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Cuando Es La Pasion de Cristo

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Cuando Es La Pasion de Cristo

El sol de la tarde caía a plomo sobre la plaza principal de Mazatlán, donde la Semana Santa armaba su show anual. El aire estaba cargado de incienso dulce y sudor, mezclado con el olor a elotes asados de los vendedores ambulantes. Tú, parada entre la multitud, sentías el calor pegajoso en la piel, el vestido ligero pegándose a tus curvas como una promesa. Habías venido de la ciudad para desconectarte, para sentir esa vibra religiosa que siempre te ponía la piel chinita, pero no esperabas esto.

De repente, lo viste. Cristo, con su playera negra ajustada que marcaba los músculos de su pecho, el pelo revuelto y esa sonrisa pícara que te hacía recordar noches locas en la playa. Wey, ¿por qué justo hoy? Él se acercó, abriéndose paso entre la gente que rezaba el rosario, y te abrazó como si no hubieran pasado dos años. Su olor a colonia barata y mar te invadió las fosas nasales, y sentiste un cosquilleo traicionero entre las piernas.

¿Qué chingados haces aquí, carnal? —le dijiste, riendo para disimular el pulso acelerado.

Él se rio bajito, su aliento cálido en tu oreja. La Pasión, nena. Vine por la Pasión. Y ahí estaba, el gancho perfecto. La procesión empezaba: nazarenos con capuchas moradas, el Jesús de la agonía cargado en andas, tambores retumbando como corazón desbocado. La gente gemía oraciones, y tú sentías esa electricidad colectiva subir por tu espina dorsal.

—¿Cuándo es la Pasión de Cristo? —preguntaste de broma, señalando el cielo nublado—. ¿Hoy o qué?

Cristo te miró fijo, sus ojos cafés brillando con malicia. Cuando tú digas, mi reina. Cuando el cuerpo pida a gritos. Sus palabras te cayeron como lluvia caliente, y de pronto el incienso se mezcló con el aroma de tu propia excitación, ese olor almizclado que traiciona al deseo.

La procesión avanzaba lenta, el claxon de un camión lejano rompiendo el trance. Tú y Cristo se apartaron del gentío, caminando por callejones empedrados donde las buganvillas rojas chorreaban perfume floral. Su mano rozó la tuya, un toque eléctrico que te erizó el vello de los brazos. No mires atrás, pensaste, sigue el fuego.

Llegaron a su casa, un departamento chiquito pero chulo con vista al malecón. Adentro, el aire fresco del ventilador contrastaba con el bochorno de afuera. Él cerró la puerta y te acorraló contra la pared, su cuerpo duro presionando el tuyo. Sentiste su erección contra tu vientre, dura como piedra sagrada, y un jadeo se te escapó.

Te deseo desde que te vi, wey —murmuró, su voz ronca como los tambores de la plaza.

Tú lo empujaste suave, juguetona, pero tus pezones ya se marcaban duros bajo la tela. ¿Y la Pasión? ¿Es ahora? Le mordiste el labio inferior, saboreando sal y anhelo. Sus manos bajaron por tu espalda, amasando tus nalgas con fuerza posesiva pero tierna, y tú arqueaste la cadera, frotándote contra él. El roce era fuego puro, la fricción enviando chispas a tu clítoris hinchado.

Se besaron como posesos, lenguas enredadas en un baile húmedo y salvaje. Su boca sabía a chela y menta, y tú lamiste su cuello, inhalando ese sudor masculino que te volvía loca. Qué rico hueles, pendejo, pensaste mientras él te quitaba el vestido de un tirón, dejando tus tetas al aire. Las miró como si fueran reliquias, lamiendo un pezón con la lengua plana, succionando hasta que gemiste alto, el sonido rebotando en las paredes.

Caída en la cama, sentiste las sábanas frescas contra tu piel caliente. Cristo se desnudó rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, la punta ya brillando de precum. Tú la tomaste en la mano, sintiendo el pulso furioso bajo la piel aterciopelada, y la masturbaste lento, viendo cómo él cerraba los ojos y gruñía. Me encanta verte así, rendido.

Él se hincó entre tus piernas, besando el interior de tus muslos, mordisqueando suave hasta llegar a tu coño empapado. Estás chorreando, mi amor, dijo, y metió la lengua, lamiendo de abajo arriba en círculos perfectos. El placer te arqueó como un latigazo, tus jugos cubriéndole la barbilla mientras chupaba tu clítoris con hambre devota. Gemías sin control, las uñas clavadas en su pelo, el olor a sexo llenando la habitación, mezclado con el salitre del mar que entraba por la ventana abierta.

¡No pares, Cristo! ¡Más!

La tensión crecía como la procesión interminable, cada lamida un paso hacia el éxtasis. Tus caderas se movían solas, follándole la cara, y sentiste el orgasmo venir, un tsunami apretando tu vientre. Ya, ya viene... Explotaste en su boca, chorros calientes salpicando, el cuerpo temblando mientras olas de placer te recorrían, dejando un vacío dulce que pedía más.

Él subió, besándote para que probaras tu propio sabor salado y dulce. Ahora sí es la Pasión, susurró. Te volteó boca abajo, levantándote las caderas, y frotó su verga contra tu raja resbalosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Qué llena te sientes, pensaste, el grosor llenando cada rincón, tocando puntos que te hacían jadear.

Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un plaf húmedo que resonaba. Sus bolas chocaban contra tu clítoris, y tú empujabas hacia atrás, queriendo más profundidad. Fóllame duro, carnal. Aceleró, sus manos apretando tus caderas, el sudor goteando de su pecho a tu espalda. El colchón crujía rítmicamente, como un tambor sacro, y tú sentías su verga palpitar dentro, hinchándose más.

Cambiaron: tú encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en tus tetas, pellizcando pezones mientras rebotabas, tu coño apretándolo en espasmos. Lo mirabas a los ojos, viendo el fuego puro, y bajaste para besarlo, mordiendo su lengua. Estás tan chingón. Él te dio nalgadas suaves, el escozor avivando el fuego, y sentiste otro orgasmo build-up, el placer acumulándose en tu pelvis como tormenta.

—¡Córrete conmigo! —gruñiste, y él obedeció, su verga endureciéndose al máximo. Explotaron juntos, tú gritando mientras tu coño ordeñaba cada gota de su leche caliente, inundándote en chorros espesos. El mundo se volvió blanco, pulsos retumbando en oídos, cuerpos temblando en unisono.

Después, yacían enredados, piel pegajosa y corazones galopantes calmándose. El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja, y el rumor lejano de la procesión seguía. Cristo te acariciaba el pelo, besándote la frente.

¿Ves? Cuando es la Pasión de Cristo, todo arde —dijo, riendo suave.

Tú sonreíste, sintiendo un calor nuevo, no solo físico. Esto no es pecado, es vida. Afuera, las campanas tañían, pero adentro reinaba la paz del después, esa resaca dulce de almas unidas. La noche prometía más, porque la pasión, como la Semana Santa, nunca termina del todo.

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