Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Atlas La Otra Pasión Atlas La Otra Pasión

Atlas La Otra Pasión

6068 palabras

Atlas La Otra Pasión

Entré al gimnasio en el corazón de la colonia Roma, con el aire cargado de sudor fresco y el thud-thud rítmico de las bolsas de boxeo. Era mi ritual de los viernes: soltar el estrés de la oficina viendo a los chavos entrenar. Pero esa noche, todo cambió cuando lo vi. Alto, musculoso como un dios griego, con el torso brillando bajo las luces fluorescentes. Se llamaba Atlas, me enteré después, por los gritos de sus compañeros: "¡Dale, Atlas! ¡Ponte trucha!" Sus puños volaban contra la bolsa, cada golpe un trueno que vibraba en mi pecho. Olía a hombre puro, a esa mezcla de testosterona y jabón de barata que me ponía la piel de gallina.

Me quedé ahí, hipnotizada, con el corazón latiéndome como tambor de mariachi. Él se giró, sudado, con una sonrisa pícara que me clavó en el sitio. ¿Qué carajos? ¿Yo, la oficinista aburrida, sintiendo este cosquilleo entre las piernas solo por verlo? Bajó los guantes y se acercó, secándose con una toalla raída.

"¿Qué onda, güerita? ¿Vienes a entrenar o nomás a distraer?"
Su voz era grave, ronca, como grava bajo las llantas. Le seguí el juego: "Pura distracción, wey. Tú eres el que distrae con esos músculos." Reímos, y así empezó todo. Me platicó que el boxeo era su vida, pero que tenía la otra pasión, algo que guardaba para momentos especiales. No entendí del todo, pero su mirada me prometía secretos calientes.

Salimos juntos esa noche, caminando por las calles empedradas de la Roma, con el bullicio de los taqueros y el aroma a elotes asados flotando en el aire. Hablamos de todo: de mi pinche jefe pendejo, de sus peleas en el ring, de cómo el Atlas del mito cargaba el mundo, pero él cargaba sus propios demonios. Llegamos a su depa chico pero chulo, en un edificio viejo con balcón a la calle. Adentro, el olor a cuero de sus guantes y café recién molido me envolvió. Se acercó despacio, su aliento cálido en mi cuello. Siento su calor, su piel áspera rozando la mía. Quiero que me tome ya. Me besó suave al principio, probando, con labios que sabían a chicle de menta y deseo reprimido. Mis manos exploraron su espalda, dura como roca, mientras su lengua jugaba con la mía, un baile lento que me dejó jadeando.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Me quitó la blusa con manos expertas, dedos callosos trazando mi espina dorsal, enviando chispas por todo mi cuerpo. "Eres preciosa, neta," murmuró, mientras lamía el hueco de mi clavícula. Olía su sudor limpio, ese que invita a más. Yo le bajé los shorts, revelando su verga gruesa, palpitante, lista para mí. ¡Madre santa, qué pedazo de hombre! Mi concha ya está empapada, rogando por él. Lo empujé al sofá, montándome encima, frotándome contra él con movimientos lentos, sintiendo su dureza presionando mi clítoris a través de la tanga. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca devorándome. Sus manos amasaban mis nalgas, fuertes, posesivas, pero siempre preguntando con la mirada: "¿Sí o no?" Asentí, perdida en el fuego.

En el colchón deshecho, la cosa se puso intensa. Me abrió las piernas con gentileza, besando el interior de mis muslos, su barba raspando delicioso. El primer toque de su lengua en mi sexo fue eléctrico: húmeda, caliente, lamiendo mi jugo con hambre. Saboreo su boca después, salado y dulce, mi propio sabor mezclado con el suyo. Arqueé la espalda, clavando uñas en sus hombros anchos.

"Más, Atlas, no pares, cabrón,"
le supliqué, y él obedeció, chupando mi clítoris con maestría, metiendo dos dedos gruesos que me llenaban perfecto. El cuarto se llenaba de mis gemidos y el slurp-slurp obsceno de su boca. Sudábamos juntos, piel contra piel resbalosa, el aire espeso de nuestro aroma a sexo.

Lo volteé, queriendo dominar un rato. Su verga erecta, venosa, me llamaba. La tomé en la mano, sintiendo su pulso loco, el calor irradiando. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de pre-semen. Él gruñó, "¡Pinche chula, me vas a matar!" con voz entrecortada. La tragué profunda, garganta relajada, mientras mis manos masajeaban sus huevos pesados. Lo miré desde abajo, sus ojos negros ardiendo, músculos tensos como cables. Me subí encima, guiándolo adentro de mí. Lentito, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Llena hasta el fondo, tocando mi alma! Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sus manos guiándome las caderas. El roce era fuego puro, mi clítoris frotando su pubis, ondas de placer subiendo por mi espina.

La escalada fue brutal. Cambiamos posiciones: él encima, embistiéndome profundo, cada plaf-plaf de carne contra carne un eco en mis oídos. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. "Te quiero toda, güerita," jadeaba, y yo respondía clavando piernas en su culo firme, urgiéndolo más hondo. Sentía mi orgasmo construyéndose, una ola gigante en el horizonte. Él lo notó, aceleró, su verga hinchándose dentro. El mundo se reduce a esto: su peso, su olor, su gruñido animal. Exploté primero, gritando su nombre, concha contrayéndose en espasmos que lo ordeñaban. Él se vino segundos después, caliente, espeso, llenándome hasta rebosar, su cuerpo temblando sobre el mío.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones calmándose como olas después de la tormenta. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón galopante. Olía a nosotros, a sexo crudo y satisfecho.

"El boxeo es una pasión, pero tú... tú eres Atlas la otra pasión,"
susurró con risa ronca, acariciando mi pelo. Reí bajito, besando su sien salada. Esta noche cambió todo. No era solo un polvo; era conexión, fuego compartido. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro, en su cama, encontré mi propio atlas de placeres ocultos. Mañana quién sabe, pero esta pasión, la suya y la mía, ardería por siempre.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.