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Pasion Prohibida la Cancion de Jean Carlo Canela

7286 palabras

Pasion Prohibida la Cancion de Jean Carlo Canela

Estaba en esa fiesta en Polanco, con luces tenues y el aire cargado de risas y chelas frías. Mi amiga Lupe me había arrastrado hasta allá, neta no quería ir porque andaba de malas después de pelear con mi viejo, pero órale, aquí estaba yo, Ana, de veintiocho tacos, con un vestido negro ajustado que me hacía sentir como diosa. La música retumbaba, un ritmo norteño mezclado con banda, y de repente, bum, empezó a sonar esa rola de Jean Carlo Canela, Pasion Prohibida, la canción que siempre me ponía la piel chinita.

La letra se colaba en mi cabeza: "Pasion prohibida, que me quema por dentro..." Y ahí lo vi. Alto, moreno, con ojos verdes que brillaban como luces de neón bajo el humo del cigarro. Se movía solo en la pista improvisada del jardín, con una camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho tatuado, sudado justo lo necesario. ¿Quién chingados es este pendejo tan chulo? pensé, mientras mi corazón empezaba a latir al ritmo de la guitarra. Olía a colonia cara, mezclada con el aroma terroso de la noche mexicana, jazmines del jardín y un toque de tequila en el aire.

Neta, Ana, ni lo mires, Lupe dijo que es su cuñado, el hermano de su marido. Prohibido total, pero ¿y si solo bailamos? Solo un ratito...

Me acerqué sin pensarlo dos veces, mis caderas moviéndose solas al son de la canción de Jean Carlo Canela. Él volteó, sonrió con esa boca carnosa, y extendió la mano. "¿Bailamos, preciosa?" dijo con voz grave, ronca como el mariachi de fondo. Su piel era cálida al toque, áspera por el vello fino en los brazos, y cuando me jaló hacia él, sentí su dureza presionando contra mi vientre. El sudor de su cuello olía a hombre puro, salado, adictivo. Bailamos pegaditos, sus manos en mi cintura bajando despacito hasta mis nalgas, apretando suave pero firme. "Me traes loco con ese meneo", murmuró en mi oreja, su aliento caliente rozando mi lóbulo.

La fiesta seguía, pero nosotros ya estábamos en nuestro mundo. La pasion prohibida de la canción nos envolvía, el volumen subía y bajaba con mis pulsaciones aceleradas. Lupe nos vio de lejos y guiñó un ojo, como diciendo dale, pero no me lo rompas. Él se llamaba Marco, treinta años, constructor con manos callosas que prometían placeres rudos. Me llevó a la terraza, lejos de las luces, donde el viento fresco de la noche DF nos acariciaba la piel erizada.

Middle act starts here Ahí empezó lo bueno. Sus labios capturaron los míos en un beso que sabía a tequila reposado y menta fresca, lengua explorando mi boca con hambre contenida. Gemí bajito, el sonido perdido en la canción que aún tronaba abajo. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido, dedos rozando la tanga húmeda ya. "Estás mojada, ricura", dijo riendo suave, su voz vibrando contra mi cuello mientras lamía mi clavícula, saboreando el salado de mi piel. Yo le arañé la espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa, ese aroma masculino invadiéndome las fosas nasales, mezclándose con mi propio olor a excitación, dulce y almizclado.

Esto es una locura, Ana. Es cuñado de Lupe, prohibido como la rola de Jean Carlo Canela, pero qué chido se siente su verga dura contra mí. Quiero más, lo necesito dentro.

Lo empujé contra la pared de la terraza, desabotonando su chamarra con urgencia. Su pecho era un mapa de tatuajes: un águila mexicana, una rosa con espinas. Lo besé ahí, lamiendo el sudor que perlaba su piel, gusto salobre en mi lengua. Él gruñó, un sonido animal que me erizó los vellos, y me volteó de espaldas, presionándome contra él. Sus dedos se colaron en mi tanga, encontrando mi clítoris hinchado, frotando en círculos lentos que me hicieron jadear. "Así, mami, muévete para mí", susurró, mientras yo restregaba mi culo contra su paquete endurecido, sintiendo cada vena pulsar a través del pantalón.

La tensión crecía como tormenta en el desierto sonorense. Bajamos besándonos el cuello, tropezando hasta un cuarto vacío en la casa. La puerta se cerró con clic suave, y el mundo afuera desapareció. Solo quedábamos nosotros, jadeos pesados, piel contra piel. Me quitó el vestido de un tirón, exponiendo mis tetas firmes al aire fresco. Las tomó en sus manos grandes, pellizcando pezones rosados hasta que dolieron placenteros. Yo le bajé el zipper, liberando su verga gruesa, venosa, goteando precum que lamí con deleite, sabor salado y ligeramente dulce, como miel de maguey.

Me arrodillé un momento, chupándola hondo, garganta acomodándose a su tamaño mientras él gemía "¡Órale, qué boquita tan rica!" Sus manos en mi pelo, guiando sin forzar, puro instinto mutuo. Luego me levantó como pluma, piernas alrededor de su cintura, y me penetró de un solo empujón. Ay, cabrón, llenándome completa, estirándome delicioso. Empezamos a follar contra la puerta, ritmados como la canción de Jean Carlo Canela que se filtraba desde abajo, pasión prohibida hecha carne.

Sus embestidas eran profundas, golpeando mi punto G con precisión de maestro. Sudor chorreaba entre nosotros, lubricando cada roce resbaloso. Olía a sexo crudo, a testosterona y jugos míos empapando sus bolas. Gemía en mi oído palabras sucias mexicanas: "Te voy a romper el culo de tanto darte verga, putita rica", pero todo juguetón, empoderador, yo respondiendo "Dame más, pendejo, hazme venir". Cambiamos posiciones: yo encima en la cama deshecha, cabalgándolo salvaje, tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho mientras él me azotaba las nalgas suave, rojas al toque.

La intensidad subía, mis paredes contrayéndose alrededor de él, pulsos acelerados latiendo en sincronía. Él me volteó a cuatro patas, penetrando desde atrás, mano en mi clítoris frotando furioso. El clímax llegó como volcán, mi grito ahogado en la almohada, cuerpo temblando, chorros calientes mojando las sábanas. Él siguió unos segundos más, gruñendo ronco, y se corrió dentro, semen caliente inundándome, olor fuerte a clímax compartido.

Caímos exhaustos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en la nuca. Abajo, la canción de Jean Carlo Canela terminaba, pero nuestra pasión prohibida apenas empezaba. "Esto no fue un error, ¿verdad?" murmuró, su voz post-sexo ronca y tierna. Yo sonreí, girándome para besarlo lento, saboreando el afterglow.

Neta, Ana, esto es lo que necesitabas. Prohibido pero nuestro, como esa rola que nos unió. Mañana vemos qué pasa, pero esta noche es perfecta.

Nos vestimos despacio, risas cómplices, promesas susurradas de vernos pronto en algún motel discreto de la Roma. Salimos del cuarto como si nada, pero con esa chispa en los ojos que delata un secreto ardiente. La fiesta seguía, Lupe me miró pícara, pero no dijo nada. Yo me fui a casa flotando, el cuerpo dolorido placenteramente, recordando cada roce, cada olor, cada gemido. La pasion prohibida de Jean Carlo Canela había cobrado vida en mí, y qué chido se sentía ser la protagonista de mi propia canción erótica.

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