Abismo de Pasion Cap 16
La noche en Puerto Vallarta envolvía la villa como un manto de terciopelo negro, con el rumor constante del mar chocando contra las rocas. Ana respiraba hondo, aspirando el salitre mezclado con el aroma dulce de las buganvillas que trepaban por las paredes blancas. Hacía meses que no veía a Javier, pero esa invitación suya, un mensaje casual en WhatsApp —Ven, mami, neta que te extraño el calor de tu piel—, la había hecho empacar sin pensarlo dos veces. Ahora, parada en la terraza con un vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas por la brisa húmeda, sentía el corazón latiéndole como tambor en el pecho.
¿Y si esto es un error? se preguntó, mientras el viento jugaba con su cabello negro suelto. Pero el deseo era más fuerte, un fuego que ardía desde el estómago hasta la punta de los dedos. Javier salió del interior de la casa, descalzo, con una camisa de lino abierta que dejaba ver su pecho moreno y musculoso, forjado en horas de surf. Sus ojos cafés la devoraron de arriba abajo, y una sonrisa pícara se dibujó en sus labios carnosos.
—Órale, Ana, estás más rica que nunca, wey —dijo con esa voz ronca que siempre la ponía a mil. Se acercó despacio, como un depredador, y ella sintió el calor de su cuerpo antes de que la tocara. Sus manos grandes se posaron en su cintura, atrayéndola contra él. El olor de su colonia, mezclado con sudor fresco y algo salvaje, la mareó.
—Tú tampoco te quedas atrás, pendejo —respondió ella, juguetona, alzando la cara para mirarlo. Sus labios se rozaron en un beso ligero, apenas un tentempié, pero suficiente para que un escalofrío le recorriera la espina dorsal. El sonido de las olas se mezclaba con su respiración agitada, y Ana saboreó el leve gusto a tequila en su boca.
Esto es el abismo de pasion cap 16 de mi vida, pensó Ana, el capítulo donde me lanzo sin red, donde el deseo me arrastra al fondo más delicioso.
La llevó adentro, a la sala iluminada por velas que parpadeaban como estrellas caídas. El piso de mármol fresco bajo sus pies descalzos contrastaba con el calor que subía por sus piernas. Se sentaron en el sofá amplio, con vistas al océano, y Javier sirvió dos copas de mezcal ahumado. El líquido dorado bajó ardiente por su garganta, despertando cada nervio.
Hablaron de todo y nada: de su trabajo en la agencia de publicidad en Guadalajara, de las olas perfectas que había cazado esa mañana, de cómo el tiempo los había separado pero no había apagado la chispa. Sus manos no paraban quietas; él trazaba círculos en su muslo desnudo, subiendo poco a poco el dobladillo del vestido. Ana sentía la piel erizándose, el pulso acelerado en las sienes, el aroma de su excitación empezando a perfumar el aire.
—Neta, Ana, desde que te vi entrar, no aguanto más —murmuró él, su aliento caliente en su cuello. Ella giró la cabeza, capturando su boca en un beso profundo, hambriento. Sus lenguas se enredaron con urgencia, saboreando el mezcal y el deseo puro. Las manos de Javier se colaron bajo la tela, acariciando la curva de sus nalgas, apretando con esa fuerza que la hacía gemir bajito.
El beso se volvió feroz, mordiscos suaves en el labio inferior, chupadas que dejaban rastros húmedos. Ana se montó a horcajadas sobre él, sintiendo la dureza de su erección presionando contra su centro a través de la ropa. El roce era eléctrico, un frotamiento lento que la hacía jadear. Qué chingón se siente esto, pensó, mientras sus caderas se movían instintivamente, buscando más fricción.
Javier gruñó, un sonido gutural que vibró en su pecho, y levantó el vestido por encima de su cabeza, dejándola en bragas de encaje negro. Sus ojos se oscurecieron al ver sus pechos llenos, los pezones ya duros como piedritas. Los tomó en sus manos, masajeándolos con pulgares expertos, pellizcando lo justo para que ella arqueara la espalda. El placer era un rayo que bajaba directo a su sexo, humedeciéndola al instante.
—Mamacita, estás empapada —susurró él, deslizando una mano entre sus piernas. Sus dedos rozaron la tela húmeda, presionando el clítoris hinchado. Ana soltó un quejido largo, el sonido ahogado por el rugido del mar afuera. El tacto era perfecto: firme, circular, con esa presión que conocía tan bien de noches pasadas.
Se quitó la camisa de un tirón, revelando el abdomen marcado, el vello oscuro que bajaba hasta la cintura de su pantalón. Ana lo desabrochó con dedos temblorosos, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomó en la mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso rápido bajo la piel. La masturbó despacio, deleitándose en cómo se ponía más dura, en las gotas de presemen que perlaban la punta. Javier jadeaba, la cabeza echada atrás, los músculos tensos.
—No pares, carnal, qué rico —gimió él. Ella se inclinó, lamiendo la cabeza con la lengua plana, saboreando el gusto salado y almizclado. Lo engulló poco a poco, chupando con succiones profundas, mientras su mano lo ordeñaba. Los gemidos de Javier llenaban la habitación, roncos y desesperados, mezclados con el chapoteo húmedo de su boca.
Pero él no la dejó seguir; la levantó en brazos como si no pesara nada, llevándola al dormitorio. La cama king size estaba cubierta de sábanas de hilo egipcio, frescas y suaves. La tumbó con gentileza, quitándole las bragas de un jalón. Se arrodilló entre sus piernas abiertas, admirando su coño depilado, los labios hinchados y brillantes de jugos. Soplo suave sobre el clítoris, haciendo que ella se retorciera.
—Voy a comerte entera, Ana —prometió, y hundió la cara. Su lengua era un torbellino: lameditas rápidas en el capuchón, succiones en los labios mayores, penetraciones profundas que la hacían gritar. El olor de su arousal era embriagador, terroso y dulce, y él lo devoraba como un hombre hambriento. Ana clavó las uñas en su cabello, las caderas alzándose para follarle la boca. El orgasmo la golpeó como una ola gigante, contracciones violentas que la dejaron temblando, un chorro de placer que él lamió sin piedad.
En este abismo de pasion cap 16, me entrego por completo, sin miedos, solo puro fuego mexicano.
Javier subió por su cuerpo, besando cada centímetro: el ombligo, los pechos, el cuello. Se colocó en la entrada, frotando la punta contra su apertura resbaladiza. —Dime que sí, mami —pidió, los ojos fijos en los de ella.
—Sí, chingádmelo ya, Javier —suplicó ella, envolviendo las piernas en su cintura.
Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Estaban tan mojados que el deslizamiento era perfecto, un sonido obsceno de carne contra carne. Una vez dentro hasta el fondo, se quedaron quietos, sintiendo las palpitaciones mutuas, el latido compartido. Luego empezó el ritmo: embestidas lentas y profundas al principio, building up a la furia. La cama crujía, sus cuerpos chocaban con palmadas húmedas, sudados. Ana lo arañaba en la espalda, dejando surcos rojos, mientras él le mordía el hombro, gruñendo palabras sucias.
—Qué apretadita estás, wey, me vas a hacer venir —jadeaba él, acelerando. Ella lo apretó con las paredes internas, ordeñándolo, sintiendo cada vena rozando su punto G. El segundo orgasmo la partió en dos, un grito ahogado que él capturó en un beso. Javier se corrió segundos después, llenándola con chorros calientes, su cuerpo convulsionando sobre el de ella.
Se derrumbaron juntos, enredados en sábanas revueltas, el sudor enfriándose en la piel. El mar seguía cantando afuera, un fondo perfecto para sus respiraciones calmándose. Javier la besó en la frente, tierno ahora.
—Neta que esto es lo mejor que me ha pasado en meses —dijo él, acariciándole el cabello.
Ana sonrió, el cuerpo lánguido y satisfecho, un glow que le iluminaba el alma. Este abismo no asusta, me eleva, pensó, acurrucándose contra su pecho. La noche aún era joven, y el deseo, como el mar, prometía más olas.