Violetta Es Mi Pasión Letra De Deseo
La vi por primera vez en esa cantina del centro de Guadalajara, con el mariachi tocando de fondo y el olor a tequila y limón flotando en el aire. Yo era solo un tipo común, güey de veintiocho años que trabajaba en una disquera indie, rodeado de discos y sueños de música que no siempre cuajaban. Pero ella, Violetta, era como una ranchera viva, con su piel morena brillando bajo las luces tenues, el cabello negro cayendo en ondas salvajes hasta la cintura y unos ojos cafés que te chupaban el alma. Llevaba un vestido rojo ajustado que marcaba cada curva de su cuerpo, como si el diseñador hubiera nacido para pecar.
Estaba sentada en la barra, riendo con unas amigas, su voz ronca cortando el bullicio como un trago de mezcal. Me acerqué con una cerveza en la mano, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano. "Órale, preciosa, ¿me das chance de invitarte un trago?", le dije, tratando de sonar casual, pero mi voz salió más temblorosa que un novato en el escenario. Ella giró la cabeza, me midió de arriba abajo con una sonrisa pícara, y contestó: "Pos claro, carnal, pero nomás si me cantas algo chido".
Ahí empezó todo. Saqué valor de quién sabe dónde y le recité unas líneas que se me ocurrieron en el momento, inspirado en ella: "Violetta es mi pasión, letra que quema en mi pecho". Sus amigas soltaron carcajadas, pero ella se mordió el labio, sus ojos clavados en los míos, y sentí un calor subiendo por mi espina dorsal, como si ya estuviéramos desnudos en la intimidad de su mirada.
Nos quedamos platicando toda la noche. Violetta era de aquí de Jalisco, treinta años frescos, maestra de baile en un estudio del Chapalita, con un cuerpo tonificado por el movimiento constante. Hablaba con ese acento tapatío que me volvía loco, soltando "no mames" y "está cañón" como si fueran caricias. Me contó de su pasión por la música ranchera, cómo bailaba salsa en fiestas clandestinas y soñaba con grabar su propia letra. Yo le hablé de mis maquetas olvidadas, y entre risas y toques casuales de manos, el deseo se fue armando como una tormenta de verano.
Salimos de la cantina cuando el sol ya asomaba, el aire fresco de la madrugada oliendo a jazmín y asfalto húmedo. La llevé a mi depa en la colonia Providencia, un lugar modesto pero con vista al Cerro del Cuatro Vientos. En el camino, en mi vochito viejo, su mano rozó mi muslo, y juro que el pulso se me aceleró tanto que casi choco. "Ya párale, Violetta", pensé, "no seas pendejo, ve despacio". Pero ella reía bajito, su perfume a vainilla y algo más salvaje invadiendo el carro.
Esta chava me va a matar, pero qué chingón morir así, me dije mientras subíamos las escaleras, su cadera rozando la mía a propósito.
Adentro, puse un disco de Vicente Fernández, bajo y sensual. Ella se quitó los zapatos, descalza sobre el piso de madera, y empezó a mover las caderas al ritmo. La miré, hipnotizado por el vaivén de sus tetas bajo el vestido, el sudor perlándole el cuello. Me acerqué, mis manos temblando un poco al ponerlas en su cintura. Su piel estaba caliente, suave como terciopelo, y olía a deseo puro, mezclado con el tequila de sus labios.
"Cántame esa letra otra vez", murmuró, pegando su cuerpo al mío. Bailamos así, pegados, mis manos bajando despacio por su espalda, sintiendo cada vértebra, cada curva que gritaba por ser explorada. Le repetí al oído: "Violetta es mi pasión, letra que arde en mi piel". Ella gimió bajito, un sonido que me puso la verga dura como piedra. Sus dedos se enredaron en mi cabello, tirando suave, y me besó con hambre, su lengua saboreando a sal y fuego.
La tensión crecía como el volumen de un corrido épico. La llevé al sillón, sentándola en mi regazo, el vestido subiéndose por sus muslos firmes. Mis manos exploraban, tocando la seda de su ropa interior, húmeda ya por la excitación. "Estás chingona, nena", le susurré, y ella respondió montándome más fuerte, frotándose contra mí. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que enloquece, y el sonido de nuestras respiraciones jadeantes llenaba la habitación.
Pero no quería apresurarme. La bajé al suelo, arrodillándome frente a ella. Le quité el vestido con reverencia, revelando sus pechos perfectos, pezones oscuros endurecidos. Los besé, lamiendo suave, saboreando el salado de su piel. Ella arqueó la espalda, gimiendo "¡Ay, cabrón, no pares!". Mis dedos bajaron, quitándole la tanga, y la encontré empapada, caliente, lista. La toqué despacio, círculos en su clítoris, sintiendo cómo palpitaba bajo mi yema. Su sabor en mis labios cuando la probé fue como néctar prohibido, dulce y ácido a la vez.
La quería toda, pero esto era más que carne; era pasión pura, como las letras que escribo.
Me levantó, jalándome a la cama. Nos desnudamos mutuamente, riendo entre besos. Su cuerpo sobre el mío era un festín: curvas suaves, músculos tensos por el baile, piel que ardía. Me montó, guiando mi verga dentro de ella con un suspiro largo. Estrecha, caliente, envolviéndome como un guante de fuego. Empezó a moverse, lento al principio, sus caderas girando en ese ritmo de salsa que dominaba. El sonido de piel contra piel, chapoteo húmedo, sus gemidos roncos: "Más fuerte, pinche amor".
Yo la agarraba de las nalgas, firmes y redondas, empujando arriba para encontrar su ritmo. Sudábamos juntos, el olor a sexo impregnando el aire, el colchón crujiendo bajo nosotros. Sus tetas rebotaban hipnóticas, y las chupé, mordiendo suave mientras ella aceleraba. Sentía su interior contrayéndose, acercándose al borde. "Violetta es mi pasión", le jadeé, y ella gritó: "¡Letra de mi alma!".
El clímax llegó como un volcán. Ella se tensó, temblando, su coño apretándome en oleadas, gritando mi nombre mientras corría. Yo la seguí segundos después, explotando dentro de ella en chorros calientes, el placer cegándome, un rugido saliendo de mi garganta. Nos quedamos así, unidos, palpitando juntos, el sudor enfriándose en nuestra piel.
Después, en la quietud, con su cabeza en mi pecho, el corazón aún galopando, fumamos un cigarro en la ventana. La ciudad despertaba abajo, pero nosotros flotábamos en el afterglow. "Eres mi musa, Violetta", le dije, besando su frente. Ella sonrió, trazando letras imaginarias en mi piel: "Y tú mi compositor. Esto apenas empieza".
Desde esa noche, "Violetta es mi pasión letra" se convirtió en nuestra canción privada, grabada en vinilo y en el alma. Cada encuentro era una estrofa nueva, llena de fuego y ternura mexicana.