Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Abismo de Pasion Capitulo 24 Abismo de Pasion Capitulo 24

Abismo de Pasion Capitulo 24

7747 palabras

Abismo de Pasion Capitulo 24

El sol de Puerto Vallarta se colaba por las cortinas de encaje de mi habitación en la villa, tiñendo todo de un dorado ardiente que hacía que mi piel picara de anticipación. Yo, Ana, había llegado aquí huyendo del ajetreo de la Ciudad de México, buscando un respiro en este paraíso playero. Pero lo que no esperaba era que él apareciera, Marco, mi carnal de la universidad, el wey que me había marcado el alma con sus besos salvajes años atrás. Hacía meses que no lo veía, pero cada noche soñaba con su cuerpo moreno, sudado, presionado contra el mío.

Escuché el ruido de la puerta principal abriéndose, un crujido familiar que me erizó los vellos de la nuca. ¿Será él? pensé, mientras mi corazón latía como tamborazo en una fiesta de pueblo. Me levanté de la cama, solo envuelta en una bata de seda ligera que rozaba mis pezones endurecidos. El aroma del mar salado se mezclaba con el de las flores de bugambilia del jardín, invadiendo mis fosas nasales y avivando el fuego en mi vientre.

Mamacita, ¿sigues tan rica como siempre? —dijo su voz grave, ronca, desde el pasillo. Lo vi recargado en el marco de la puerta, con esa sonrisa pícara que me deshacía. Sus ojos cafés me recorrían de arriba abajo, deteniéndose en el escote donde mi piel brillaba por el sudor del calor tropical.

Me acerqué despacio, sintiendo el pulso acelerado en mi garganta.

¿Por qué carajos me afecta tanto este pendejo? Cada vez que lo veo, mi cuerpo se rinde sin pelear.
Nuestras miradas se engancharon, y el aire se cargó de esa electricidad que solo nosotros generábamos. Sus manos grandes, callosas de tanto trabajar en su taller de motos en Guadalajara, me tomaron la cintura, atrayéndome contra su pecho firme. Olía a sal marina, a colonia barata y a hombre puro, ese olor que me hacía mojarme al instante.

—Marco, wey... ¿qué haces aquí? —murmuré, pero mi voz salió temblorosa, traicionándome. Él rio bajito, un sonido que vibró en mi pecho como un ronroneo.

—Vine por ti, Ana. Este abismo de pasion que nos jala no me deja en paz. Capitulo 24 de nuestra historia, ¿no? Donde todo explota de una vez.

Nos besamos entonces, lento al principio, saboreando el gusto salado de sus labios contra los míos. Su lengua invadió mi boca con hambre contenida, explorando cada rincón mientras sus dedos se clavaban en mis caderas. Gemí suave, sintiendo cómo mi centro se contraía de deseo. Lo empujé hacia la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que crujían bajo nuestro peso.

Acto uno apenas empezaba: la tensión que habíamos acumulado en mensajes de WhatsApp calientes, en llamadas nocturnas donde nos decíamos guarradas. Él se quitó la playera mojada de sudor, revelando su torso esculpido por horas en el gym y en la moto. Yo desaté la bata, dejándola caer al piso con un susurro sedoso. Mis tetas medianas, con pezones oscuros y tiesos, quedaron al aire, y él las miró como si fueran el manjar más chingón del mundo.

Qué rica estás, pinche diosa —gruñó, inclinándose para lamer uno de mis pezones. El roce húmedo y cálido de su lengua envió chispas directas a mi clítoris, que palpitaba pidiendo atención. Jadeé, arqueando la espalda, mientras mis manos se enredaban en su cabello negro revuelto. El sonido de las olas rompiendo en la playa de fondo se mezclaba con nuestros jadeos, creando una sinfonía erótica perfecta.

Pero no era solo físico. En mi mente bullían recuerdos: la primera vez que chingamos en su camioneta vieja, con reggaetón a todo volumen; las noches en que me confesó que soñaba conmigo follándolo hasta el amanecer. Este wey me entiende como nadie, pensé, mientras lo besaba el cuello, saboreando el sudor salado que perlaba su piel.

La escalada vino gradual, como el calor que sube en una tarde de verano en la costa. Le desabroché el cinturón de sus jeans Levi's, sintiendo la dureza de su verga presionando contra la tela. La liberé con un tirón ansioso: gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. Qué chingona, me dije, lamiéndome los labios. Él gimió cuando la envolví con mi mano, masturbándolo despacio, sintiendo las venas pulsar bajo mis dedos.

—Chúpamela, Ana... por favor —suplicó, con voz entrecortada. Me arrodillé en la alfombra mullida, el olor almizclado de su excitación invadiendo mis sentidos. Abrí la boca y lo tomé, centímetro a centímetro, saboreando el gusto salado y ligeramente amargo. Él metió los dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, mientras yo succionaba con hambre, haciendo círculos con la lengua en la punta. Los gemidos de Marco llenaban la habitación, roncos y animales, mezclados con el zumbido del ventilador de techo.

Me levantó entonces, como si no pesara nada, y me tumbó en la cama. Sus besos bajaron por mi vientre, deteniéndose en mi ombligo para mordisquear suave. Llegó a mi panocha depilada, húmeda y hinchada de necesidad. El primer lametón fue eléctrico: su lengua plana lamió mi clítoris, chupándolo con maestría.

¡Ay, cabrón! Esto es el cielo...
Grité, mis caderas buckeando contra su cara. Él introdujo dos dedos gruesos en mi interior empapado, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca. El sonido chapoteante de mi jugo era obsceno, delicioso, mientras el aroma de mi arousal se esparcía por el aire.

La intensidad subía como la marea. Me volteó boca abajo, poniéndome a cuatro patas sobre las almohadas suaves. Sentí su verga rozando mi entrada, caliente y resbalosa. —Dime que la quieres, mi reina —me pidió, su aliento caliente en mi oreja.

—Sí, Marco... métemela toda, wey. Chingame duro —rogué, empujando contra él.

Entró de un solo empujón profundo, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardiente fue puro placer, mis paredes contrayéndose alrededor de su grosor. Empezó a bombear, lento primero, cada embestida haciendo que mis tetas rebotaran y mis gemidos subieran de volumen. El slap-slap de piel contra piel resonaba, sincronizado con el ritmo de su respiración agitada. Sus manos amasaban mis nalgas, dándome nalgadas leves que picaban delicioso.

Esto es nuestro abismo, pensé en medio del frenesí, mientras él aceleraba, follándome con fuerza animal. Sudor goteaba de su frente a mi espalda, lubricando cada roce. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona en un rodeo salvaje. Sus manos en mis caderas guiaban el movimiento, mis uñas clavándose en su pecho mientras rebotaba, sintiendo su verga golpear mi cervix con cada bajada. El orgasmo me acechaba, un nudo apretándose en mi bajo vientre.

—Me vengo, Ana... ¡juntos! —gruñó él, sus ojos clavados en los míos.

Explotamos al unísono. Mi coño se contrajo en espasmos violentos, ordeñando su verga mientras chorros calientes de semen me inundaban. Grité su nombre, el placer cegador borrando el mundo. Él rugió, temblando bajo mí, sus músculos tensos como cuerdas.

Colapsamos enredados, jadeantes, con el corazón martillando al unísono. El afterglow fue dulce: besos perezosos, caricias en la piel empapada. El sol se ponía, tiñendo la habitación de rosas y naranjas. Marco me acurrucó contra su pecho, su mano trazando círculos en mi espalda.

—Esto no termina aquí, mi amor. Nuestro abismo de pasion capitulo 24 solo es el principio de más —susurró, besando mi frente.

Yo sonreí, satisfecha, sintiendo el calor residual entre mis piernas. Qué chido es tenerlo de vuelta. El mar cantaba su arrullo eterno, prometiendo noches infinitas de éxtasis en este rincón del paraíso mexicano.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.