La Pasion Carnal de la Pelicula de Mel Gibson La Pasion de Cristo
Era una noche de Viernes Santo en mi depa de la Condesa, con las luces bajas y el olor a incienso flotando del vecino devoto. Marco y yo nos acurrucamos en el sofá de piel suave, con una cubeta de chelas frías sudando en la mesita. Neta, no sé por qué elegimos ver la película de Mel Gibson La Pasión de Cristo. Quizás por la fecha, o porque Marco quería algo intenso pa' romper la rutina. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, con mi pelo negro suelto y un shortcito que apenas cubría mis nalgas prietas, me recargué en su pecho ancho. Él, mi chulo de treinta, con esa barba de tres días que me erizaba la piel, me pasó el brazo por la cintura.
La pantalla se iluminó con los acordes graves, y de inmediato el aire se cargó de algo pesado, como el sudor de un gimnasio en verano. Jesús cargando la cruz, los latigazos crujiendo como truenos secos. Sentí un escalofrío en la espina, mis pezones se endurecieron bajo la blusa ligera.
¿Por qué carajos esto me prende tanto?pensé, mientras mi mano subía despacito por el muslo de Marco, rozando el bulto que ya se notaba en sus jeans.
—Wey, qué fuerte está esto —murmuró él, su voz ronca vibrando contra mi oreja. Su aliento olía a menta y cerveza, delicioso. Me giré un poco, mis labios rozaron su cuello salado. La película seguía, con clavos hundiéndose en carne, gemidos de dolor que sonaban a placer reprimido. Mi concha empezó a humedecerse, un calor traicionero subiendo desde el fondo. Marco notó mi movimiento, su mano grande se coló bajo mi blusa, acariciando mi teta izquierda con el pulgar en el pezón. ¡Ay, pinche cabrón! Un jadeo se me escapó, ahogado por el soundtrack épico.
El beso vino natural, como si la pasión de la cruz nos jalara. Sus labios carnosos devoraron los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a deseo puro. Lo empujé suave contra el sofá, montándome a horcajadas. Sentí su verga dura presionando mi entrepierna a través de la tela fina. Qué chingón, pensé, mientras mis caderas se movían solitas, frotándome contra él. La película rugía de fondo: "Padre, perdónalos", y yo solo quería que él me perdonara por lo mojada que estaba ya.
Nos quitamos la ropa con urgencia juguetona. Mi blusa voló, sus jeans bajaron revelando esa polla gruesa, venosa, palpitante. La olí, ese aroma masculino almizclado que me volvía loca. Me arrodillé entre sus piernas, la tele iluminando mi cara con flashes rojos de sangre ficticia. Lamí la punta, salada y pre-semen dulce, mientras él gruñía "Ana, no mames, qué rica boca". Chupé despacio, lengua girando, sintiendo cómo se hinchaba en mi garganta. Sus manos enredadas en mi pelo, guiándome sin forzar, puro acuerdo mutuo de placer.
Esto es mi pasión, no la de la cruz, pero igual de intensa, igual de redentora, me dije, mientras la saliva chorreaba por su tronco. La película llegó a la crucifixión, clavos retumbando, y Marco me levantó, besándome con furia. Me acostó en el sofá, sus dedos explorando mi coño empapado. ¡Carajo! Dos dedos adentro, curvándose en mi punto G, mientras su boca succionaba mi clítoris hinchado. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en su espalda musculosa, oliendo su sudor fresco mezclado con mi jugo dulce y ácido.
La tensión crecía como la de la película, pero nuestra era de éxtasis. "Te quiero chingar ya, mi amor", susurró él, ojos negros brillando. Asentí, piernas abiertas invitándolo. Se puso condón rápido —siempre responsable, mi pendejo favorito— y empujó lento, centímetro a centímetro. Sentí cada vena rozando mis paredes, llenándome hasta el tope. ¡Qué delicia! Empezamos a bombear, ritmos sincronizados: él profundo, yo arqueándome para más. El sofá crujía, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas, olor a sexo invadiendo el cuarto.
En el clímax de la peli, Jesús gritando, nosotros igual. Marco aceleró, su verga golpeando mi cervix como un latigazo placentero.
Neta, esto es mejor que cualquier Semana Santa. Mis tetas rebotaban, pezones rozando su pecho peludo. Le mordí el hombro, gusto a sal y piel, mientras mi orgasmo subía como ola. "¡Ya, Marco, me vengo!" chillé, concha contrayéndose alrededor de él, chorros calientes mojando sus bolas. Él rugió, embistiéndome tres veces más, explotando dentro del látex con espasmos que sentí hasta en las entrañas.
Nos quedamos jadeando, cuerpos pegajosos entrelazados, la película terminando en resurrección. Su semen tibio goteaba cuando se quitó el condón, pero el afterglow era puro. Me besó la frente, "Eres mi pasión, Ana, no la de Gibson". Reí bajito, mi cabeza en su pecho latiendo fuerte. Afuera, cohetes de la iglesia retumbaban, pero adentro solo paz húmeda y olor a nosotros.
La película de Mel Gibson La Pasión de Cristonos había despertado algo primal, consensual, nuestro. Y mientras el amanecer teñía las cortinas, supe que repetiríamos, porque la verdadera pasión no muere en una cruz, vive en la carne.