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Pasion Prohibida Capitulo 44 Parte 2 Fuego Prohibido

7367 palabras

Pasion Prohibida Capitulo 44 Parte 2 Fuego Prohibido

Ana sentía el corazón latiéndole como tambor en el pecho mientras subía las escaleras del hotel boutique en Polanco. El aroma a jazmín flotaba en el aire cálido de la noche mexicana, mezclado con el perfume sutil de su loción favorita, esa que Marco siempre decía que lo volvía loco. ¿Y si alguien nos ve? pensó, mordiéndose el labio inferior. Pero la idea de su piel contra la de él borraba cualquier duda. Habían acordado este encuentro semanas atrás, un capitulo más en su pasion prohibida, como ella lo llamaba en sus notas secretas del celular. Capitulo 44 parte 2, anotó mentalmente, sonriendo con picardía.

La puerta de la suite se abrió antes de que tocara. Ahí estaba Marco, con esa camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho, oliendo a colonia fresca y a hombre deseoso. "Ven acá, mi reina", murmuró con esa voz ronca que le erizaba la piel. La jaló adentro, cerrando la puerta con un clic que sonó como promesa. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila reposado que él había probado minutos antes. Ana gimió bajito, sintiendo sus manos grandes recorrer su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas con fuerza juguetona.

"

Te extrañé tanto, wey
", susurró ella contra su boca, usando ese slang cariñoso que solo salía en momentos así. Marco rio suave, ese sonido grave que vibraba en su pecho y se transmitía directo a su centro. La llevó hacia la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que crujían bajo sus cuerpos. La ciudad brillaba a través de las cortinas sheer, luces de neón parpadeando como testigos mudos de su secreto. Ana se quitó los tacones con prisa, el sonido de ellos cayendo al piso como un preludio. Él la miró con ojos oscuros, llenos de hambre. "Eres lo más chido que me ha pasado, Ana", dijo, mientras le quitaba el vestido rojo ceñido, revelando la lencería negra de encaje que había comprado pensando en él.

En el principio de todo, Ana era la esposa perfecta: casa en Lomas, cenas con amigos, risas fingidas con su marido Javier. Pero Marco, el carnal de la infancia de Javier, el que siempre había estado ahí en las parrilladas y las fiestas, se había convertido en su obsesión. Un roce accidental en una boda familiar, una mirada que duró demasiado, y boom: pasion prohibida. Ahora, en esta suite con vistas al skyline, el conflicto inicial rugía en su mente. Si Javier se entera, se arma el desmadre. Pero el deseo era más fuerte, como el picor de chile en la lengua que pide más.

Marco la recostó despacio, besando su cuello, inhalando el olor salado de su piel sudada por la anticipación. Sus labios bajaron por el valle de sus senos, liberándolos del brasier con dientes juguetones. Ana arqueó la espalda, gimiendo cuando su lengua rodeó un pezón endurecido, chupándolo con succiones lentas que enviaban descargas eléctricas directo a su entrepierna. "¡Órale, Marco! Así, no pares", jadeó ella, enredando los dedos en su cabello negro revuelto. Él sonrió contra su piel, bajando más, trazando un camino de besos húmedos por su vientre plano, deteniéndose en el ombligo para lamerlo con devoción.

El cuarto se llenaba de sus respiraciones agitadas, el aire cargado con el musk de sus excitaciones. Ana sentía el calor subirle por las mejillas, el pulso latiéndole en las sienes. Marco separó sus muslos con gentileza, admirando la humedad que brillaba en sus bragas. "Estás empapada por mí, ¿verdad, mamacita?", ronroneó, rozando con los dedos sobre la tela. Ella asintió, mordiéndose el puño para no gritar. Él quitó la prenda despacio, exponiéndola al aire fresco que la hizo temblar. Su aliento caliente contra su clítoris la volvió loca; luego, su lengua la tocó, plana y firme, lamiendo de abajo arriba en movimientos largos y tortuosos.

Esto es pecado, pero qué rico pecado
, pensó Ana mientras sus caderas se mecían solas, buscando más presión. Marco la devoraba como si fuera su postre favorito, chupando su néctar con gemidos de placer propio. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos para rozar ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido obsceno de su boca trabajando, mezclado con sus jadeos, llenaba la habitación. Ella se corrió primero, un orgasmo que la sacudió como terremoto, gritando su nombre mientras sus paredes internas lo apretaban. "¡Marco, cabrón, me matas!"

Pero no pararon. Marco se quitó la ropa con prisa, revelando su erección dura y venosa, palpitando por ella. Ana se lamió los labios, saboreando el residuo salado de su propia excitación en su boca de un beso previo. Se arrodilló en la cama, tomándolo en la mano, sintiendo el calor y la suavidad de la piel sobre el acero. Lo miró a los ojos mientras lo lamía desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado y almizclado. "Sabes a puro vicio", murmuró, antes de engullirlo profundo, usando la lengua en espirales. Marco gruñó, agarrando las sábanas, sus abdominales contrayéndose con cada succion.

La tensión escalaba, emocional y física. En su mente, Ana luchaba: Esto no es solo sexo, es amor prohibido. ¿Cuánto más aguantaremos? Pero el presente la reclamaba. Marco la levantó, poniéndola a horcajadas sobre él. Ella descendió despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo. El estiramiento delicioso, la fricción perfecta. Comenzaron a moverse, ella rebotando con ritmo creciente, sus senos saltando hipnóticos. Él agarraba sus caderas, guiándola, embistiendo hacia arriba con fuerza controlada. El slap de piel contra piel resonaba, sudor perlando sus cuerpos, el olor a sexo crudo impregnando todo.

"Más fuerte, amor, dame todo", suplicó Ana, clavando las uñas en su pecho. Marco obedeció, volteándola para ponerla de rodillas, penetrándola por detrás con una embestida profunda que la hizo gritar de placer. Sus bolas golpeaban su clítoris con cada thrust, sus manos amasando sus nalgas. Ella se tocaba el botón hinchado, acelerando el fuego. El clímax los alcanzó juntos: él se hinchó dentro de ella, corriéndose con un rugido gutural, chorros calientes llenándola mientras ella explotaba de nuevo, piernas temblando, visión borrosa.

Colapsaron en la cama, jadeantes, envueltos en el afterglow. Marco la abrazó por detrás, besando su hombro húmedo. El aroma a jazmín ahora se mezclaba con el de sus fluidos compartidos, un perfume íntimo y adictivo. Ana giró para mirarlo, trazando su mandíbula con el dedo. "

Esto es nuestro capitulo 44 parte 2, ¿no? Pura pasion prohibida
", dijo riendo bajito. Él asintió, serio de repente. "Pero neta, Ana, merecemos más que escondites. Piensa en nosotros".

Ella suspiró, el conflicto regresando como sombra suave. El deseo inicial se había transformado en algo profundo, un lazo que dolía al separarse. Mañana volvería a su vida de apariencias, pero esta noche, en sus brazos, se sentía viva, empoderada, dueña de su placer. Besó su pecho, escuchando su corazón calmarse al unísono con el suyo. La ciudad seguía brillando afuera, indiferente, pero dentro de esa suite, su mundo era perfecto, prohibido y eterno.

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