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Dibujando Pasiones

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Dibujando Pasiones

En el corazón de Coyoacán, donde las calles empedradas huelen a jazmín y tortillas recién hechas, tienes tu taller de arte. La luz del atardecer se filtra por las ventanas altas, bañando el espacio en un calor dorado que hace que el aire vibre. Tú, con tus manos manchadas de carbón y tus ojos hambrientos de formas, esperas a Ana. Ella es tu musa, tu amante, esa morena de curvas que te vuelve loco con solo una mirada. Hoy han quedado en algo especial: un retrato vivo, un dibujo de pasiones que capture el fuego que arde entre ustedes.

Ana llega puntual, como siempre, con un vestido floreado que se pega a su piel sudada por el caminito desde el mercado. "Órale, güey, ¿listo pa'l desmadre artístico?" dice riendo, su voz ronca como el maíz tostado. Tú sonríes, sientes el pulso acelerarse en tu cuello. "Neta, Ana, hoy vamos a sacar todo. Quítate eso y posa." Ella se muerde el labio, sus ojos cafés brillando con picardía. Lentamente, se desabotona el vestido, dejando que caiga al piso con un susurro suave. Su cuerpo desnudo emerge: pechos firmes con pezones oscuros ya endurecidos por el aire fresco, caderas anchas que invitan a ser trazadas, y entre sus muslos, un triángulo de vello negro que promete secretos húmedos.

Te sientas frente al caballete, el lápiz en la mano temblando un poco. El olor de su piel, mezcla de sudor salado y perfume de gardenias, te envuelve como una niebla. Empiezas a dibujar: la curva de su hombro, el hueco de su clavícula donde late una vena.

"Piensas: Carajo, qué chingona es. Cada línea que trazo es como acariciar su carne, sentir cómo se calienta bajo mis dedos."
Ana posa de lado, una mano en la cadera, la otra jugueteando con su pelo suelto. "¿Te gusta lo que ves, artista?" pregunta, su voz un ronroneo que hace eco en las paredes de adobe.

El tiempo se estira mientras el dibujo cobra vida. Tus trazos se vuelven más audaces: delineas sus pechos, el peso de ellos, cómo se mecen levemente con su respiración. Sientes el calor subir por tu entrepierna, tu verga endureciéndose contra el jeans raído. Ella lo nota, porque su mirada baja y se lame los labios. "Estás calentón, ¿verdad? Neta, se te nota el bulto." Tú ríes nervioso, pero no paras. El carbón raspa el papel con un sonido áspero, como uñas en la piel. El taller huele ahora a deseo: su excitación dulce y almizclada se mezcla con el tuyo, pesado y terroso.

De pronto, Ana se mueve. Baja la mano despacio por su vientre plano, hasta rozar su monte de Venus. "No puedo estarme quieta, carnal. Este dibujo de pasiones me está poniendo mojada." Tú dejas el lápiz, el corazón latiéndote en los oídos como un tambor azteca. Te levantas, el piso de madera cruje bajo tus pies. "Ven acá, pendeja," murmuras, y la jalas hacia ti. Sus tetas chocan contra tu pecho, suaves y calientes, los pezones como piedritas duras. La besas con hambre, lengua invadiendo su boca que sabe a chicle de tamarindo y promesas.

Sus manos bajan a tu pantalón, desabrochándolo con dedos ansiosos. Sientes el aire fresco en tu verga liberada, dura como piedra, la cabeza ya brillando de precúm. "Qué vergón tan chido tienes," suspira ella, arrodillándose. Su aliento caliente roza tu piel, enviando chispas por tu espina. La boca de Ana envuelve tu glande, succionando con maestría, lengua girando como un remolino. Gimes fuerte, el sonido rebotando en el taller. Touch: su saliva tibia resbalando por tu tronco, manos apretando tus bolas pesadas. El sabor salado de tu propia excitación en su lengua, que ella saborea con un "mmm" gutural.

La levantas, la sientas en la mesa de trabajo, papeles y pinceles volando al suelo con estrépito. Sus piernas se abren como pétalos, revelando su concha rosada e hinchada, jugos brillando a la luz del sol poniente. "Métemela ya, no mames," suplica, clavando uñas en tus hombros. Tú te posicionas, la punta de tu verga rozando sus labios húmedos, untándose en su miel. Empujas lento, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes te aprietan como un guante caliente y resbaloso. Ella arquea la espalda, un grito ahogado escapando: "¡Ay, cabrón, qué rico!"

El ritmo empieza pausado, cada embestida un choque húmedo y sonoro, piel contra piel. El olor de sus jugos, ácido y dulce como mango maduro, llena el aire. Tus manos recorren su cuerpo: aprietas sus nalgas firmes, pellizcas pezones que ella lame con gemidos.

"Piensas: Esto es el verdadero arte, no el papel. Sentir cómo tiembla, cómo se moja más con cada pija."
Ana te araña la espalda, dejando surcos rojos que arden deliciosamente. Acelera, sus caderas chocando contra las tuyas, el sudor perlando sus tetas, goteando hasta mezclarse en su ombligo.

La volteas, poniéndola a cuatro patas sobre la mesa. Su culo redondo se ofrece, perfecto para tus manos. Le das una nalgada juguetona, el clap resonando, y ella ríe: "¡Más, güey, no seas rajón!" Vuelves a entrar, profundo, golpeando su clítoris con cada thrust. Sus paredes palpitan, ordeñándote, y sientes el orgasmo construyéndose como una ola en el Pacífico. "Me vengo, Ana, neta me vengo," gruñes. Ella gira la cabeza, ojos vidriosos: "Adentro, lléname, amor."

Explosiona todo: tu leche caliente brotando en chorros dentro de ella, su concha convulsionando en espasmos que te exprimen hasta la última gota. Gritas juntos, un aullido primal que ahuyenta a los pájaros del jardín. Colapsan sobre la mesa, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos, respiraciones entrecortadas como viento en las sierras. Su piel contra la tuya es un horno suave, el corazón de ella latiendo al ritmo del tuyo.

Después, en el afterglow, la abrazas mientras el sol se hunde, tiñendo el taller de púrpura. Ana acaricia el dibujo a medio terminar, riendo bajito. "Mira, carnal, ahí están nuestras pasiones en dibujo. Pero la neta es que el original es mejor." Tú besas su cuello salado, inhalando su esencia ahora calmada, satisfecha. Sight: su piel sonrosada, marcas de tus dedos como firmas de amor. Sound: el zumbido de la ciudad lejana, sus suspiros contentos. Piensas que esto no es solo sexo; es arte vivo, pasiones eternas grabadas en carne y alma.

Y así, en ese taller de Coyoacán, donde el aroma a jazmín se mezcla con el de sus cuerpos unidos, saben que volverán a dibujar pasiones una y otra vez.

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