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Pasión Capítulo 15 Fuego en las Venas (1)

6294 palabras

Pasión Capítulo 15 Fuego en las Venas

La noche en Guadalajara se sentía como un abrazo caliente, con el aire cargado de jazmín y el eco lejano de mariachis en alguna cantina del centro. Yo, Ana, acababa de llegar a la casa de Ricardo, mi carnal de toda la vida, ese wey que me ponía la piel chinita con solo una mirada. Habíamos estado jugando a las escondidas emocionales por meses, pero esta vez, pasión capítulo 15 de nuestra historia interminable, iba a ser diferente. No más juegos, neta. Entré por la puerta trasera del patio, donde las luces tenues de las guirnaldas iluminaban la alberca, y lo vi ahí, recargado en la pared, con su camisa blanca abierta hasta el pecho, oliendo a tequila reposado y colonia barata que a mí me volvía loca.

¿Por qué carajos me hace esto, este pendejo? Cada vez que lo veo, siento que mi cuerpo se despierta como si fuera la primera vez.

Me acerqué despacio, mis sandalias chapoteando en el piso húmedo por el rocío. Él sonrió con esa picardía norteña que tiene, ojos cafés brillando como estrellas en el cielo de Jalisco. "Ana, mi reina, al fin llegaste. Pensé que me ibas a dejar plantado otra vez", murmuró, su voz ronca rozándome los oídos como una caricia. Lo empujé juguetona contra la pared, sintiendo su calor a través de la tela. Nuestros labios se encontraron en un beso que empezó suave, como un susurro, pero pronto se volvió hambre pura. Su lengua sabía a limón y sal, y yo gemí bajito, arqueando la espalda mientras sus manos grandes me ceñían la cintura.

El deseo inicial era como una chispa en pólvora seca. Ricardo me levantó en brazos sin esfuerzo, mis piernas envolviéndolo como enredaderas. Caminamos hacia la recámara, riendo entre besos, el sonido de nuestras risas mezclándose con el chapoteo de la alberca. Adentro, la habitación olía a sábanas frescas y a su esencia masculina, esa que me hacía temblar las rodillas. Me dejó en la cama king size, con vista al jardín iluminado por la luna llena. Se quitó la camisa despacio, revelando ese torso moreno, marcado por horas en el gym y tardes de futbol con los cuates. Yo me incorporé, quitándome el vestido rojo ceñido, quedando solo en encaje negro que él adoraba.

"Eres lo más chido que me ha pasado, Ana", dijo, arrodillándose frente a mí, besando mi ombligo con devoción. Sus labios calientes trazaban caminos por mi vientre, bajando lento, torturándome con cada roce. Sentía su aliento en mi piel, el vello erizado, el pulso latiendo fuerte en mis venas. Esto es pasión capítulo 15, pensé, el capítulo donde ya no hay vuelta atrás. Mis manos se enredaron en su cabello negro, guiándolo más abajo, donde el calor entre mis piernas ardía como chile habanero.

La escalada fue gradual, como el hervor de un pozole en olla de barro. Ricardo me abrió las piernas con gentileza, su lengua explorando mi intimidad con maestría. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mientras saboreaba el placer que me regalaba. "¡Ay, wey, no pares!", supliqué, mis caderas moviéndose solas al ritmo de su boca. Él reía contra mi piel, vibraciones que me volvían loca, oliendo mi excitación mezclada con su sudor fresco. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde dolía de tanto quererlo. Mis pensamientos eran un torbellino:

Es mío, este hombre es mío, y yo soy suya, neta que sí.
Lágrimas de puro gozo rodaban por mis mejillas mientras el primer orgasmo me sacudía como un terremoto en la Fierra.

Pero no era suficiente. Lo jalé hacia arriba, desesperada por sentirlo dentro. Ricardo se desabrochó los pantalones, liberando su verga dura, palpitante, que yo acaricié con ansias, sintiendo su grosor en mi palma, la piel suave sobre venas tensas. Él jadeaba, ojos clavados en los míos, pidiendo permiso con la mirada. "Sí, carnal, dame todo", le dije, guiándolo a mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor placentero se mezcló con el éxtasis, su cuerpo cubriendo el mío, pesos perfectos encajando como piezas de rompecabezas.

Empezamos a movernos, lento al principio, saboreando cada embestida. El sonido de piel contra piel era hipnótico, slap-slap mezclado con nuestros gemidos. Sudábamos juntos, el olor salado envolviéndonos, sus manos amasando mis senos, pellizcando pezones duros como piedras de obsidiana. "Te sientes tan chingona, Ana, tan apretadita para mí", gruñía en mi oído, mordisqueando el lóbulo. Yo clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que mañana dolerían chido. La intensidad subía, mis paredes contrayéndose alrededor de él, persiguiendo el pico.

En el clímax del medio acto, paramos un segundo, jadeantes. Nos miramos, almas desnudas. "Te quiero, pendejo, desde el capítulo uno", confesé, besándolo profundo. Él respondió acelerando, follándome con fuerza controlada, la cama crujiendo bajo nosotros. Sentía cada vena de su verga rozándome, el roce en mi clítoris con cada choque de pelvis. El aire se llenó de nuestro aroma, sexo puro y sudor, con toques de su colonia y mi perfume de vainilla. Mis piernas temblaban, el orgasmo construyéndose como tormenta en el Pacífico.

La liberación llegó como avalancha. "¡Me vengo, Ricardo, ay Dios!", grité, mi cuerpo convulsionando, jugos empapando las sábanas. Él siguió, prolongando mi placer con embestidas expertas, hasta que su propio clímax lo golpeó. "¡Ana, mi vida!", rugió, llenándome con chorros calientes, su semen mezclándose con mi humedad. Colapsamos juntos, entrelazados, pulsos latiendo al unísono, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco.

En el afterglow, yacíamos en silencio, piel pegajosa y satisfecha. Ricardo me acariciaba el cabello, besando mi frente. "Esto fue el mejor capítulo, pasión capítulo 15, ¿verdad?", murmuró, riendo bajito. Yo asentí, acurrucada en su pecho, oyendo su corazón galopante volver a normal. El jardín afuera susurraba con grillos y brisa, la luna testigo de nuestra unión.

Ya no hay dudas, este wey es mi eternidad, mi pasión infinita.
Sentí paz, empoderada en su amor, lista para el capítulo 16 y todos los que vengan, con fuego en las venas que nunca se apaga.

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