La Muerte Pasional
El sol de Puerto Vallarta caía como una caricia ardiente sobre mi piel morena mientras caminaba por la playa del hotel. El aire salado se mezclaba con el aroma dulce de las cocoteras y el eco lejano de las olas rompiendo contra la arena blanca. Yo, Ana, de treinta y tantos, había venido sola a desconectar del caos de la Ciudad de México, buscando algo que me hiciera vibrar de nuevo. Llevaba un bikini rojo que abrazaba mis curvas como un amante posesivo, y mis sandalias crujían con cada paso.
Ahí lo vi. Javier, alto, con esa piel bronceada de quien vive cerca del mar, ojos negros que prometían travesuras y una sonrisa chueca que me erizó la piel. Estaba recargado en una palmera, con una cerveza fría en la mano, platicando con unos cuates. Neta, el wey era un chulo de campeonato. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el tequila de la noche anterior aún corriera por mis venas.
—Órale, güerita —me dijo cuando me acerqué, su voz grave como el rumor del mar—. ¿Vienes a conquistar la playa o qué?
Reí, sintiendo el calor subir por mi cuello. —Solo a broncearme, carnal. ¿Tú qué, vigilando el horizonte?
Charlamos un rato, coqueteando con frases picantes. Él era de Guadalajara, tapatío puro, con ese acento juguetón que me ponía la piel de gallina. Me invitó a una chela en el beach club del hotel, un lugar con luces tenues, música salsa retumbando y olor a mariscos asados flotando en el aire. Bailamos pegaditos, su mano en mi cintura firme pero suave, su aliento cálido en mi oreja oliendo a limón y cerveza. Cada roce de su pecho contra mis tetas me hacía apretar los muslos, un fuego lento encendiéndose en mi entrepierna.
¿Qué chingados me pasa? Este pendejo me tiene ya mojadita y ni me ha tocado bien, pensé, mientras su cadera se mecía contra la mía al ritmo de la cumbia.
La noche avanzaba, el cielo se teñía de estrellas y el sudor nos pegaba la piel. Terminamos en mi suite, un cuarto amplio con balcón al mar, velas aromáticas de coco encendidas y la brisa nocturna colándose por las cortinas. Javier me besó apenas cerré la puerta, sus labios carnosos devorando los míos con hambre. Sabían a sal y tequila, su lengua explorando mi boca como si quisiera memorizar cada rincón.
—Eres una diosa, Ana —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, desatando el bikini con destreza. Mis chichis quedaron libres, los pezones duros como piedras rozando su pecho velludo.
Lo empujé hacia la cama king size, las sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nuestro peso. Me subí encima, sintiendo su verga dura presionando contra mi panocha a través del short. Era gruesa, palpitante, y el calor que desprendía me hizo gemir bajito. Le arranqué la camisa, oliendo su aroma masculino mezclado con protector solar: sudor fresco, mar y algo salvaje.
—Quítate todo, wey —le ordené, mi voz ronca de deseo. Él obedeció, su cuerpo atlético expuesto, músculos tensos bajo la luz ámbar de la lámpara. Bajé la cabeza y lamí su pecho, saboreando la sal de su piel, bajando hasta su ombligo. Su verga saltó libre cuando le bajé el short, venosa y lista, goteando precúm que olía a puro sexo.
Lo tomé en mi boca, chupando despacio, sintiendo cómo se hinchaba más con cada movimiento de mi lengua. Javier gruñó, sus manos enredándose en mi pelo oscuro, jalándome suave pero firme.
—¡Carajo, nena! Me vas a matar así.
Lo miré desde abajo, con la boca llena de él. Esta es solo la antesala de la muerte pasional, pensé, mientras aceleraba el ritmo, mis labios estirados alrededor de su grosor, el sonido húmedo de mi saliva llenando la habitación.
Me levantó como si no pesara nada y me tendió en la cama. Sus besos bajaron por mi cuerpo: mordió mis pezones, succionándolos hasta que dolió de placer, luego lamió mi vientre tembloroso. Cuando llegó a mi panocha, separó mis labios con los dedos, exponiendo mi clítoris hinchado. Su aliento caliente me hizo arquear la espalda.
—Estás chorreando, mi reina —dijo, antes de hundir la lengua. El primer lametón fue eléctrico, saboreando mis jugos dulces y salados. Gemí fuerte, el sonido ahogado por el rugido del mar afuera. Sus dedos entraron en mí, curvándose justo en ese punto que me volvía loca, mientras su boca devoraba mi botón con maestría.
No aguanto más, este cabrón sabe exactamente cómo hacerme volar. Mi cuerpo es suyo esta noche.
La tensión crecía como una ola gigante. Mis caderas se movían solas, frotándome contra su cara barbuda, oliendo mi propia excitación mezclada con su sudor. Él chupaba más fuerte, dos dedos ahora bombeando adentro, el sonido chapoteante como música obscena. Sentí el orgasmo aproximándose, ese precipicio delicioso.
—¡Javier, ya! Dame tu verga, fóllame —supliqué, jadeando.
Se posicionó entre mis piernas, la cabeza de su pinga rozando mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Era enorme, llenándome hasta el fondo, su pubis raspando mi clítoris. Empezó a moverse, lento al principio, cada embestida enviando chispas por mi espina.
El cuarto se llenó de nuestros jadeos, el plaf plaf de piel contra piel, el olor almizclado del sexo saturando el aire. Agarré las sábanas, mis uñas clavándose en la tela, mientras él aceleraba, sus bolas golpeando mi culo. Sudábamos como locos, su pecho resbaloso contra el mío, besos desordenados y mordidas en el hombro.
—¡Más duro, pendejo! Hazme sentir la muerte pasional —grité, y él obedeció, clavándome con furia, su gruñido animal en mi oído.
La presión en mi vientre explotó. Fue como morir y renacer: oleadas de placer cegador, mi panocha contrayéndose alrededor de su verga en espasmos incontrolables. Grité su nombre, el mundo reduciéndose a esa fricción ardiente, el pulso latiendo en mi clítoris, el sabor de su piel en mi boca. Javier se tensó encima de mí, su corrida caliente inundándome, gemidos roncos escapando de su garganta mientras se vaciaba dentro.
Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados, el sudor enfriándose en la brisa marina. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón martilleando contra mi pecho al mismo ritmo que el mío. Besó mi frente, suave ahora, y rodamos para quedar de lado, aún unidos.
—Eso fue la muerte pasional de verdad, Ana —susurró, su mano acariciando mi cadera.
Reí bajito, exhausta pero plena. Neta, wey, me mataste y me reviviste, pensé, mientras el mar cantaba su nana afuera. Mañana quién sabe, pero esta noche, en sus brazos, encontré el éxtasis perfecto. El sol saldría pronto, tiñendo el cielo de rosa, pero por ahora, solo existíamos nosotros, en la dulce resaca de la pasión.