La que huye de las pasiones
Yo siempre he sido la que huye de las pasiones. Después de ese desmadre con mi ex, el pendejo que me dejó hecha mierda, juré que no más. Nada de corazones acelerados, nada de noches que te dejan temblando. Solo trabajo, amigas y mi cafecito en la Condesa cada mañana. Pero la vida en México City es como un chile en nogada: dulce, picosa y te explota en la boca sin aviso.
Era viernes por la noche, el aire de Coyoacán cargado con olor a flores de nochebuena y tacos al pastor de la esquina. Mi carnala Laura me arrastró a una fiesta en su casa, una de esas casonas coloniales con patio enorme y luces de colores colgando como estrellas chuecas. Órale, vente, no seas mamona, me dijo por WhatsApp. Llegué con mi vestido negro ajustado, el que me hace ver curvas de infarto, pero con la firme intención de solo tomar un mezcalito y rajarme temprano.
Ahí lo vi. Diego, alto como poste de luz, moreno con esa piel que huele a sol y loción barata de las farmacias. Estaba recargado en la fuente del patio, platicando con unos weyes, riendo con esa boca que prometía pecados. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en el estómago, como cuando comes mango con chile y te arde la lengua.
Ni madres, huye de las pasiones, me dije, volteando rápido hacia el bar improvisado.
Pero el cabrón se acercó. ¿Qué onda, reina? ¿Primera vez aquí? Su voz grave, con acento chilango puro, me erizó la piel. Olía a tequila reposado y a hombre que acaba de salir de la regadera. Charlamos de pendejadas: del tráfico en Insurgentes, de cómo el pulque de la Pulquería las Duelistas es lo máximo. Sus ojos cafés me recorrían sin descaro, y yo, la muy idiota, sentía mis pezones endureciéndose bajo el brasier. Simón, pero neta, yo no ando en esas, le solté, riéndome para disimular.
La música empezó a sonar más fuerte, cumbia rebajada que te mete en el cuerpo. Laura me jaló a bailar. ¡Muévete, flaca! Diego se unió, su mano en mi cintura, cálida, firme. El roce de su camisa contra mi brazo era eléctrico, como estática en temporada de lluvias. Sudor fresco, olor a su cuello que me hacía salivar. Bailamos pegaditos, sus caderas contra las mías, y sentí su verga endureciéndose contra mi muslo. ¿Quieres salir a tomar aire?, murmuró en mi oreja, su aliento caliente rozándome el lóbulo.
¿Y si no quiero aire?, respondí juguetona, el mezcal hablando por mí. Salimos al jardín trasero, oscuro, con el aroma de jazmines invadiendo todo. Nos besamos ahí mismo, sus labios suaves pero urgentes, lengua explorando mi boca como si fuera un tequila añejo que quiere saborear gota a gota. Manos por todos lados: las suyas en mi culo, apretando, las mías en su pecho duro, sintiendo el latido desbocado de su corazón.
Esto es lo que huías, ¿verdad? Las pasiones que te queman viva.
Me cargó como si no pesara nada, sus brazos fuertes oliendo a sudor limpio y deseo puro. ¿Vamos a mi depa? Está a dos cuadras. Asentí, perdida en esa niebla de calor que subía desde mi entrepierna. Caminamos rápido, riendo bajito, el fresco de la noche contrastando con el fuego entre mis piernas. Su departamento era chido, minimalista con posters de Frida y un colchón king size que gritaba fóllame.
Acto dos, el desmadre empezó de a poco. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Eres una chulada, wey, gruñó, sus labios en mi cuello, chupando suave hasta dejar una marca que mañana dolería rica. Yo le arranqué la camisa, lamiendo su pecho salado, bajando hasta su ombligo. Su verga saltó libre cuando le bajé el pantalón, gruesa, venosa, con ese olor almizclado que te hace agua la boca. La tomé en la mano, suave como terciopelo sobre acero, y él gimió, ¡Carajo, sí!.
Caímos en la cama, sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Me abrió las piernas con delicadeza, sus dedos explorando mi concha ya empapada, resbalosa de jugos. Estás chorreando, reina, dijo con esa sonrisa pícara. Lamí sus dedos, probando mi propio sabor dulce y salado. Luego su boca ahí abajo, lengua girando en mi clítoris hinchado, chupando como si fuera el mejor elote en la feria. Gemí fuerte, arqueándome, el sonido de mi voz rebotando en las paredes. Olor a sexo puro, a mujer excitada mezclándose con su sudor.
Mi mente daba vueltas:
huye de las pasiones, no te enganches, solo esta noche. Pero su verga empujando contra mi entrada me borró todo pensamiento. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Más adentro, pendejo!, le pedí, clavando uñas en su espalda. Empezó a bombear, ritmo lento al principio, cada embestida mandando ondas de placer desde mi útero hasta las puntas de los dedos. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, gemidos roncos saliendo de su garganta.
Lo volteé encima de mí, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Sudor goteando de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. Aceleré, mi clítoris frotándose contra su pubis, el orgasmo construyéndose como tormenta en el Popo. ¡Me vengo, carajo!, grité, explotando en espasmos que me dejaron temblando, mi concha apretándolo como puño.
Él no paró, volteándome a cuatro patas, embistiéndome fuerte desde atrás. Manos en mis caderas, jalándome contra él, su verga golpeando mi punto G sin piedad. Olor a semen próximo, a clímax inminente. Córrete adentro, Diego, lléname. Rugió mi nombre, su leche caliente inundándome, chorros y chorros que sentí resbalando por mis muslos.
Acto tres, el paraíso post-sexo. Colapsamos enredados, piel pegajosa, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su mano acariciando mi cabello, besos suaves en la frente. Eres increíble, murmuró. Yo, con el cuerpo lánguido, saboreando el afterglow: músculos relajados, concha palpitante aún, olor a nosotros impregnando las sábanas.
Me quedé pensando en la penumbra, el ruido lejano de la ciudad como banda sonora.
La que huye de las pasiones termina encontrándolas, y qué chingón se siente rendirse. No sé si lo veré de nuevo, pero esa noche me recordó que la vida es para quemarse viva, para saborear cada pasión como un taco bien armado: picante, jugoso y adictivo. Mañana volveré a mi rutina, pero con una sonrisa secreta y el eco de su gemido en la memoria.