Pasion Prohibida Capitulo 64 El Reencuentro que Quema
La luz tenue de los candelabros en el salón del hotel en Reforma bailaba sobre los vestidos elegantes y los trajes impecables. El aire olía a perfume caro mezclado con el humo sutil de los cigarros cubanos que fumaban los ejecutivos en las esquinas. Valeria se ajustó el escote de su vestido rojo ceñido, sintiendo el roce sedoso contra su piel arrebolada. Hacía calor esa noche, pero no era el clima de la Ciudad de México lo que le aceleraba el pulso. Era él.
Alejandro estaba al otro lado del salón, riendo con su esposo, platicando de negocios como si nada. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que siempre la había desarmado. Habían sido amantes hace años, antes de que ella se casara con Ricardo. Una pasión prohibida que creían enterrada, pero que ahora, viéndolo, resucitaba como si fuera pasion prohibida capitulo 64, el siguiente giro en su telenovela privada.
¿Cuánto tiempo más voy a fingir que no lo deseo? Neta, cada vez que lo veo, mi cuerpo se enciende solo.pensó Valeria, mordiéndose el labio inferior.
Ricardo la llamó con un gesto, pero ella excusó un mareo y se escabulló hacia el pasillo. El sonido de la música salsa se amortiguaba detrás de las puertas de cristal. Su corazón latía como tambor en fiesta, fuerte y rápido. De repente, una mano firme la tomó del brazo y la jaló a un pasillo lateral, oscuro y perfumado con jazmines del jardín interior.
—Valeria, wey, ¿qué chingados haces aquí sola? —susurró Alejandro, su aliento cálido rozándole la oreja, oliendo a tequila reposado y canela.
Ella giró, presionando su espalda contra la pared tapizada. Sus ojos se clavaron en los de él, oscuros y hambrientos. —No mames, Alejandro. Tú sabes por qué. Desde que te vi, no aguanto.
Él se acercó más, su pecho musculoso casi tocando el de ella. El calor de su cuerpo la envolvió como una manta ardiente. —Esto es una locura, ricura. Tu marido está a unos metros.
Pero sus labios ya se buscaban. El beso fue explosivo, lenguas enredándose con urgencia, saboreando el dulce del licor en su boca. Valeria gimió bajito, sintiendo cómo sus pezones se endurecían contra la tela del vestido. Las manos de Alejandro bajaron por su cintura, apretando sus caderas con fuerza posesiva. El roce de sus dedos callosos —de tanto gym y trabajo— le erizaba la piel.
Se separaron jadeantes, pero la tensión solo crecía. Alejandro la tomó de la mano y la guió por el pasillo hasta una suite vacía que había reservado para fumarse un puro en privado. La puerta se cerró con un clic suave, aislando el mundo exterior. Dentro, la cama king size con sábanas de satén blanco los esperaba, iluminada por la luna que se colaba por las cortinas entreabiertas. Olía a lavanda fresca y a algo más primitivo: su excitación mutua.
Valeria se quitó los tacones, sintiendo el suelo mullido bajo sus pies.
Esto es lo que necesitaba. Sentirme viva, deseada de verdad.Alejandro se desabotonó la camisa, revelando su torso bronceado, marcado por abdominales que ella recordaba trazando con la lengua. —Ven aquí, mi reina —dijo él, voz ronca como grava.
Ella se acercó, deslizando las manos por su pecho, sintiendo el vello rizado y el latido acelerado de su corazón. Lo empujó hacia la cama y se subió a horcajadas sobre él, el vestido subiéndose por sus muslos. Sus bocas se unieron de nuevo, más lento esta vez, saboreando cada roce. Él metió las manos bajo la tela, acariciando sus nalgas desnudas —no llevaba panties, la pendeja traviesa— y apretó, gimiendo contra su cuello.
—Estás mojada ya, ¿verdad? Neta, me tienes loco —murmuró, mientras sus dedos exploraban entre sus piernas, rozando el calor húmedo de su sexo. Valeria arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano de Reforma.
Él la volteó con gentileza pero firmeza, poniéndola de rodillas en la cama. Le bajó el vestido hasta la cintura, exponiendo sus senos plenos. Sus labios capturaron un pezón, chupando con succión suave al principio, luego más fuerte, mordisqueando lo justo para que doliera rico. Valeria enredó los dedos en su cabello negro, tirando. Qué chingón se siente esto, pensó, mientras oleadas de placer subían desde su vientre.
Alejandro descendió, besando su ombligo, lamiendo la piel salada de su abdomen. Llegó a su monte de Venus, inhalando su aroma almizclado, embriagador. —Déjame probarte, amor prohibido —dijo, y su lengua se hundió en ella, lamiendo despacio los pliegues hinchados. Valeria gritó bajito, las caderas moviéndose solas contra su boca. Él succionaba su clítoris, introduciendo dos dedos gruesos que curvaba adentro, tocando ese punto que la volvía loca. El slap húmedo de su lengua contra su carne, el sabor salado-dulce de su excitación, todo la llevaba al borde.
Pero ella quería más. Lo empujó hacia atrás y le desabrochó el pantalón, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando en su mano.
Esta belleza me ha faltado tanto, se dijo, mientras la lamía desde la base hasta la punta, saboreando la gota precursora salada. Alejandro gruñó, agarrando las sábanas. —Órale, Valeria, qué mamada tan rica das.
Ella lo montó despacio, guiándolo dentro de sí. El estiramiento la llenó por completo, un ardor delicioso que la hizo jadear. Comenzó a moverse, arriba y abajo, sintiendo cada vena rozando sus paredes internas. El sudor perlaba sus cuerpos, oliendo a sexo puro, a deseo crudo. Alejandro la sujetaba por las caderas, embistiéndola desde abajo con fuerza controlada. Sus senos rebotaban, y él los atrapaba, pellizcando los pezones.
La intensidad creció. Cambiaron: él encima, misionero profundo, mirándose a los ojos mientras se clavaba hasta el fondo. —Te amo, cabrona —confesó entre jadeos—. Esto es nuestra pasión prohibida, capítulo tras capítulo.
Valeria envolvió las piernas alrededor de su cintura, clavándole las uñas en la espalda. El ritmo se aceleró, piel contra piel en golpes húmedos, gemidos ahogados. El clímax la golpeó primero, un tsunami de placer que la hizo convulsionar, gritando su nombre mientras su interior se contraía en espasmos. Alejandro la siguió segundos después, derramándose dentro con un rugido gutural, su semen caliente llenándola.
Se derrumbaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas. El aire olía a sudor, semen y jazmín. Él la besó la frente, suave ahora. —Esto no puede acabar aquí, mi vida.
Ella sonrió, trazando su mandíbula con el dedo.
Capítulo 64 cerrado, pero el 65 ya late en mi piel.Se vistieron en silencio, robándose besos robados. Al salir, el pasillo estaba vacío. Regresaron a la fiesta por separado, pero el fuego prohibido ardía más vivo que nunca. Ricardo ni se dio cuenta, ajeno a la tormenta que bullía en su esposa. Valeria sorbió su champagne, saboreando el secreto en su lengua, lista para el próximo capítulo.