Pasion de Lobos Bajo la Luna
La noche en las sierras de Chihuahua se sentía viva, como si el aire mismo respirara con el pulso de la tierra. Ana había llegado a esa cabaña rústica buscando escapar del ruido de la ciudad, del ajetreo que la ahogaba en México. El aroma de los pinos y la tierra húmeda la envolvía, y el sonido lejano de un coyote aullando le erizaba la piel. No esperaba encontrarse con Javier, el ranchero que cuidaba las tierras de su familia. Alto, de hombros anchos y ojos color ámbar que brillaban como los de un lobo en acecho, Javier la miró desde el porche con una sonrisa perezosa.
¿Qué carajos hace esta chilanga aquí sola? pensó él, pero su voz salió ronca y cálida cuando la saludó. Buenas noches, mija. ¿Todo bien con la cabaña?
Ana sintió un cosquilleo en el estómago. Su piel morena brillaba bajo la luz de la luna llena, y el olor a cuero y humo de fogata que emanaba de él la mareaba. Sí, wey, perfecto. Solo... necesitaba aire puro
, respondió ella, notando cómo su mirada se deslizaba por sus curvas, marcadas por el vestido ligero que se pegaba a su cuerpo por el calor del día.
Se sentaron en el porche con unas chelas frías, el condesado resbalando por las botellas. Javier contó leyendas de la zona, de lobos que rondaban las montañas, guardianes feroces con una pasion de lobos que ardía en sus venas. Se dice que cuando la luna está llena, despiertan esa hambre salvaje, neta que no se controla
, murmuró, su voz baja como un gruñido. Ana rio, pero sus ojos se clavaron en los labios de él, gruesos y tentadores. El deseo inicial era como una chispa: el roce accidental de sus rodillas, el calor de su aliento cuando se inclinaba a contar más.
La tensión crecía con cada sorbo. Ana sentía su pulso acelerado, el calor subiendo por su pecho. Este pendejo me está volviendo loca con esa mirada lobuna, pensó, cruzando las piernas para calmar el hormigueo entre ellas.
La luna trepaba más alto, bañando todo en plata. Javier se levantó y extendió la mano. Ven, te muestro algo chido
. La llevó por un sendero, sus botas crujiendo sobre las hojas secas. El aire olía a salvia y a él: sudor masculino mezclado con tierra. Llegaron a un claro donde un arroyo murmuraba, y él sacó una cobija del morral. Se acostaron a mirar las estrellas, cuerpos cercanos, el roce de sus brazos enviando descargas eléctricas.
¿Sabes qué es la pasion de lobos, Ana?
preguntó él, girándose hacia ella. Su mano rozó su cintura, y ella jadeó suavemente. Es cuando el instinto te domina, cuando quieres devorar al otro sin piedad, pero con todo el fuego del alma
. Sus palabras eran un susurro ronco, y Ana sintió su aliento caliente en el cuello. El deseo explotó: ella se volteó, presionando sus labios contra los de él. Sabían a cerveza y a promesas salvajes, lenguas enredándose con hambre urgente.
Las manos de Javier exploraban, grandes y callosas, deslizándose bajo su vestido. Tocaban su piel suave, subiendo por los muslos hasta encontrar el calor húmedo entre sus piernas. Qué rica estás, mamacita, gruñó contra su boca, mientras ella arañaba su espalda, sintiendo los músculos duros como rocas bajo la camisa. Ana lo empujó hacia atrás, montándose a horcajadas sobre él. El sonido de sus respiraciones agitadas se mezclaba con el agua del arroyo y el viento en los pinos. Olía a sexo inminente, a su excitación empapando las bragas que él le quitó de un jalón.
Se desvistieron con prisa febril. La piel de Javier era cálida, salada al gusto cuando ella lamió su pecho, bajando hasta la erección dura que palpitaba contra su vientre. Chúpamela, corazón
, pidió él, y Ana obedeció, tomando su verga gruesa en la boca, saboreando el precum salado mientras él gemía como un lobo herido. Sus caderas se movían, follándole la boca con ritmo creciente, pero ella lo detuvo, queriendo más.
Lo necesito dentro, ya, pendejo, pensó, guiándolo hacia su entrada resbaladiza. Javier la penetró de un solo empujón profundo, llenándola por completo. ¡Ay, qué chingón!
gritó ella, el placer punzante expandiéndose desde su centro. Cabalgaba con furia, sus tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él la sujetaba por las caderas, embistiéndola desde abajo, el slap-slap de piel contra piel resonando en la noche. Sudor perlando sus cuerpos, el olor almizclado de su unión intensificándose.
La intensidad subía. Javier la volteó, poniéndola de rodillas sobre la cobija. Entró por atrás, profundo y salvaje, una mano en su clítoris frotando en círculos. ¡Sí, así, no pares, wey! ¡Me vengo!
Ana gritaba, el orgasmo rompiéndola en oleadas, contrayéndose alrededor de él. Él gruñía, acelerando, hasta que se corrió dentro, chorros calientes llenándola mientras mordía su hombro suavemente, como un lobo marcando a su hembra.
Jadeantes, colapsaron juntos. El afterglow era dulce: Javier la abrazaba, besando su frente sudorosa. El arroyo seguía cantando, la luna testigo de su unión. Ana sentía su semen goteando entre sus muslos, un recordatorio pegajoso y satisfactorio. Esta pasion de lobos me ha cambiado, neta. Quiero más noches así, reflexionó, acurrucándose en su pecho que subía y bajaba.
Regresaron a la cabaña al amanecer, manos entrelazadas. Javier prometió más leyendas, más fuego. Ana sonrió, sabiendo que había encontrado su manada en él. La sierra guardaría su secreto, pero su piel llevaría para siempre el aroma de esa pasión indomable.