Cañaveral de Pasiones Capitulo 64 Fuego en la Caña
El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de pasiones en las tierras de Veracruz, donde las cañas altas se mecían como amantes en secreto susurrándose promesas. Yo, Julia, caminaba entre ellas con el corazón latiendo fuerte, el aire cargado de ese olor dulce y terroso que me ponía la piel de gallina. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco, pegado al cuerpo por el sudor, y cada paso rozaba mis muslos haciendo que recordara la noche anterior. Rafael me había mandado un mensaje: "Ven al cañaveral, mi reina. No aguanto más."
Lo vi de lejos, su silueta recortada contra el verde infinito. Alto, moreno, con esa camisa desabotonada que dejaba ver el vello oscuro en su pecho. Era el capataz de la hacienda, pero para mí era puro fuego. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en el vientre, como si el viento caliente del trópico me lamiera ya la piel.
—Julia, carnala —dijo con esa voz ronca que me derretía—. ¿Qué traes que luces tan rica hoy?
Me acerqué, el suelo blando bajo mis sandalias, y lo abracé fuerte. Sus brazos me envolvieron, olor a sudor limpio mezclado con tierra fértil. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando como las cañas en la brisa. Esto es el comienzo, pensé, el cañaveral de pasiones capitulo 64 de nuestra propia historia prohibida.
Nos dejamos caer entre las cañas altas, el crujido de las hojas secas como música de fondo. Sus manos expertas subieron por mis piernas, levantando el vestido hasta la cintura. Sentí el roce áspero de sus callos contra mi piel suave, y un gemido se me escapó sin querer.
—Tranquila, mi amor —murmuró contra mi cuello, mordisqueando suave—. Aquí nadie nos ve. Solo tú y yo, en este paraíso.
Mi mente daba vueltas. Hacía semanas que jugábamos a este juego peligroso. Él casado con otra, yo viuda reciente, pero el deseo nos unía como raíces en la tierra húmeda. Cada encuentro era un riesgo, pero valía la pena. Le quité la camisa de un jalón, besando su pecho salado, saboreando el gusto a hombre puro, a trabajo duro bajo el sol.
El calor subía, no solo del clima. Mis pezones se endurecieron bajo el vestido, pidiéndole atención. Rafael lo notó y sonrió pícaro, esa sonrisa que me hacía mojarme al instante.
—¿Quieres que te coma entera, Julia? Dime, ¿qué sientes aquí abajo?
Sus dedos se colaron en mi panty, rozando mi panocha ya empapada. El tacto era eléctrico, un fuego lento que me hacía arquear la espalda. Olía a sexo inminente, a jugos míos mezclados con el aroma dulce de la caña.
¡Ay, Dios! Este hombre me vuelve loca. Cada caricia es como miel caliente derramándose por mi cuerpo. No puedo parar, no quiero parar.
Le respondí con un beso feroz, mordiendo su labio inferior. Mis manos bajaron a su pantalón, desabrochando el cinturón con prisa. Su verga saltó libre, dura como tronco de caña, palpitante y lista. La tomé en mi mano, sintiendo las venas gruesas, el calor que irradiaba. La apreté suave, y él gruñó bajito, un sonido animal que me erizó los vellos.
Nos revolcamos más profundo en el cañaveral, las hojas raspando nuestras espaldas pero sin importar. Él me quitó el vestido por completo, dejándome desnuda bajo el sol filtrado. Mi piel bronceada brillaba de sudor, pechos firmes subiendo y bajando con cada respiración agitada. Rafael se arrodilló entre mis piernas, besando mis muslos internos, lamiendo despacio hasta llegar al centro.
Su lengua en mi clítoris fue puro éxtasis. Lamía con hambre, chupando mis labios hinchados, metiendo la lengua adentro como si quisiera devorarme. Gemí fuerte, agarrando puñados de caña, el sabor salado de mi propia excitación en el aire. ¡Más, cabrón, no pares! pensé, mientras mis caderas se movían solas contra su boca.
—Te encanta, ¿verdad, mi reina? Estás chorreando por mí.
Asentí, jadeando, las piernas temblando. El sol calentaba mi vientre, el viento susurraba promesas, y su boca me llevaba al borde. Pero no me dejó ir aún. Se levantó, quitándose el resto de la ropa, su cuerpo musculoso cubierto de sudor reluciente. Me volteó boca abajo, poniéndome de rodillas como perrita en celo.
Sentí la punta de su verga en mi entrada, rozando, tentándome. El corazón me retumbaba en los oídos, mezclado con el zumbido de insectos y el susurro de las cañas. Empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Qué rico, qué completo! El estiramiento era delicioso, su grosor pulsando dentro de mí.
Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y metiendo fuerte. Cada embestida hacía un sonido húmedo, chapoteante, que me volvía loca. Agarró mis caderas, clavando los dedos, y aceleró. Mis tetas rebotaban, pezones rozando las hojas secas, un placer extra que me hacía gritar.
—¡Sí, Rafael, así, fóllame duro! —le pedí, sin pudor, perdida en la pasión.
Él obedeció, sudando sobre mi espalda, besando mi nuca. Olía a macho en celo, a sexo salvaje. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, y sentí el orgasmo construyéndose como tormenta en el horizonte. Gemidos nuestros se mezclaban con el viento, un coro privado en el cañaveral de pasiones.
De repente, me giró de nuevo, cara a cara. Quería verme, leer mis ojos mientras me penetraba. Nuestras miradas se clavaron, almas desnudas como cuerpos. Empujaba profundo, rozando ese punto que me hacía ver estrellas. Mis uñas se hundieron en su espalda, dejando marcas rojas.
—Ven conmigo, Julia. Déjate ir.
El clímax llegó como avalancha. Mi cuerpo se convulsionó, panocha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer saliendo. Grité su nombre, el mundo explotando en colores y sensaciones: el calor de su semen llenándome, caliente y espeso; el pulso de su corrida sincronizado con el mío; el olor almizclado de nuestros jugos mezclados.
Caímos exhaustos, enredados entre las cañas. Su peso sobre mí era reconfortante, su aliento caliente en mi oreja. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El sol bajaba, tiñendo todo de oro, y el aire se enfriaba un poco, secando nuestro sudor.
—Te amo, mi vida —susurró, acariciando mi cabello revuelto.
Yo sonreí, el corazón lleno. En este cañaveral de pasiones capitulo 64, encontramos nuestro cielo. Mañana será otro capítulo, pero este... este es inolvidable.
Nos vestimos despacio, robándonos besos robados. El cañaveral guardaba nuestros secretos, testigo mudo de la llama que no se apagaba. Caminamos de vuelta, manos entrelazadas un rato, sabiendo que el deseo renacería pronto. Porque en estas tierras fértiles, las pasiones nunca mueren.