Pasión Cap 72 El Fuego que Quema
La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que se pega a la piel como una promesa. Ana caminaba por las calles iluminadas, con el vestido rojo ceñido que le marcaba cada curva, sintiendo el roce suave de la tela contra sus muslos. Hacía calor, neta, pero no era solo el clima; era esa pasión cap 72 que le bullía por dentro, como si su vida fuera una novela erótica y este fuera el capítulo donde todo explotaba. Llevaba meses fantaseando con Diego, ese carnal alto y moreno que siempre la miraba con ojos de querer comérsela viva en la oficina.
Se habían visto por primera vez en una junta de trabajo, él con su camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en el pecho, oliendo a colonia cara mezclada con sudor fresco. "Qué chida morra", le había dicho una vez en el pasillo, con esa sonrisa pícara que le hacía cosquillas en el estómago. Ana no era de las que se rajaban; a sus 28 años, sabía lo que quería. Y lo que quería era sentirlo encima, piel con piel, sin prisas ni pendejadas.
Entró al bar, el lugar vibraba con salsa bajita y risas de gente bien. El aire olía a tequila reposado y jazmines del jardín interior. Lo vio de inmediato, sentado en la barra, con una cerveza en la mano. Sus ojos se clavaron en ella como imanes.
"Mírala, neta que está para chingarla toda la noche",pensó Diego, mientras su pulso se aceleraba. Ana se acercó, contoneando las caderas, y se sentó a su lado.
—Órale, güey, ¿qué onda? —dijo ella, con voz ronca, rozando su brazo con los dedos.
—Pura vida contigo aquí, Ana. Te ves riquísima —respondió él, su aliento cálido contra su oreja.
Charlaron de todo y nada, pero el aire entre ellos chispeaba. Cada roce accidental —su rodilla contra la de él, sus dedos en el vaso compartido— era como electricidad. Ana sentía el calor subirle por el cuello, el aroma de su piel masculina invadiéndola, mezcla de loción y deseo crudo. Pidieron shots de tequila, y al brindar, sus labios se rozaron al borde del vaso. Ya valió, esta noche es mía, se dijo ella.
La tensión crecía como una tormenta. Diego le contó de su viaje a la playa, cómo el mar lo ponía cachondo pensando en cuerpos mojados. Ana rio, pero por dentro ardía.
"Quiere decirme que me imagina desnuda en la arena, el agua lamiéndome las tetas". Su mano bajó a su muslo bajo la barra, y ella no la apartó; al contrario, la apretó contra su piel suave.
—Vámonos de aquí, carnal —susurró ella, lamiéndose los labios.
Salieron tomados de la mano, el bullicio de la calle contrastando con el silencio cargado entre ellos. Caminaron hasta su depa en una torre reluciente, el ascensor oliendo a limpio y anticipación. Apenas cerraron la puerta, Diego la acorraló contra la pared, sus labios devorando los de ella. Sabían a tequila y menta, lenguas enredándose con hambre. Ana gimió bajito, sintiendo su verga dura presionando contra su vientre.
Las manos de él subieron por su espalda, bajando el zipper del vestido con dedos temblorosos de pura urgencia. La tela cayó al suelo como una cascada roja, dejando sus tetas al aire, pezones duros como piedras. Qué chingón se siente su mirada devorándome, pensó Ana, mientras él lamía su cuello, bajando hasta morderle suave un pezón. El placer le recorrió la espina como fuego líquido.
Diego la cargó hasta la cama king size, las sábanas frescas de algodón egipcio crujiendo bajo su peso. La recostó despacio, admirándola. —Eres una diosa, neta —dijo, quitándose la camisa. Su torso era puro músculo trabajado, abdomen marcado, piel morena brillando bajo la luz tenue. Ana extendió las manos, arañando suave su pecho, oliendo su sudor fresco, ese olor a hombre que la volvía loca.
Se besaron de nuevo, más lento ahora, saboreando. Sus lenguas bailaban, mientras las manos exploraban. Ella bajó la suya hasta su pantalón, sintiendo la verga palpitante bajo la tela. Qué mamalona, pensó, mordiéndose el labio. La liberó, dura y gruesa, venosa, con la cabeza brillando de precum. La acarició despacio, sintiendo el pulso acelerado, el calor que emanaba.
—Chúpamela, Ana —rogó él, voz ronca.
Ella sonrió pícara, se arrodilló en la cama. Tomó su verga en la boca, lengua girando alrededor de la cabeza, saboreando el salado dulce. Diego gruñó, manos en su pelo, empujando suave. El sonido de succión húmeda llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos. Ana lo mamaba con ganas, profunda, sintiendo cómo se hinchaba más en su garganta.
"Me encanta cómo gime, como si yo fuera su mundo".
Pero no quería que terminara tan pronto. Lo empujó de vuelta, montándose a horcajadas. Se quitó el tanga de encaje negro, revelando su concha depilada, ya mojada y hinchada. El aroma de su excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce. Diego la miró hipnotizado, dedos abriendo sus labios rosados, frotando el clítoris endurecido.
—Estás chorreando, morra —dijo, metiendo dos dedos adentro, curvándolos para tocar ese punto que la hacía arquearse.
Ana cabalgó sus dedos, tetas rebotando, gemidos escapando libres. Sus dedos son mágicos, me van a hacer venir ya. El sonido chapoteante de su coño empapado era obsceno, delicioso. Él lamía sus pezones mientras la follaba con la mano, pulgar en el clítoris. La tensión subía, sus músculos tensándose, el orgasmo construyéndose como una ola.
—¡No pares, pendejo! —gritó ella, clavando uñas en sus hombros.
Vino fuerte, el cuerpo convulsionando, chorros de jugo empapando su mano. Diego la besó en la boca, tragándose sus gritos. La volteó boca abajo, besando su espalda, bajando hasta morderle las nalgas firmes. Separó sus cachetes, lengua lamiendo su ano arrugado y luego su coño goteante. Ana empujaba contra su cara, sintiendo la barba raspando su piel sensible.
—Métemela ya, Diego. Quiero sentirte adentro —suplicó, voz entrecortada.
Él se posicionó, la cabeza de su verga rozando la entrada. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gimieron al unísono. Está tan apretada, tan caliente, pensó él, mientras empezaba a bombear. El slap slap de piel contra piel resonaba, sudor perlando sus cuerpos.
Ana se arqueaba, sintiendo cada vena rozando sus paredes, el glande golpeando profundo.
"Es como si me llenara el alma, neta que esto es pasión pura". Cambiaron posiciones: ella de rodillas, él atrás, jalándole el pelo suave mientras la taladraba. Sus bolas chocaban contra su clítoris, mandándola al borde otra vez.
—¡Más fuerte, carnal! ¡Fóllame como animal! —exigía ella.
Diego obedecía, sudor goteando de su frente al lomo de ella, olor a sexo impregnando todo. La tensión era insoportable, sus respiraciones sincronizadas en jadeos salvajes. Ana vino de nuevo, coño contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándola. Eso lo llevó al límite.
—Me vengo, Ana... —gruñó, saliendo justo a tiempo para eyacular chorros calientes en su espalda, pintándola de blanco cremoso.
Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El cuarto olía a sexo crudo, a ellos. Diego la abrazó por detrás, besando su hombro. —Eso fue pasión cap 72, la mejor hasta ahora —murmuró, riendo bajito.
Ana sonrió, girando para besarlo lento. Cap 72 de mi vida erótica, y qué chingonería. Se quedaron así, pulsos calmándose, el mundo afuera olvidado. Mañana sería otro día, pero esta noche, el fuego los había consumido y renacido. En sus mentes, ya planeaban el cap 73.