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Signos de la Pasion de Cristo en mi Piel

6918 palabras

Signos de la Pasion de Cristo en mi Piel

En la quietud de mi casa en Coyoacán, con el aroma a copal flotando del altar y el sol filtrándose por las cortinas de encaje, me arrodillé frente a la imagen del Cristo de la Pasión. Cada Viernes Santo, como buena mexicana católica, revivía esos signos de la pasión de Cristo: las llagas en manos y pies, la corona de espinas, el costado sangrante. Pero ese año, algo cambió. Mi cuerpo ardía no solo de devoción, sino de un fuego que me hacía apretar los muslos, sintiendo un pulso húmedo entre las piernas. Neta, ¿qué me pasaba? Rezaba el rosario, pero mis pensamientos volaban a él, a Marco, el tipo que acababa de mudarse al lado.

Marco era un cabrón alto, moreno, con ojos que te desnudaban sin piedad. Lo vi por primera vez regando las bugambilias, su camiseta pegada al pecho sudado por el calor de abril. Olía a jabón y tierra mojada, un olor que me ponía la piel chinita. Virgen santa, protégeme de este pecado, pensaba, pero mi chucha ya se mojaba solo de imaginar sus manos callosas en mis tetas.

Todo empezó cuando me invitó a unas chelas en su patio. "Pásate, vecina, no seas mala onda", dijo con esa sonrisa pícara. Yo, con mi rebozo y mi falda larga, entré temblando. La cerveza fría bajaba helada por mi garganta, pero el calor subía desde mi vientre. Hablamos de la vida, de la ciudad, de cómo el DF te chinga pero te encanta. Sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa, y cada roce era como un latigazo eléctrico. Sentía mi corazón latiendo fuerte, el sudor perlando mi escote. "¿Sabes? Tus ojos tienen algo de santo, pero pecador", me soltó, y yo me reí nerviosa, sintiendo mis pezones endurecerse contra la blusa.

¿Y si lo beso? ¿Y si dejo que me toque? Dios mío, perdóname, pero lo deseo tanto que duele.

La noche cayó suave, con grillos cantando y el viento trayendo olor a jazmín. Nos quedamos solos, las botellas vacías rodando. Él se acercó, su aliento cálido en mi cuello. "Déjame sentirte, Lupita", murmuró, y yo no dije ni madres. Sus labios capturaron los míos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a cerveza y hombre. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo negro. Me levantó como si nada, llevándome a su cuarto, donde la cama olía a sábanas frescas y su esencia masculina.

Acto primero del deseo: la exploración lenta. Me recostó con cuidado, sus ojos devorándome mientras desabotonaba mi blusa. Mis tetas saltaron libres, grandes y morenas, con pezones oscuros ya duros como piedras. "Qué chingonas", gruñó, lamiendo uno con la lengua áspera, chupándolo hasta que arqueé la espalda. El sonido de su succión era obsceno, húmedo, y yo jadeaba, oliendo mi propia excitación mezclada con su sudor. Sus manos bajaron mi falda, dedos rozando mis bragas empapadas. "Estás chorreando, pinche caliente", dijo riendo, y yo me sonrojé pero abrí las piernas, invitándolo.

Me quitó todo, quedando desnuda bajo su mirada hambrienta. Él se desvistió rápido, su verga saltando erecta, gruesa, venosa, con la cabeza brillando de precum. La miré hipnotizada, queriendo saborearla. Pero él se arrodilló entre mis muslos, abriéndolos como un libro sagrado. Su aliento caliente en mi concha me hizo temblar. "Voy a comerte viva", prometió, y su lengua atacó mi clítoris, lamiendo lento al principio, saboreando mis jugos salados y dulces. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas, el placer subiendo como olas. Olía a sexo puro, a panocha mojada y su saliva. Sus dedos entraron, dos, curvándose en mi punto G, mientras chupaba más fuerte. Esto es el paraíso, no el infierno, pensé, clavando uñas en su espalda.

Pero la tensión crecía. Mi mente divagaba a los signos de la pasión de Cristo que tanto veneraba. ¿Era esto blasfemia? Sentía un ardor en las palmas de las manos, como si marcas invisibles se grabaran en mi piel. Marco no paraba, su boca implacable, y yo explotaba en mi primer orgasmo, gritando "¡Ay, cabrón!", mi concha contrayéndose, chorros calientes mojando su barbilla. Él lamió todo, bebiendo mi placer como un devoto.

Ahora el medio tiempo, la escalada. Me volteó boca abajo, su cuerpo cubriéndome como una cruz pesada. Sus manos masajeaban mis nalgas, separándolas, su verga rozando mi entrada. "Dime que la quieres", exigió, voz ronca. "Sí, métemela, no seas pendejo", supliqué, empinando el culo. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor placer mezclado me hizo morder la almohada, su grosor llenándome hasta el fondo. Olía a nosotros, sudor, sexo, piel caliente. Empezó a bombear, lento al inicio, cada embestida sacando gemidos guturales de mi garganta. El slap slap de su pelvis contra mis nalgas resonaba, rítmico como un tambor azteca.

Me giró de nuevo, cara a cara, queriendo mis ojos. "Mírame mientras te cojo", ordenó, y lo hice. Sus pupilas dilatadas, sudor goteando de su frente a mi pecho. Aceleró, follándome duro, mis tetas rebotando, mis uñas arañando su espalda hasta dejar marcas rojas. Sentía signos de la pasión de Cristo en mi propia carne: el ardor en mis palmas se extendió a donde él me tocaba, como llagas de éxtasis.

Soy su mártir, su puta santa, y esto es mi redención
, rugía en mi cabeza. Él gemía "Qué rica verga te come, Lupita", y yo respondía "Más fuerte, rómpeme". El clímax se acercaba, mi clítoris frotándose contra su pubis, pulsos en mi coño apretándolo.

La intensidad psicológica me volvía loca. Recordaba las procesiones de Semana Santa, los penitentes flagelándose, pero yo era flagelada por placer. Marco me besaba salvaje, mordiendo mi labio, lengua enredada. Sudor chorreaba, pegajoso, salado en mi boca cuando lamí su cuello. El olor a macho en celo me embriagaba, mi lengua saboreando su piel salobre. Sus bolas golpeaban mi culo, pesadas, listas para explotar.

El final se precipitó. "Me vengo, pinche diosa", gruñó, y yo grité "¡Dame todo!", mi orgasmo rompiéndome en mil pedazos. Mi concha se convulsionó, ordeñando su verga, chorros calientes salpicando entre nosotros. Él se hundió profundo, eyaculando chorros calientes dentro, llenándome hasta rebosar. Sentí su semen espeso, caliente, mezclándose con mis jugos, goteando por mis muslos. Colapsamos jadeando, cuerpos entrelazados, pieles pegajosas, corazones galopando al unísono.

En el afterglow, la habitación olía a sexo consumado, a paz pecaminosa. Marco me acunó, besando mi frente. "Eres mi Virgen de Guadalupe con curvas", bromeó, y yo reí, tocando las marcas rojas en mi piel, como signos de la pasión de Cristo pero de nuestra pasión. No era pecado, era sacramento. Mi fe y mi lujuria se fundieron esa noche. Ahora, cada Viernes Santo, enciendo una vela no solo por Él, sino por nosotros. El fuego sigue ardiendo, listo para más.

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