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Ruth en Pasión de Gavilanes

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Ruth en Pasión de Gavilanes

El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda Gavilanes, tiñendo de oro las amplias extensiones de tierra fértil y los mangos maduros que colgaban pesados de las ramas. Yo, Ruth, acababa de llegar de la ciudad, huyendo del ruido y la rutina que me asfixiaban. Mi tía me había invitado a pasar unas semanas aquí, en este rincón del norte mexicano donde el aire huele a tierra húmeda y jazmín silvestre. No imaginaba que este lugar despertaría en mí un fuego que llevaba años dormido.

Desde la veranda de la casa principal, observaba a los trabajadores en el campo. Entre ellos destacaba Juan, el capataz, un moreno alto y fornido con ojos negros como la noche y una sonrisa que prometía pecados deliciosos. Cada vez que se quitaba la camisa para secarse el sudor, sus músculos brillaban bajo el sol, y un calor traicionero se encendía en mi vientre. ¿Qué carajos me pasa? me preguntaba, mordiéndome el labio mientras el viento traía su olor a hombre trabajado, mezcla de sal, tierra y algo más primitivo que me hacía apretar las piernas.

Esa tarde, mientras paseaba por los corrales, lo encontré reparando una cerca. Su camisa abierta dejaba ver el vello oscuro en su pecho, y el martillo en su mano fuerte resonaba con un ritmo hipnótico. —Buenas tardes, Ruth —dijo con esa voz grave que vibraba en mi piel como un ronroneo—. ¿Ya te acostumbraste al calor de Gavilanes?

Me acerqué, sintiendo el polvo caliente bajo mis sandalias. —Aún no, pero tú pareces manejarlo bien, Juan —respondí, juguetona, dejando que mis ojos recorrieran su cuerpo sin disimulo. Él soltó una risa ronca, dejando el martillo a un lado. Sus manos callosas rozaron mi brazo al pasarme una botella de agua fresca, y ese toque fugaz envió chispas por mi espina dorsal. Olía a sudor fresco y a cuero, un aroma que me mareaba.

Si me besa ahora, me rindo sin chistar
, pensé, mientras mi corazón galopaba como caballo desbocado.

La cena esa noche fue eterna. Mi tía parloteaba sobre las cosechas, pero yo solo pensaba en Juan. Después, salí al jardín iluminado por la luna llena. El aire nocturno era espeso, cargado de grillos y el dulce perfume de las gardenias. Lo vi venir desde las sombras, con una botella de mezcal en la mano. —No podía dormir sabiendo que estás aquí, Ruth —murmuró, acercándose tanto que sentí el calor de su cuerpo contra el mío.

Yo tampoco, güey —susurré, mi voz temblando de anticipación. Nuestras miradas se enredaron, y entonces sus labios capturaron los míos. Fue un beso hambriento, sus lenguas danzando con sabor a mezcal y deseo puro. Sus manos grandes me aferraron la cintura, atrayéndome contra su dureza evidente. Gemí bajito, sintiendo cómo mi cuerpo respondía, mis pezones endureciéndose bajo la blusa delgada. El mundo se redujo a su boca, su tacto áspero explorando mi espalda, bajando hasta mis nalgas que apretó con posesión juguetona.

Nos separamos jadeantes, pero él no me soltó. —Ven conmigo —dijo, tomándome de la mano. Me llevó a un rincón apartado del jardín, donde un lecho de heno fresco bajo un sauce nos esperaba como altar pagano. La luna pintaba su piel de plata, y yo me arrodillé frente a él, desabrochando su pantalón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con vida propia. La tomé en mi boca, saboreando su salmuera almizclada, mientras él gruñía y enredaba sus dedos en mi cabello. Está tan rica, tan dura para mí, pensé, chupando con avidez, oyendo sus jadeos roncos que me empapaban más.

Pero Juan no era de los que se conforman. Me levantó como si no pesara nada, quitándome la ropa con urgencia. Mis tetas quedaron al aire, y él las devoró con besos húmedos, lamiendo mis pezones hasta que arqueé la espalda gimiendo. —Eres una diosa, Ruth —roncó contra mi piel, mientras sus dedos bajaban a mi entrepierna. Estaba chorreando, mi concha hinchada y lista. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos justo ahí, y yo grité bajito, clavando las uñas en sus hombros. El sonido húmedo de mis jugos llenaba la noche, mezclado con nuestros resuellos.

Esto es pasión de gavilanes, se me cruzó por la mente mientras él me recostaba en el heno suave, que olía a hierba seca y promesas. Me abrió las piernas con gentileza firme, besando el interior de mis muslos hasta llegar a mi clítoris. Su lengua era mágica, lamiendo en círculos lentos que me volvían loca. —¡Ay, Juan, no pares, cabrón! —supliqué, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Él succionó con fuerza, y el orgasmo me golpeó como rayo, ondas de placer sacudiendo mi cuerpo mientras gritaba su nombre al cielo estrellado.

No me dio tiempo a recuperarme. Se posicionó entre mis piernas, su verga rozando mi entrada resbaladiza. —Dime si quieres, mi reina —preguntó, ojos ardientes fijos en los míos. —Sí, métemela ya, pendejo —rogué, riendo entre jadeos. Empujó despacio, llenándome centímetro a centímetro. Era enorme, estirándome deliciosamente, y gemí largo al sentirlo todo adentro. Empezó a moverse, lento al principio, cada embestida rozando ese punto que me deshacía. El slap-slap de piel contra piel, nuestros sudores mezclándose, su olor masculino invadiéndome... todo era perfecto.

Aceleró, sus bolas golpeando mi culo, y yo lo arañé, mordí su hombro para no gritar demasiado.

Me folla como animal, pero con tanto cariño que duele el alma
. Cambiamos posiciones; me puse encima, cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando mientras él las amasaba. Sentía su pulso dentro de mí, latiendo con el mío. —Te voy a llenar, Ruth —gruñó, y eso me llevó al borde otra vez. Cabalgamos juntos al clímax, mi concha apretándolo mientras él explotaba, chorros calientes inundándome. Grité, temblando, olas de éxtasis puro.

Caímos exhaustos, enredados en el heno. Su pecho subía y bajaba contra mi mejilla, su corazón tronando como tambor. Besó mi frente, suave ahora. —Eres lo mejor que me ha pasado en Gavilanes —susurró. Yo sonreí, trazando círculos en su piel salada. El aire fresco secaba nuestro sudor, y las estrellas testigos parpadeaban cómplices.

Al amanecer, regresamos a la casa por caminos separados, pero con promesas mudas en las miradas. Ruth en pasión de gavilanes: eso era yo ahora, una mujer renacida en el fuego de esta tierra. Cada roce futuro, cada mirada cargada, sería recordatorio de esta noche donde el deseo se hizo carne. Y sabía que habría más, mucho más, porque en esta hacienda, la pasión no se apaga; se enciende eterna.

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