, sus dedos hábiles abriendo sus pliegues húmedos. Daniela arqueó la espalda, el colchón hundiéndose bajo sus nalgas, mientras la lengua de él la devoraba. Sabe a miel y pecado, pensó él, pero ella solo sentía el fuego: lamidas largas, succiones que la hacían temblar, sus jugos resbalando por sus muslos. "¡Ay, qué rico, no pares!", gritó, sus caderas moviéndose al ritmo de su boca, el sonido húmedo de su placer resonando en la habitación.

La tensión subió como una ola imparable. Él se quitó los pantalones, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, palpitando por ella. Daniela la tomó en su mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo su palma. "Ven, métemela ya", suplicó, guiándolo a su entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos jadearon al unísono, el slap de piel contra piel iniciando un ritmo frenético.

Él embestía profundo, sus bolas golpeando su culo con cada thrust, mientras ella clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Los diamantes del collar rebotaban entre sus pechos, fríos contra el sudor caliente. Siento todo: su grosor llenándome, el roce en mi clítoris, su aliento en mi oreja. Alex aceleró, susurrando guarradas al oído: "Estás tan chingona, tan mojada por mí". Ella respondió mordiendo su hombro, el sabor metálico de su piel en la lengua.

El clímax se acercó como un trueno. Daniela sintió la presión en su bajo vientre, explotando en oleadas que la dejaron temblando, sus paredes contrayéndose alrededor de él. "¡Me vengo, cabrón!", chilló, las luces de la ciudad parpadeando a través de las cortinas como estrellas testigos. Alex la siguió segundos después, gruñendo su nombre, su semen caliente inundándola en chorros pulsantes.

Colapsaron juntos, jadeantes, el olor a sexo impregnando las sábanas. Él la abrazó por detrás, besando los diamantes en su cuello ahora tibios por el calor de sus cuerpos. Daniela sonrió en la oscuridad, su mano entrelazada con la de él. Bratz pasión por los diamantes, pero esta noche, pasión por él.

La mañana llegó con rayos de sol filtrándose por las persianas, calentando su piel desnuda. Desayunaron en la cama, frutas frescas y café de olla que olía a hogar en medio del lujo. "Vuelve cuando quieras", le dijo él, pero Daniela sabía que esto era solo el principio. Se vistió, los diamantes brillando de nuevo, sintiéndose empoderada, satisfecha. Salió del hotel con la cabeza alta, el eco de la noche resonando en su cuerpo como una promesa de más placeres por venir.

En el taxi rumbo a su departamento en la Roma, tocó el collar, recordando cada roce, cada gemido. Neta que valió la pena, pensó, ya planeando la próxima fiesta, la próxima joya, el próximo amante que avivara su fuego interior.

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