Jesús Resucitado Pasión de Cristo Carnal
La noche de la vigilia de resurrección en la iglesia de San Judas Tadeo, en el corazón de la Ciudad de México, olía a incienso quemado y a velas derretidas que goteaban cera caliente sobre el piso de cantera. Yo, Luz, una morra de veintiocho pirulos con curvas que volvían locos a los galanes del barrio, me arrodillaba en el banco de madera astillosa, sintiendo cómo el roce de mi falda ajustada contra mis muslos me hacía cosquillas. Órale, qué calorcito hace aquí adentro, pensé, mientras el sacerdote recitaba las oraciones en latín, su voz grave retumbando como un trueno lejano.
Desde chiquita, la Pasión de Cristo me ha movido algo por dentro, no solo el sufrimiento, sino esa promesa de resurrección, de volver más fuerte, más vivo. Esa noche, con el estómago lleno de tamales de la cena familiar y el cuerpo latiendo por el ayuno del día, cerré los ojos y dejé que mi mente volara. El aire estaba cargado de murmullos devotos, de suspiros de viejitas y el crujido de rosarios entre dedos callosos. Mi piel se erizaba, no solo por el fresco de la medianoche, sino por un anhelo que me carcomía las entrañas. Neta, Luz, ¿por qué siempre terminas pensando en pendejadas en la iglesia?
De repente, un aroma diferente invadió el espacio: no incienso, sino algo terroso, como tierra mojada después de la lluvia, mezclado con el olor salado del sudor masculino. Abrí los ojos y la iglesia parecía la misma, pero un resplandor suave iluminaba el altar. Allí, de pie frente a la imagen del Cristo yacente, surgió él. Jesús resucitado, pero no el flaco de las estampitas, sino un vato alto, moreno, con músculos definidos bajo una túnica blanca que se pegaba a su piel como segunda capa, sudada y translúcida. Sus ojos, oscuros como el chocolate amargo que mi abuelita derretía en las fiestas, me clavaron en el sitio.
Ven, hija mía, no temas mi resurrección, dijo con una voz ronca que vibró en mi pecho, haciendo que mis pezones se endurecieran contra el encaje de mi sostén. Me levanté como poseída, mis piernas temblando, y caminé hacia él, ignorando las miradas de los demás fieles que ahora parecían sombras borrosas. Su mano, grande y cálida, tomó la mía, y sentí el pulso fuerte en su palma, como un corazón latiendo al galope.
—¿Eres tú, mi Señor? —susurré, mi voz entrecortada, mientras su aliento mentolado me rozaba el cuello.
—Soy yo, Luz, resucitado para darte la pasión de Cristo verdadera, la que arde en la carne —respondió, y su dedo índice trazó una línea lenta desde mi clavícula hasta el valle entre mis senos. El toque fue eléctrico, como si miles de chispas bailaran bajo mi piel. Olía a él ahora, a hombre puro, a almizcle y a algo divino que me hacía babear por dentro.
Nos escabullimos a una capillita lateral, donde las velas parpadeaban sombras danzantes en las paredes de adobe. El suelo estaba fresco bajo mis pies descalzos, y el silencio solo se rompía por nuestros jadeos. Él me acorraló contra la pared, su cuerpo presionando el mío, duro y firme. Sentí su verga erecta contra mi vientre, gruesa y palpitante a través de la tela fina. ¡Qué chingón se siente esto!, grité en mi mente, mientras mis manos exploraban su pecho velludo, raspando con las uñas sus pezones oscuros.
—Tócame, mujer, siente mi resurrección —gruñó, y me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca como un fuego líquido, saboreando a vino dulce y a pan recién horneado. Mis labios se hincharon bajo la presión, y un gemido se me escapó, eco en la capillita. Bajó las manos a mis caderas, amasando mi carne suave, y levantó mi falda con urgencia. Mis bragas ya estaban empapadas, el olor a mi excitación flotando pesado en el aire confinado.
Me arrodillé ante él, no en oración, sino en adoración carnal. Desaté su túnica, y su verga saltó libre, venosa y reluciente, con una gota perlada en la punta que lamí como néctar prohibido. Sabe a sal y a gloria, pensé, mientras la chupaba despacio, sintiendo cómo latía en mi garganta, mis labios estirados al límite. Él enredó sus dedos en mi cabello negro, guiándome con gentileza, gimiendo bajo, un sonido gutural que me ponía la piel de gallina.
—Eres mi Magdalena moderna, Luz —dijo, levantándome para recostarme en un banco cubierto de manteles bordados. Sus manos expertas desabrocharon mi blusa, liberando mis tetas pesadas, y succionó un pezón con fuerza, tirando de él con los dientes hasta que grité de placer. El dolor dulce se mezclaba con el calor que subía desde mi panocha, palpitante y vacía. Olía a nosotros ahora, a sudor mezclado con el jazmín de mi perfume.
La tensión crecía como una tormenta en el desierto. Él se hincó entre mis piernas abiertas, besando el interior de mis muslos, lamiendo la piel sensible hasta llegar a mi clítoris hinchado. Su lengua era un torbellino, círculos rápidos y succiones profundas que me hacían arquear la espalda, mis uñas clavándose en la madera.
¡No pares, Jesús, fóllame ya!, rogaba en silencio, mientras mis jugos corrían por sus labios barbados. Introdujo dos dedos gruesos en mí, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca, y bombeó lento al principio, acelerando hasta que mis caderas se movían solas, persiguiendo el ritmo.
—Dime que lo quieres, morra —exigió, su voz ronca de deseo.
—Sí, pendejo divino, métemela toda —jadeé, y él obedeció, posicionando su verga en mi entrada resbaladiza. Entró de un empujón suave pero firme, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, mientras empezaba a follarme con pasión controlada, sus bolas golpeando mi culo con palmadas húmedas. El banco crujía bajo nosotros, el aire cargado de nuestros gemidos y el slap-slap de carne contra carne.
Yo le clavaba las uñas en la espalda, oliendo su sudor salado, probando el de su cuello mientras lamía gotas que caían como lluvia bendita. Él aceleraba, sus embestidas profundas y rápidas, rozando mi punto G con precisión milagrosa. Mi orgasmo se acumulaba como una ola, el vientre contrayéndose, los músculos tensos. ¡Ya viene, carajo! Grité cuando exploté, mi panocha apretándolo como un puño, chorros de placer mojando sus muslos. Él gruñó, embistiendo una vez más, y se corrió dentro de mí, chorros calientes que me llenaban, desbordando.
Nos quedamos unidos, jadeando, su peso sobre mí reconfortante. Besó mi frente, mis labios hinchados, y susurró:
Esta es mi pasión verdadera, Luz, resucitada en ti.
El resplandor se desvaneció, y desperté en el banco de la iglesia principal, con el sol del amanecer filtrándose por los vitrales. Mi cuerpo vibraba aún, mi ropa desarreglada, un calor húmedo entre las piernas. Los fieles cantaban el aleluya, pero yo sonreía en secreto, empoderada, sabiendo que la pasión de Cristo no era solo sufrimiento, sino éxtasis puro. Qué chido milagro, pensé, levantándome con las piernas flojas pero el alma en llamas. Desde esa noche, cada Semana Santa, el recuerdo me hace mojarme solo de pensarlo, lista para más resurrecciones carnales.