Diario de una pasion repelis
Querido diario, hoy empezó todo. Me llamo Valeria, tengo veintiocho años y vivo en un departamentito chido en la Condesa, aquí en la Ciudad de México. Trabajo en una agencia de publicidad, corría como loca todo el día con juntas y deadlines, pero esta noche conocí a Diego. Lo vi en el bar de la esquina, El Parnita, con esa sonrisa pícara y ojos cafés que te miran hasta el alma. Es alto, moreno, con brazos fuertes de tanto ir al gym y un tatuaje chiquito en el antebrazo que dice libertad. Neta, desde que lo vi sentí un cosquilleo en la panza, como si mi cuerpo ya supiera lo que iba a pasar.
Charlamos de todo: del pinche tráfico, de lo rica que está la salsa en los tacos de canasta, de películas que nos han marcado. "¿Has visto Diario de una pasión?", me dijo, y yo le contesté que sí, pero que hace rato. "Órale, pues vamos a mi casa y la vemos en repelis, que ahí la tienen en HD", propuso con esa voz grave que me erizaba la piel. No lo pensé dos veces. Su depa estaba a dos cuadras, en un edificio viejo pero con vista al Parque México. Olía a café recién molido y a su colonia, algo amaderado con un toque cítrico que me mareaba de gusto.
"¿Estás segura, morra?" me preguntó mientras abría la puerta. Su aliento cálido rozó mi oreja y asentí, sintiendo cómo mis chichis se ponían duras bajo la blusa.
Nos sentamos en el sofá, bien juntitos, con una chela fría en la mano. La pantalla del tele se encendió y empezó la peli, esa historia de amor loco entre Noah y Allie que te deja el corazón hecho tripa. Pero mi atención no estaba en la pantalla. Sentía el calor de su muslo contra el mío, el roce casual de su mano al pasar la chela. Mi piel ardía, y entre las piernas ya sentía esa humedad traicionera que me delataba. ¿Qué chingados me pasa con este vato?, pensé, mientras en la peli ellos se besaban bajo la lluvia.
Acto primero de mi propia pasión: el encuentro casual que enciende la mecha. Diego giró la cabeza y me miró, sus labios a centímetros de los míos. "Esta escena siempre me prende", murmuró, y antes de que pudiera responder, su boca cubrió la mía. Fue suave al principio, un roce de labios carnosos que sabía a chela y a menta. Luego se volvió hambriento, su lengua explorando mi boca con urgencia. Gemí bajito, mis manos subieron a su nuca, enredándose en su pelo negro y revuelto. Olía a sudor limpio, a hombre que ha caminado bajo el sol de la ciudad.
Nos separamos jadeando, pero sus ojos decían quiero más. "Valeria, neta eres una chulada", dijo con voz ronca, y me cargó como si no pesara nada hacia su cuarto. La cama era king size, con sábanas blancas que crujieron bajo nuestro peso. Empezamos a quitarnos la ropa despacio, saboreando cada segundo. Le desabroché la camisa, besando su pecho moreno, lamiendo el salado de su piel. Él me sacó la blusa, liberando mis chichis que saltaron libres, y chupó un pezón con hambre, haciendo que arqueara la espalda. ¡Ay, wey, qué rico!
Pero no quisimos apurarnos. Bajó por mi panza, besando cada centímetro, hasta llegar a mis calzones empapados. "Estás chorreando, preciosa", gruñó, y me los quitó con dientes. Su aliento caliente en mi concha me hizo temblar. Lamidas lentas, su lengua girando alrededor del clítoris, saboreándome como si fuera el mejor postre. Gemía contra mí, vibrando mi carne, mientras yo tiraba de las sábanas y mis caderas se movían solas. El cuarto se llenó de sonidos húmedos, de mi "¡Sí, Diego, así!" y su "Te vas a venir delicioso". Me corrí fuerte, olas de placer que me nublaron la vista, mi jugo en su barbilla.
Acto segundo: la escalada, donde el deseo se vuelve fuego incontrolable. Se quitó el pantalón, revelando su verga dura, gruesa, con venas marcadas que palpitaban. La tomé en la mano, suave como terciopelo sobre acero, y la masturbé despacio, viendo cómo echaba gotitas de precum. "Chúpamela, Val", pidió, y me arrodillé gustosa. La metí en la boca, saboreando su gusto salado y almizclado, bajando hasta la garganta mientras él gemía "¡Qué chingona boca tienes!". Lo mamé con ganas, lamiendo las bolas, sintiendo cómo se ponía más duro. Pero quería más, lo quería dentro.
"Córrete aquí, ábrete de piernas", ordenó juguetón, y obedecí, exponiendo mi concha rosada y lista. Se puso un condón –siempre responsable, ese pendejo sexy– y se hincó entre mis muslos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Madre mía, qué llena me siento! Empezó a bombear, lento al principio, mirándome a los ojos. El slap-slap de piel contra piel, el olor a sexo que impregnaba el aire, sus bolas golpeando mi culo. Aceleró, mis uñas en su espalda, arañándolo mientras gritaba "Más duro, cabrón!".
Cambié de posición, me subí encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis chichis, pellizcando pezones, mientras yo rebotaba, mi clítoris rozando su pubis. Sudor goteando entre nosotros, resbaloso y caliente. Él desde abajo, empujando arriba, "¡Te sientes de poca madre!". Sentí el orgasmo construyéndose otra vez, tensión en el vientre, pulsos en la concha. "Me vengo, Diego, ¡me vengo!", y exploté, contrayéndome alrededor de su verga, ordeñándolo.
Él se volteó, me puso a cuatro patas, y me dio con todo, jalándome el pelo suave. "¡Voy a llenarte, aunque sea con goma!", rugió, y se corrió temblando, su cuerpo convulsionando sobre el mío. Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas sincronizadas. Su peso sobre mí era perfecto, protector.
Acto tercero: el afterglow, la calma que sella el alma. Nos quedamos así un rato, acariciándonos perezosos. Besos suaves en el cuello, risas bajitas sobre la peli olvidada. "Esto fue mejor que cualquier repelis", bromeó, y yo le di un codazo juguetón. "Neta, Diego, esto es mi diario de una pasion repelis, una que se repite en mi cabeza una y otra vez". Me abrazó fuerte, su corazón latiendo contra mi pecho. "Pues hagamos secuela, morra".
Ahora duermo en su cama, oliendo a nosotros, con el sabor de su piel en los labios. Mañana quién sabe, pero esta noche cambió todo. El deseo no se apaga, solo espera la próxima chispa. Fin de entrada... por hoy.
Pero espera, diario, hay más. Despertamos enredados, el sol filtrándose por las cortinas. Su matutina estaba lista, presionando mi muslo. "¿Otra ronda?", susurró con ojos pícaros. Le sonreí y bajé la mano, acariciándola. Esta vez fue lento, sensual, misionero con miradas profundas. Sus embestidas pausadas, besos en la boca, lenguas danzando. Me vine susurrando su nombre, él gruñendo el mío. Desayuno después: chilaquiles en la cocina, riendo como tontos.
Esto no es solo sexo, es conexión. Su risa contagiosa, cómo me escucha cuando hablo de mis sueños de viajar a la playa en Oaxaca. "Vamos juntos, Val", promete. Siento mariposas, no solo calentura. Pero la pasión física... ay, wey. Cuando me agarra la cintura, siento electricidad. Quiero más noches así, más diario de una pasion repelis, repitiendo frames calientes en mi mente.
Salí de su depa con las piernas flojas, pero el alma llena. En el metro de regreso, reviví cada toque: el roce áspero de su barba en mis muslos, el gemido gutural cuando se corrió, el olor almizclado de su semen en el condón. Mi ropa interior aún húmeda, recordatorio vivo. Llego a mi casa, me meto a bañar, pero mis dedos bajan solas, masturbándome pensando en él. Otro orgasmo rápido, arqueada contra la pared fría.
Diario, esta pasión es adictiva. No sé si durará, pero por ahora, lo vivo al mil. Mañana lo invito a mi depa, le cocino enchiladas y vemos qué pasa. ¡Órale! Besos.
Valeria, 15 de octubre.