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Seduccion del Actor de Jesus en la Pasion de Cristo

6949 palabras

Seduccion del Actor de Jesus en la Pasion de Cristo

Era Viernes Santo en Taxco, Guerrero, y el aire olía a incienso quemado y a sudor de cientos de cuerpos apiñados en las calles empedradas. Las procesiones de la Pasión de Cristo llenaban la noche con murmullos devotos, el tañido grave de las campanas y el eco de saetas que erizaban la piel. Yo, Ana, una chilanga harta de la rutina de la CDMX, había venido a desconectarme, pero nada me preparó para él: el actor de Jesús en la Pasión de Cristo.

Lo vi desde la primera estación. Alto, moreno, con el pelo largo pegado por el sudor bajo la corona de espinas falsas. Cargaba una cruz enorme de madera que le rozaba los hombros anchos, y cada paso suyo hacía que los músculos de sus piernas se tensaran como cuerdas. Neta, güey, parecía tallado en bronce, con esa barba que le sombreaba la mandíbula fuerte. El público gemía en éxtasis religioso, pero yo sentía un calor distinto subiéndome por el vientre.

¿Qué chingados me pasa? Es Jesús, por Dios... o sea, el actor, pero se ve tan real, tan hombre.
Mi piel picaba bajo el vestido ligero, y el roce de la tela contra mis pezones ya duros me hacía morder el labio.

La procesión avanzaba lenta, el olor a cera derretida de las velas mezclándose con el aroma terroso de la tierra mojada por la llovizna vespertina. Él tropezaba adrede, fingiendo el dolor, y un jadeo gutural escapó de su garganta. Ese sonido... ronco, profundo, como un trueno lejano... me mojó las panties al instante. Me colé entre la multitud, acercándome tanto que casi toco su túnica raída. Sus ojos, oscuros y penetrantes, barrieron la muchedumbre y se clavaron en los míos por un segundo eterno. Sentí un escalofrío eléctrico, como si me hubiera marcado con fuego.

Al final, cuando la procesión se dispersó en la plaza principal, lo busqué. Ahí estaba, quitándose la corona, rodeado de admiradores. Se reía, sudado, con la camisa pegada al pecho velludo. Órale, qué chingón, pensé. Me armé de valor, me acerqué con una cerveza fría en la mano que compré en un puesto cercano.

Oye, carnal, ¿sed? —le dije, tendiéndosela con una sonrisa pícara.

Él giró, aún jadeante, y me miró de arriba abajo. Sus labios se curvaron en una sonrisa lobuna.

Puta madre, sí que sí. Gracias, morra. Soy Raúl, el actor de Jesús en la Pasión de Cristo este año.

Su voz era grave, con ese acento guerrerense que vibra en el pecho. Tomó la chela y bebió hondo, el líquido goteando por su barbilla hasta el cuello. Lo seguí con la mirada, imaginando lamer ese camino salado.

Charlamos un rato. Era de aquí, actor local que cada año se colgaba la cruz para ganarse unos pesos y la fama efímera. Pero tenía unos ojos que prometían pecados capitales.

Este pendejo sabe lo que provoca vestido así. Quiere que lo mire como hembra, no como fanática.
La tensión crecía con cada risa compartida, cada roce accidental de su brazo contra mi hombro. El aire nocturno se cargaba de algo eléctrico, mezclado con el humo de los elotes asados y el perfume de las flores de bugambilia.

¿Y tú, qué? ¿Vienes a purgar culpas o a buscarlas? —me guiñó, su aliento cálido rozando mi oreja.

Me reí, sintiendo el pulso acelerado en mi garganta.

Las dos, wey. Pero contigo de Jesús, mejor pecar.

Así nomás, nos fuimos caminando por callejones oscuros hasta su cuartito en una posada antigua. La puerta se cerró con un clic que sonó como una promesa. Adentro, olía a sábila y a hombre: su loción barata mezclada con sudor fresco. Me empujó suave contra la pared, sus manos grandes en mis caderas.

Eres una tentación del demonio, Ana —murmuró, su boca a centímetros de la mía.

El beso fue hambre pura. Sus labios ásperos por la barba incipiente devoraron los míos, lengua invadiendo con sabor a cerveza y sal. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su espalda aún marcada por la cruz. Se sentía duro por todos lados: el pecho contra mis tetas, la verga presionando mi muslo a través de los pantalones raídos.

Me quitó el vestido de un tirón, exponiendo mi piel al aire fresco. Sus ojos se oscurecieron devorándome: pezones erectos, vientre suave, el triángulo húmedo entre mis piernas.

Chíngame, estás rica —gruñó, arrodillándose.

Su lengua trazó caminos ardientes desde mi ombligo hasta abajo. El roce húmedo, caliente, me hizo arquear la espalda. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mientras él lamía mis labios mayores, chupando el clítoris con maestría.

Sí, así, cabrón... me vas a hacer venir como virgen en burdel.
Mis muslos temblaban, el sonido de su succión obsceno en la habitación silenciosa. Jadeos míos rebotando en las paredes de adobe.

Lo jalé arriba, desesperada por sentirlo dentro. Le bajé los pantalones: su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, y la masturbé lento mientras él me besaba el cuello, mordisqueando.

Te quiero adentro, Raúl. Fuerte, como si cargaras la cruz en mí —le supliqué.

Me levantó como pluma, piernas alrededor de su cintura, y me penetró de un embestida. Ay, wey... Lleno, estirándome hasta el fondo. El dolor placer inicial dio paso a un ritmo brutal: él chocando contra mí, piel contra piel, slap slap slap ecoando. Sudor goteando de su frente a mis tetas, salado en mi lengua cuando lo lamí.

Cambié de posición, cabalgándolo en la cama chirriante. Sus manos amasando mis nalgas, dedos hurgando mi ano juguetón.

Este Jesús sabe de paraísos prohibidos.
Rebotaba, mis paredes apretándolo, oliendo nuestro sexo mezclado: almizcle, sudor, esencia de hembra en celo. Él gruñía palabras sucias:

Córrete en mi verga, puta santa... agárrate de la cruz que soy yo.

La tensión subió como marea: vientre contrayéndose, pulso latiendo en oídos, visión nublada. Explote en oleadas, gritando su nombre, jugos chorreando por sus bolas. Él siguió bombeando, prolongando mi orgasmo hasta que rugió, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar adentro.

Colapsamos, enredados, piel pegajosa y palpitante. Su corazón tronaba contra mi mejilla, aliento entrecortado en mi pelo. Afuera, las campanas repicaban la medianoche, pero aquí dentro solo existía el afterglow: paz pecaminosa, músculos laxos, sonrisas tontas.

Neta, el mejor Viernes Santo de mi vida —susurró, acariciando mi espalda.

Me acurruqué, oliendo su piel marcada por la pasión real.

El actor de Jesús en la Pasión de Cristo me salvó de la rutina... o me condenó a querer más.
Y en ese cuartito de Taxco, supe que el verdadero calvario era resistir volver por otra ronda.

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