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Pasión y Poder Wikipedia en Carne Viva

6272 palabras

Pasión y Poder Wikipedia en Carne Viva

Ana se recostó en el mullido sofá de su departamento en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito como un secreto compartido. La noche de Ciudad de México brillaba allá afuera, un mar de luces que parpadeaban como promesas lejanas. Aburrida después de un día eterno en la oficina, tomó su teléfono y tecleó "pasion y poder wikipedia". La página cargó al instante, hablando de esa telenovela clásica llena de amores prohibidos, traiciones y, sobre todo, pasión y poder. Ana sonrió pícara, imaginándose como la protagonista, envuelta en brazos fuertes que la dominaban con ternura feroz.

¿Y si alguien así existiera de verdad? Un hombre que supiera manejar el poder como un amante experto, que me hiciera sentir viva con cada orden susurrada.

El calor entre sus piernas la traicionó, un pulso insistente que la hizo apretar los muslos. Decidió salir a una fiesta en la Zona Rosa, ponerse ese vestido rojo ceñido que gritaba ven por mí. El taxi la dejó frente a un rooftop elegante, música electrónica vibrando en el aire cargado de colonia cara y risas coquetas.

Allí estaba él. Diego, alto, moreno, con esa mandíbula cincelada y ojos negros que devoraban. Vestía traje impecable, copa de whisky en mano, hablando con inversionistas como si el mundo le perteneciera. Sus miradas se cruzaron y Ana sintió un escalofrío, como si el destino hubiera copiado el guion de Wikipedia.

Qué onda, guapa —dijo él acercándose, voz grave como ron miel—. Soy Diego. ¿Vienes seguido por acá?

Neta que no, pero esta noche pintaba chido —respondió ella, ladeando la cadera, oliendo su loción amaderada que la mareaba.

Charlaron de todo: de la ciudad loca, de sueños grandes. Ana mencionó la telenovela, riendo. Pasión y poder, wey, como en Wikipedia. Todo drama y fuego. Diego arqueó la ceja, intrigado.

¿Quieres vivirlo? —susurró, su aliento cálido rozándole la oreja—. Mi penthouse está cerca. Sin compromisos, solo... intensidad.

Ana asintió, el corazón latiéndole como tambor. Bajaron en su camioneta blindada, el silencio cargado de electricidad. Al llegar, el elevador privado los envolvió en penumbras suaves, sus manos ya rozándose accidentalmente —o no tanto—.

El penthouse era puro lujo: ventanales del piso al techo con vista al skyline, pieles suaves en el piso, velas aromáticas a vainilla y jazmín encendidas como por arte de magia. Diego la sirvió un tequila reposado, el líquido ámbar quemando dulce en su garganta.

Juguemos —propuso él, quitándose la chaqueta despacio, revelando camisa blanca tensa sobre músculos duros—. Tú eres Julia, la que desafía al poder. Yo, Arturo, el que manda... pero te deja ganar.

Ana tragó saliva, el juego prendiendo chispas en su vientre. Se acercó, dedos temblorosos desabotonando su camisa, sintiendo el calor de su pecho bajo la tela. Piel morena, suave como terciopelo, con vello oscuro que invitaba a recorrerlo con la lengua. Él la tomó por la cintura, fuerte pero gentil, atrayéndola contra su cuerpo firme.

Esto es mejor que cualquier Wikipedia, más real, más mío.

Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y deseo puro. Diego la alzó como pluma, llevándola al sofá king size, depositándola con cuidado reverente. Sus manos expertas bajaron el zipper de su vestido, exponiendo encaje negro que apenas contenía sus senos plenos. Ana jadeó cuando él besó su cuello, barba raspando delicioso, enviando ondas de placer hasta sus entrañas.

Qué chingona te ves, Ana —murmuró, voz ronca—. Me traes al borde, mamacita.

Ella lo empujó juguetona, invirtiendo posiciones. Ahora encima, desabrochó su pantalón, liberando su verga erecta, gruesa y palpitante, coronada de una gota perlada que lamió con deleite salado. Diego gruñó, manos enredadas en su cabello, caderas alzándose instintivas. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con el zumbido lejano de la ciudad.

Ana lo montó lento al principio, frotándose contra él, clítoris hinchado rozando su longitud dura. El aroma de sus sexos excitados flotaba pesado, almizcle adictivo. Él la guió con palmas en sus nalgas, apretando carne suave, dedos hundiendo justo donde dolía rico.

Más fuerte, pendejo —exigió ella, voz entrecortada, cabalgándolo con ritmo creciente.

Diego la volteó de un movimiento fluido, ahora él al mando. La penetró profundo, llenándola centímetro a centímetro, estirándola en éxtasis ardiente. Cada embestida era un choque de cuerpos sudorosos, piel contra piel chapoteando húmeda, sus gemidos sincronizados como sinfonía erótica. Ana clavó uñas en su espalda, oliendo su sudor masculino mezclado con el suyo, dulce y salobre.

El poder fluía entre ellos, alternando: él la dominaba con thrusts potentes, ella lo apretaba con paredes internas, robándole control. Tensiones internas bullían —¿me dejo ir del todo? ¿o lo hago suplicar?—, pero el deseo las disolvía en puro fuego.

Ven conmigo, Julia mía —rugió Diego, acelerando, bolas golpeando suave su trasero.

El clímax la golpeó como ola gigante: músculos convulsionando, jugos calientes brotando, grito ahogado escapando mientras él se derramaba dentro, semen caliente inundándola en pulsos interminables. Colapsaron entrelazados, pechos agitados, piel pegajosa brillando bajo luces tenues.

Después, en la quietud, Diego la acunó, besos suaves en la frente. El skyline parpadeaba indiferente, pero dentro de ellos ardía una conexión nueva.

Pasión y poder, ¿eh? Mejor que en Wikipedia —rió ella bajito, dedo trazando su pecho.

Neta, Ana. Esto apenas empieza —respondió él, ojos prometiendo más noches de dominio compartido.

Ana cerró los ojos, saboreando el afterglow: músculos laxos, corazón sereno, aroma de sexo impregnado en las sábanas. Por primera vez en mucho, se sintió poderosa, dueña de su placer, lista para más capítulos sin guion prestado.

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