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Pasionistas Ardientes de la Orden Religiosa

7573 palabras

Pasionistas Ardientes de la Orden Religiosa

El convento de las Pasionistas de la Orden Religiosa en las colinas de Querétaro se erguía como un bastión de piedra blanca bajo el sol ardiente de la tarde mexicana. Yo, hermana Elena, llevaba cinco años allí, envuelta en el hábito negro que rozaba mi piel como un susurro constante de penitencia. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia y a las flores de bugambilia que trepaban por los muros. Cada mañana, el tañido de la campana me despertaba con su eco profundo, vibrando en mi pecho como un latido prohibido.

Aquel día llegó ella: hermana Sofía, la nueva postulante de veintitrés años, con ojos color miel que brillaban como el tequila bajo la luna. Su piel morena contrastaba con el velo blanco que apenas contenía las ondas de su cabello negro. Órale, qué chava tan guapa, pensé mientras la veía bajar del coche polvoriento, su figura esbelta moviéndose con una gracia que no parecía de este mundo conventual. Las pasionistas de la orden religiosa éramos conocidas por nuestra devoción a la Pasión de Cristo, pero en ese instante, sentí una pasión distinta ardiendo en mis entrañas.

Durante la cena en el refectorio, el vapor de los frijoles refritos y el aroma picante de los chiles poblanos llenaba el aire. Sofía se sentó frente a mí, y nuestras rodillas se rozaron bajo la mesa de madera áspera. Fue un toque fugaz, como el roce de una pluma, pero envió chispas por mi espina dorsal.

¿Por qué late tan fuerte mi corazón, Virgen Santa? Esto no puede ser pecado si duele tanto de ganas
, me dije en silencio mientras masticaba el pan crujiente, saboreando el salado de mis propios nervios.

Las noches en el dormitorio común eran un tormento de susurros y respiraciones acompasadas. El calor de la noche mexicana se colaba por las ventanas entreabiertas, trayendo el canto de los grillos y el olor terroso del campo. Sofía dormía en la cama vecina, y a veces, en la penumbra, veía el contorno de sus senos subiendo y bajando bajo la sábana delgada. Una madrugada, no pude más. Me acerqué sigilosamente, mi aliento cálido rozando su oreja. "Hermana... ¿despierta?" murmuré, mi voz ronca como el viento del desierto.

Ella abrió los ojos, y en esa mirada había fuego puro. Neta, esta wey me va a volver loca, pensé mientras su mano buscaba la mía bajo las cobijas. Nuestros dedos se entrelazaron, piel contra piel, húmeda de sudor nocturno. Hablamos en susurros durante horas, confesando dudas sobre nuestros votos. "Siento un calor aquí adentro que las oraciones no apagan", dijo ella, guiando mi mano a su vientre plano. El tacto de su ombligo suave me hizo jadear; olía a jabón de lavanda y a algo más primitivo, como almizcle femenino.

Al día siguiente, durante la siesta en el jardín del convento, el sol filtrándose a través de las hojas de los naranjos nos envolvía en un velo dorado. El zumbar de las abejas y el goteo de la fuente cercana eran nuestra banda sonora secreta. Sofía y yo nos escabullimos detrás de un rosal cargado de espinas rojas, símbolo perfecto de nuestra tentación. Nos sentamos en la hierba fresca, nuestras hábitos subidos hasta las rodillas, exponiendo piernas morenas salpicadas de pecas.

El primer beso fue como un trueno lejano: sus labios carnosos, suaves y calientes, sabían a miel de maguey y a pecado dulce. Mi lengua exploró su boca con hambre contenida, mientras sus manos subían por mis muslos, arañando ligeramente con las uñas pintadas de un rojo discreto. ¡Qué chingón se siente esto, carnala! gritaba mi mente, mientras mi cuerpo se arqueaba hacia ella. El olor de su arousal me golpeó como una ola: almizclado, salado, mezclado con el jazmín del jardín.

La tensión crecía como una tormenta de verano. En las confesiones nocturnas, madre superiora nos exhortaba a resistir las tentaciones del mundo, pero nosotras ya éramos prisioneras de nuestro propio deseo. Una noche de luna llena, el convento estaba en silencio sepulcral, roto solo por el ulular de un búho. Nos encontramos en la capilla desierta, el incienso aún flotando en el aire denso. Arrodilladas ante el altar, pero no en oración: Sofía desató mi hábito con dedos temblorosos, revelando mis pechos llenos, pezones endurecidos por el fresco de la noche.

"Eres tan hermosa, Elena... como una diosa azteca", susurró, su aliento caliente contra mi piel. Lamio su cuello, saboreando el salado del sudor, mientras ella gemía bajito, un sonido gutural que reverberaba en las paredes de piedra. Bajé mi boca a sus senos, chupando un pezón oscuro y erecto, sintiendo cómo se ponía más duro en mi lengua. Sus manos enredadas en mi cabello me guiaban, urgiéndome con susurros: "Más, neta, no pares".

Nos tendimos en el suelo alfombrado de pétalos secos, nuestros cuerpos desnudos entrelazados como serpientes en el Jardín del Edén. Mi mano descendió por su vientre plano, encontrando el calor húmedo entre sus piernas. Estaba empapada, resbaladiza como pulque fermentado. Introduje dos dedos lentamente, sintiendo las paredes de su sexo contraerse alrededor mío, pulsando con vida propia. Ella arqueó la espalda, sus uñas clavándose en mis hombros, dejando marcas rojas que ardían deliciosamente.

El ritmo se aceleró: embestí con mi mano mientras mi pulgar rozaba su clítoris hinchado, redondo y sensible como una cereza madura. Sus jugos corrían por mi palma, oliendo a mar y a deseo puro.

Esto es mejor que cualquier éxtasis místico, Virgen de Guadalupe, perdóname pero no quiero parar
, pensé en éxtasis mientras ella me devoraba con la boca, su lengua experta lamiendo mi propia humedad hasta llevarme al borde.

Sofía me volteó, colocándome a cuatro patas sobre el reclinatorio. Su lengua se hundió en mí desde atrás, lamiendo con avidez mi entrada, succionando mi clítoris con labios hinchados. El sonido era obsceno: chupeteos húmedos, jadeos ahogados, el slap de piel contra piel. Mi corazón latía desbocado, como tambores de una fiesta patronal. "¡Ay, Sofía, me vengo, wey!" grité en un susurro ronco, mientras el orgasmo me atravesaba como un rayo, ondas de placer sacudiendo mis muslos temblorosos.

Pero no paramos. Ella se sentó en mi rostro, su coño depilado rozando mis labios. Lo lamí con devoción, saboreando su esencia salada y dulce, mientras ella montaba mi lengua con movimientos circulares. Sus gemidos subían de tono, un crescendo que llenaba la capilla: "¡Sí, así, chula, trágatela toda!". Cuando explotó, su cuerpo convulsionó, chorros calientes inundando mi boca, su sabor intenso como tamarindo maduro.

Exhaustas, nos acurrucamos en el suelo frío, piel pegajosa contra piel, el olor de nuestro sexo impregnando el aire sagrado. El afterglow era un velo de paz: pulsos calmándose, respiraciones sincronizadas, el leve picor de las marcas en nuestra carne. "Como pasionistas de la orden religiosa, esto es nuestro secreto fuego", murmuró Sofía, besando mi frente perlada de sudor.

Al amanecer, volvimos a nuestros lechos como si nada, pero algo había cambiado. En las misas siguientes, nuestras miradas se cruzaban con promesas mudas. El convento ya no era prisión, sino templo de nuestra pasión compartida. Y en las noches de insomnio, el recuerdo de su sabor me hacía sonreír en la oscuridad, sabiendo que el verdadero éxtasis no estaba en los libros de oraciones, sino en el roce prohibido de dos almas en llamas.

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