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La Pasión No Se Detiene

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La Pasión No Se Detiene

El calor de la noche en Guadalajara me envolvía como un abrazo pegajoso, mientras caminaba por las calles empedradas del centro. Las luces de los faroles parpadeaban sobre las fachadas coloniales, y el aroma a tacos al pastor y mezcal flotaba en el aire, mezclándose con el sudor de la gente que salía de las cantinas. Yo, Ana, de treinta y tantos, con mi falda ajustada y blusa escotada que dejaba ver justo lo suficiente, buscaba un poco de aventura. Hacía meses que no sentía ese cosquilleo en el estómago, esa hambre que no se sacia con el trabajo de oficina ni con las series en Netflix.

Entré al bar La Perla Negra, un lugar chido con mesas de madera oscura y mariachis tocando en vivo. El sonido de las trompetas retumbaba en mi pecho, vibrando como un pulso acelerado. Pedí un tequila reposado, y mientras lo saboreaba, con su ardor bajando por mi garganta, lo vi. Alto, moreno, con ojos que brillaban como estrellas en el desierto. Se llamaba Marco, un wey que trabajaba en diseño gráfico, pero con brazos de quien levanta pesas en el gym. Me miró desde la barra, y su sonrisa fue como un rayo: directa, caliente.

Órale, este pendejo me va a prender esta noche, pensé, mientras él se acercaba con dos shots en la mano.

Para la reina de la noche —dijo, con voz ronca que me erizó la piel.

Brindamos, y el tequila nos unió en un fuego inicial. Hablamos de todo: de la vida loca en la perla tapatía, de cómo el tráfico en López Mateos nos volvía locos, de sueños que se quedaban en el cajón. Su risa era grave, contagiosa, y cada vez que rozaba mi brazo al gesticular, sentía chispas. El deseo crecía lento, como el volcán que duerme bajo la ciudad, listo para erupcionar.

Salimos a la calle, el aire fresco contrastando con el bochorno del bar. Caminamos hacia su departamento en Providencia, riendo de tonterías, pero el silencio entre nosotros estaba cargado. Su mano tomó la mía, y el tacto de sus dedos callosos contra mi piel suave me hizo jadear bajito. La pasión no se detiene, murmuré en mi mente, mientras subíamos las escaleras, oliendo su colonia mezclada con el humo de cigarros de la calle.

Adentro, el lugar era un oasis moderno: luces tenues, cama king size con sábanas blancas impecables, y una botella de vino tinto esperándonos. Nos sentamos en el sofá, y el primer beso fue como un trueno. Sus labios carnosos presionaron los míos, su lengua explorando con hambre contenida. Sabía a tequila y a hombre, un sabor salado y dulce que me mojó los labios. Mis manos subieron por su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa, el latido acelerado de su corazón como un tambor de guerra.

Neto que me vuelves loca, Marco
, le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo. Él gimió, un sonido gutural que vibró en mi clítoris.

Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. El aire fresco de la habitación erizó mis pezones, duros como piedras preciosas. Él los lamió, succionó, con una lengua experta que me arqueó la espalda. ¡Ay, cabrón, qué rico! Mi mente gritaba mientras mis uñas se clavaban en su espalda. Bajó más, desabrochando mi falda, inhalando el aroma de mi excitación que ya empapaba mis panties de encaje negro.

Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Sentí su verga dura presionando contra mí a través de los pantalones, gruesa y palpitante. La froté con mi entrepierna, gimiendo ante la fricción que me hacía palpitar. Le arranqué la camisa, besando su torso sudoroso, lamiendo el salado de su piel, oliendo el almizcle masculino que me volvía feral. Él me volteó, quedando encima, sus caderas embistiendo contra las mías en un ritmo primitivo.

Nos desnudamos mutuamente, piel contra piel, el calor de nuestros cuerpos fundiéndose. Su polla saltó libre, venosa y erecta, goteando precum que lamí con deleite, saboreando su esencia salada. Él me devoró el coño con la boca, su lengua danzando en mi clítoris hinchado, chupando mis jugos que fluían como miel caliente. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas, el sonido de mis jadeos llenando la habitación junto al slap de su saliva.

Esto apenas empieza, pensé, mientras la tensión subía como la marea en Puerto Vallarta. Lo jalé hacia arriba, guiando su verga a mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. Grité su nombre, y él empezó a bombear, lento al principio, dejando que sintiera la fricción en mis paredes internas.

El ritmo aceleró. Nuestros cuerpos chocaban con sonidos húmedos, sudor goteando, mezclándose. El olor a sexo impregnaba el aire: almizcle, sudor, fluidos. Mis tetas rebotaban con cada embestida, sus manos amasándolas, pellizcando pezones que enviaban descargas a mi útero. La pasión no se detiene, no puede detenerse, repetía en mi cabeza, mientras lo montaba ahora yo, cabalgando como en un rodeo salvaje, mi clítoris frotándose contra su pubis.

Marco me volteó a cuatro patas, penetrándome desde atrás. Su verga golpeaba mi punto G con precisión, bolas slap-slap contra mi clítoris. Alcancé hacia atrás, tocando sus muslos firmes, sintiendo el sudor resbaloso. Él metió un dedo en mi culo, lubricado con mis jugos, y el doble estímulo me hizo ver estrellas. Grité,

¡Más duro, wey, no pares!
Él obedeció, follándome como un animal, gruñendo palabras sucias en mi oído:
Estás tan chingona, tan mojada para mí, Ana.

La intensidad creció, mis paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Sentí el orgasmo venir, una ola gigante. Me corrí primero, chorros de squirt empapando las sábanas, mi cuerpo temblando, visión borrosa, un grito primal escapando de mi garganta. Él siguió, prolongando mi placer, hasta que su verga se hinchó y explotó dentro de mí, chorros calientes llenándome, goteando por mis muslos.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados. El afterglow fue dulce: sus besos suaves en mi cuello, el olor de nuestro sexo lingering en la piel. Me acurruqué contra su pecho, escuchando su corazón volver a la normalidad, el mío latiendo aún acelerado.

La pasión no se detiene contigo
, murmuró él, acariciando mi cabello revuelto.

Sonreí, sabiendo que era verdad. En esa noche de Guadalajara, entre risas y gemidos, encontramos algo real, algo que ardía sin fin. Me dormí con su calor envolviéndome, soñando con más, siempre más.

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