Pasion de Gavilanes Capitulo 163 Fuego en las Venas
La noche en la hacienda de las afueras de Guadalajara caía como un manto caliente y pegajoso. Sofia, con su piel morena brillando bajo la luz tenue de las velas, se recostaba en el sofá de cuero viejo, el aire cargado del olor a jazmín del jardín y el humo ligero de la chimenea. Frente a ella, la televisión parpadeaba con las imágenes de Pasión de Gavilanes capítulo 163, esa escena donde los hermanos Reyes se entregaban a la pasión más cruda, sin frenos. Diego, su hombre, alto y fornido como un toro de las tierras mexiquenses, entraba a la sala con dos tequilas en las manos, el cristal tintineando suavemente.
"Mira, mi reina, justo el capítulo que tanto te pone caliente", dijo él con esa voz ronca que le erizaba la piel, entregándole el vaso. Sofia lo tomó, sus dedos rozando los de él, un chispazo eléctrico que le recorrió el brazo hasta el pecho. El tequila bajó ardiente por su garganta, saboreando el agave puro, mientras en la pantalla los amantes se devoraban con besos fieros. Ella sentía el calor subirle por las piernas, el short de algodón pegándose a sus muslos húmedos.
Diego se sentó a su lado, su muslo musculoso presionando contra el de ella. Qué hombre tan chingón, pensó Sofia, oliendo su colonia fresca mezclada con el sudor limpio de un día de trabajo en el rancho. La tensión ya estaba ahí, latiendo como un corazón acelerado. En la tele, la música dramática subía, y los gemidos ficticios llenaban la habitación. "Es como nosotros, ¿no? Esa pasión de gavilanes que no se apaga", murmuró él, su mano grande posándose en la rodilla de ella, subiendo despacio, trazando círculos con el pulgar.
Sofia giró la cabeza, sus ojos negros clavándose en los de él, oscuros como el mezcal. "Sí, Diego, pero la nuestra es de verdad, carnal". Su voz salió baja, juguetona, con ese acento tapatío que lo volvía loco. El roce de su piel contra la suya era como fuego lento, el vello de su pierna raspando suave. Ella dejó el vaso en la mesa, el hielo chocando, y se acercó, sus pechos rozando el brazo de él a través de la blusa ligera. El deseo crecía, un nudo apretado en el vientre de Sofia, imaginando ya sus manos explorándola como en esas novelas que tanto le gustaban.
"Ven, pendejo, no me hagas esperar", pensó ella, mordiéndose el labio.
Acto seguido, Diego apagó la tele con el control, el silencio roto solo por sus respiraciones pesadas. La habitación se sentía más chica, más íntima, el aroma de sus cuerpos mezclándose: ella a vainilla y deseo, él a tierra y hombre. La besó entonces, un beso hambriento, labios carnosos aplastando los suyos, lenguas enredándose con sabor a tequila y sal. Sofia gimió bajito, el sonido vibrando en su pecho, mientras sus manos subían por la espalda de él, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa.
El beso se profundizó, él la jaló a su regazo, sus nalgas acomodándose sobre la dureza que ya palpitaba en los jeans de Diego. ¡Madre mía, qué verga tan dura!, jadeó ella en su mente, moviéndose despacio, frotándose contra él. El roce era delicioso, tela contra tela, el calor traspasando. Sus manos bajaron a los botones de la camisa de él, desabrochándolos uno a uno, revelando el pecho velludo, oliendo a sudor fresco. Lo lamió ahí, lengua plana saboreando la piel salada, mientras él gruñía, manos amasando sus tetas por encima de la blusa.
"Quítatela, mi amor, déjame verte", ronroneó Diego, voz entrecortada. Sofia obedeció, levantando los brazos, la blusa volando al piso. Sus pechos libres, pezones duros como piedras, expuestos al aire fresco. Él los tomó, pellizcando suave, chupando uno con hambre, el sonido húmedo de succión llenando el aire. Ella arqueó la espalda, uñas clavándose en sus hombros, el placer punzando directo al clítoris hinchado. "¡Ay, Diego, sí, así, chúpame más fuerte!", suplicó, voz chillona de puro gozo.
La tensión escalaba, sus cuerpos sudando ahora, el sofá crujiendo bajo el peso. Diego la recostó, besando su cuello, mordisqueando la clavícula, bajando por el ombligo. Sofia abrió las piernas instintivo, el short empapado pegado a su panocha palpitante. Él lo desató con dientes, el aliento caliente rozando su piel sensible. "Hueles a miel, nena", murmuró, inhalando profundo, nariz contra la tela húmeda. Ella temblaba, manos enredadas en su pelo negro, tirando suave.
Cuando el short cayó, Sofia quedó expuesta, piernas abiertas, el aire fresco besando su intimidad mojada. Diego la miró, ojos ardiendo. "Eres mi reina, la más chula". Lamida su chochita despacio, lengua plana desde el ano hasta el clítoris, saboreando el jugo salado-dulce. Sofia gritó, caderas alzándose, el placer como olas rompiendo. Esto es mejor que cualquier capítulo de Pasión de Gavilanes, pensó, mientras él metía un dedo grueso, curvándolo adentro, frotando ese punto que la volvía loca. Otro dedo se unió, bombeando lento, lengua girando en el botón hinchado. El sonido era obsceno, chapoteo húmedo, sus gemidos altos y sin vergüenza.
"¡No pares, cabrón, me vengo ya!", chilló ella, el orgasmo golpeándola fuerte, piernas temblando, jugos chorreando en la boca de él. Diego lamió todo, bebiendo su placer, hasta que ella lo jaló arriba, besándolo, probando su propio sabor en su lengua.
Ahora era su turno. Sofia lo empujó al sofá, rodillas en el piso, manos temblorosas abriendo el zipper. La verga saltó libre, gruesa y venosa, cabeza roja brillando de pre-semen. "¡Qué pinga tan rica, mi rey!", exclamó, oliendo el almizcle masculino puro. La tomó en la mano, masturbándola lento, lengua lamiendo la punta, saboreando la sal. Diego gruñó, cabeza echada atrás, manos en su pelo guiándola. Ella lo chupó profundo, garganta relajada, saliva goteando, el sonido de succión resonando. Arriba y abajo, rápido ahora, bolas pesadas golpeando su barbilla.
"Métemela ya, Sofia, no aguanto", suplicó él, voz rota. Ella sonrió pícara, subiendo a horcajadas, guiando la verga a su entrada resbalosa. Bajó despacio, centímetro a centímetro, el estirón delicioso, llenándola hasta el fondo. "¡Ay, sí, qué chingón te sientes!", jadeó, empezando a cabalgar, tetas rebotando, sudor perlando su piel. Diego embestía arriba, manos en sus caderas, piel contra piel chocando con palmadas húmedas. El olor a sexo llenaba todo, mezclado con tequila y jazmín.
La intensidad crecía, ella clavándole uñas en el pecho, él pellizcándole el culo. Cambiaron, él encima ahora, piernas de ella sobre sus hombros, metiendo profundo, cada embestida golpeando su G-spot. "¡Cógeme más duro, Diego, rómpeme!", gritaba Sofia, visión borrosa de placer. Él aceleró, gruñendo como animal, el sofá temblando. El clímax los alcanzó juntos, ella contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo, él vaciando chorros calientes adentro, rugiendo su nombre.
Colapsaron, cuerpos entrelazados, sudor enfriándose, respiraciones calmándose. Diego la besó suave en la frente, oliendo su pelo. "Eso fue como Pasión de Gavilanes capítulo 163, pero mil veces mejor, mi vida". Sofia rio bajito, mano trazando círculos en su pecho. Sí, y mañana repetimos, pensó, el corazón lleno de amor y satisfacción. La noche los envolvió, paz profunda, sabiendo que su pasión era eterna, como esas gavilanes en vuelo libre.