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Letra Pa Que Son Pasiones

6061 palabras

Letra Pa Que Son Pasiones

Estaba en esa fiesta familiar en el jardín de la casa de mi compadre, con el sol cayendo a plomo sobre Guadalajara y el aire cargado de olor a carne asada y limones recién exprimidos. La banda tocaba recio, con trompetas que retumbaban en el pecho y un acordeón que parecía llorar de gusto. Yo, Mariana, de veintiocho pirulos, con mi falda floreada pegada a las caderas por el sudor, me mecía al ritmo, sintiendo cómo el tequila me calentaba las venas como un fuego lento.

Qué chido está esto, pensé, mientras veía a ese morro alto, de piel morena y ojos que brillaban como estrellas de rancho. Se llamaba Alex, carnal de mi prima, y desde que lo vi llegar con su camisa ajustada marcando los músculos del pecho, algo se me removió adentro. No era pendeja, neta, sabía que esa mirada suya era pa' mí. Me acerqué al cooler por otra chela, y él ya estaba ahí, sirviéndome una con esa sonrisa pícara.

—Toma, mamacita, pa' que no te deshidrates —dijo, su voz grave rozándome la oreja como un beso.

Nos pusimos a platicar de la banda. Tocaban un corrido nuevo, y él, con un cuaderno en la mano, empezó a garabatear. —Mira, yo compongo mis letritas. Esta pa' que son pasiones, ¿sabes? Letras que prenden el alma y el cuerpo.

Su aliento olía a menta y cerveza, y cuando me recitó unas líneas, sentí un cosquilleo entre las piernas.

En tus ojos me pierdo, en tu piel me quemo, letra pa que son pasiones, que no se apaguen nunca.
Neta, su voz era como terciopelo raspado, y mis pezones se endurecieron bajo la blusa.

La noche cayó como manto negro, con luces de faroles y el humo de las brasas subiendo al cielo. Bailamos pegaditos, su mano en mi cintura bajando despacito hasta mi nalga, apretando suave. Yo no lo detuve; al contrario, me pegué más, sintiendo su verga dura contra mi vientre. Este wey me va a volver loca, me dije, mientras el sudor nos unía como pegamento caliente.

Nos escabullimos a la recámara de huéspedes, lejos del jale de la fiesta. La puerta se cerró con un clic que sonó como promesa. Él me miró, esperando mi señal. —Si no quieres... —murmuró.

—Cállate, pendejo —le contesté riendo, jalándolo por la camisa—. Quiero todo.

Acto primero de nuestra pasión: sus labios en los míos, saboreando a sal y deseo. Su lengua exploraba mi boca con hambre, mientras sus manos subían por mis muslos, arrugando la falda. Yo gemía bajito, el sonido ahogado contra su cuello que olía a colonia barata y hombre puro. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta, lamiendo el sudor de mi escote. Mis tetas saltaron libres, y él las tomó como tesoros, chupando un pezón hasta que dolió de placer.

¡Ay, Diosito! Esto es mejor que cualquier sueño. Mi coño palpitaba, mojado, rogando atención. Le bajé el pantalón, y su verga saltó dura como fierro, venosa, con el prepucio atrás mostrando la cabeza rosada. La tomé en la mano, sintiendo el calor pulsante, el olor almizclado subiendo hasta mi nariz. La masturbe lento, oyendo sus gruñidos roncos que me erizaban la piel.

Nos tumbamos en la cama chirriante, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Él se arrodilló entre mis piernas, abriéndolas como alas. Su aliento caliente en mi panocha me hizo arquear la espalda. Lamidas largas, desde el clítoris hasta el ano, sorbiendo mis jugos como si fueran néctar. ¡Qué rico! Grité en silencio, mis uñas clavándose en las sábanas. Introdujo dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas, mientras su lengua danzaba sin parar.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Yo quería más, lo necesitaba adentro. —Cógeme, Alex, ya —supliqué, mi voz ronca de pura lujuria.

Él se puso un condón —siempre responsable, qué chido— y se colocó encima, su cuerpo pesado y cálido cubriéndome. La punta de su verga rozó mi entrada, untándose en mis fluidos. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, hasta que estuvo todo dentro, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, mordiéndome el labio para no alertar a la fiesta.

El ritmo empezó lento, sus caderas moviéndose en círculos que frotaban mi clítoris. El slap-slap de piel contra piel, el crujir de la cama, nuestros jadeos mezclados con el eco lejano de la banda. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. Aceleró, embistiendo duro, mis tetas rebotando con cada golpe. Soy suya, neta, en este momento soy toda suya.

Cambié de posición, montándolo como reina. Sus manos en mis nalgas, guiándome arriba y abajo. Yo controlaba, girando las caderas, sintiendo su verga golpear mi G directo. El olor de sexo llenaba la habitación, espeso, animal. Él se incorporó, chupándome las tetas mientras yo cabalgaba más rápido, mis muslos temblando.

La intensidad subía, mis paredes contrayéndose alrededor de él. —Me vengo, wey —avisé, y exploté en olas de placer, mi coño ordeñándolo, jugos chorreando por sus bolas. Él gruñó, tensándose, y se corrió dentro del condón, su semen caliente pulsando.

Nos quedamos así, unidos, respirando agitados. El afterglow era puro éxtasis: su piel pegajosa contra la mía, el corazón latiendo al unísono, el aroma de nuestros cuerpos mezclados con el jazmín del jardín filtrándose por la ventana. Me besó la frente, suave, tierno.

—Esa letra pa que son pasiones... la escribí pensando en alguien como tú —confesó, su voz un susurro cansado.

Reí bajito, trazando círculos en su pecho.

Pasiones que no se apagan, carnal. Esto apenas empieza.
Salimos de la recámara como si nada, pero con una mirada que prometía más noches así, llenas de letras y fuegos que arden en la piel.

De regreso a la fiesta, la banda seguía tocando, y yo bailaba con una sonrisa secreta, sintiendo su semen seco entre mis piernas como recordatorio vivo. La noche era joven, las pasiones eternas.

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