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Pasión de Gavilanes Capítulo 93 Deseos Desatados

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Pasión de Gavilanes Capítulo 93 Deseos Desatados

Ana se recargó en el hombro de Marco mientras la lluvia tamborileaba suave contra las ventanas de su departamento en la colonia Roma. La tele iluminaba la penumbra con sus colores vibrantes, y el aroma a café recién hecho flotaba en el aire mezclado con el perfume dulce de su loción favorita, esa que siempre la ponía de buenas. Habían planeado una noche tranqui, nomás ellos dos, con tacos de la esquina y su telenovela guilty pleasure: Pasión de Gavilanes. Marco, con su brazo alrededor de su cintura, le daba un masajito distraído en la cadera, sus dedos callosos rozando la tela ligera de su blusa.

Qué chido estar así, güey, pensó Ana, sintiendo el calor de su cuerpo grande y fuerte contra el suyo. Llevaban tres años juntos, pero cada vez que veían esas novelas locochonas, algo se encendía. La pantalla mostró el avance: Pasión de Gavilanes capítulo 93. Ana se enderezó un poco, emocionada. “¡Órale, carnal, ya llegó Pasión de Gavilanes capítulo 93! Esta va a estar buena, los Reyes andan bien calientes con las Elizondo”.

Marco soltó una carcajada ronca, su aliento cálido en su oreja. “Sí, nena, apuesto que hoy hay más de esas miraditas que nos ponen cachondos”. El episodio empezó con música de fondo intensa, violines que subían y bajaban como pulsos acelerados. Los personajes discutían en el rancho, pero debajo de las palabras había tensión, esa química que hacía que Ana sintiera un cosquilleo en el estómago. Marco apretó su mano en su muslo, subiendo despacio, y ella no lo detuvo. El roce de sus jeans contra su piel desnuda bajo la falda corta la hizo morderse el labio.

En la tele, uno de los hermanos Reyes acorralaba a su amor contra la pared, susurrándole promesas al oído. Ana imaginó las manos de Marco así, fuertes pero tiernas.

¿Por qué carajos estas novelas me prenden tanto? Es como si me metieran en la cabeza todos mis deseos sucios
, se dijo, mientras su pecho subía y bajaba más rápido. El olor a su colonia varonil, mezclado con el sudor ligero de la noche calurosa, la envolvía como una niebla sensual. Marco giró su rostro hacia ella, sus ojos cafés brillando con picardía. “¿Verdad que se parecen a nosotros, mamacita? Tú toda firecracker como Jimena”.

Ana rio bajito, pero el sonido se ahogó en un jadeo cuando él la besó. Sus labios eran firmes, con sabor a sal de los cacahuates que habían picado, y su lengua se coló juguetona, explorando su boca con esa hambre que siempre la derretía. Ella respondió con ganas, enredando los dedos en su cabello negro revuelto. La lluvia afuera arreció, un trueno lejano retumbó como un latido compartido. Sus manos bajaron por el pecho de Marco, sintiendo los músculos duros bajo la playera ajustada, el calor irradiando a través de la tela.

El beso se profundizó mientras en la pantalla la pasión estallaba: los amantes se besaban con furia, manos por todos lados. Ana sintió un pulso caliente entre las piernas, su cuerpo respondiendo al ritmo de la novela. Marco la jaló a su regazo, y ella se sentó a horcajadas, frotándose contra la dureza que crecía en sus pantalones. “Pinche Pasión de Gavilanes capítulo 93, nos está chingando el mood”, murmuró él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. El escalofrío la recorrió entera, y ella arqueó la espalda, presionando sus pechos contra él.

Sus manos expertas subieron su blusa, exponiendo su brassiere de encaje negro. Marco lo bajó con dientes, liberando sus senos plenos, y lamió un pezón con devoción, succionando hasta que Ana gimió fuerte, el sonido perdido en el rugido de la tormenta. Su boca es puro fuego, neta que sabe cómo volverme loca, pensó ella, mientras sus caderas se movían solas, buscando más fricción. El aroma de su excitación empezaba a llenar el aire, almizclado y dulce, mezclado con el olor terroso de la lluvia colándose por una rendija.

Marco la tumbó en el sofá con cuidado, pero con urgencia, quitándole la falda de un tirón. Sus ojos se clavaron en sus bragas húmedas, y sonrió lobuno. “Estás chorreando, preciosa. Todo por esa novela culera”. Ana lo jaló de la playera, arrancándosela, y recorrió con las uñas su torso marcado, sintiendo los vellos rizados bajo sus palmas. Él se desabrochó el cinturón con prisa, liberando su verga gruesa y tiesa, palpitante al aire. Ella la tomó en mano, acariciándola despacio, sintiendo la piel sedosa sobre el acero, el calor que quemaba su palma.

Se puso de rodillas entre sus piernas abiertas, y Marco gruñó cuando su lengua rozó la punta, saboreando la gota salada de pre-semen. “Así, nena, chúpamela rico”. Ana lo hizo, tragándosela profunda, el sabor masculino invadiendo su boca, sus bolas pesadas rozando su barbilla. Él enredó los dedos en su pelo, guiándola sin forzar, jadeos roncos saliendo de su garganta. La tele seguía de fondo, diálogos apasionados que se mezclaban con sus gemidos: “¡Te deseo tanto!”. Ana sintió su clítoris hinchado, rogando atención, y se tocó por encima de las bragas, círculos húmedos que la hicieron temblar.

Marco la levantó como si no pesara nada, besándola con sabor a él mismo en sus labios. La llevó al sillón reclinable, quitándole las bragas empapadas. “Abre las piernas, mi reina”. Ella obedeció, exponiendo su panocha rosada y brillante. Él se arrodilló, inhalando su esencia embriagadora, y lamió desde el ano hasta el clítoris en una pasada larga. Ana gritó, el placer eléctrico subiendo por su espina. Su lengua danzaba experta, chupando el botón sensible, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en su punto G.

¡Madre santa, este hombre me va a matar de gusto! Cada lamida es como una chispa
.

El build-up era insoportable: sus caderas se alzaban solas, persiguiendo su boca, el sofá crujiendo bajo ellos. Marco aceleró, dedos bombeando, lengua vibrando, hasta que el orgasmo la golpeó como un rayo. Ana convulsionó, chorros calientes mojando su cara, gritando su nombre mientras estrellas explotaban detrás de sus párpados. Él no paró hasta que ella lo empujó temblorosa, riendo entre jadeos. “Eres un chingón, papacito”.

Marco se levantó, verga reluciente de su saliva, y la penetró de un empujón suave pero profundo. Ambos gimieron al unísono, el estirón perfecto llenándola hasta el fondo. Se movieron en ritmo antiguo, piel contra piel chapoteando, sudor perlando sus cuerpos. Él la embestía lento al principio, saboreando cada contracción de sus paredes internas, luego más rápido, bolas golpeando su culo. Ana clavó las uñas en su espalda, oliendo su sudor salado, sintiendo cada vena de su verga frotando adentro. “Más duro, mi amor, chíngame como en la novela”.

La intensidad subió, sus respiraciones sincronizadas con los truenos. Marco la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas anchas, penetrándola desde atrás con fuerza controlada. El ángulo tocaba todo, su clítoris rozando el sofá. Ana se tocó frenética, el placer duplicándose. “¡Me vengo otra vez!”, chilló, y él la siguió, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes que desbordaron.

Colapsaron juntos, enredados, el corazón de Marco latiendo contra su oreja como tambor. La tele parpadeaba créditos del Pasión de Gavilanes capítulo 93, música suave cerrando. Ana trazó círculos en su pecho, sintiendo la paz post-orgasmo, músculos flojos y satisfechos. Estas noches son lo mejor, neta. Una novela pendeja nos une más. Marco la besó la frente, su voz ronca: “¿Vemos el próximo capítulo mañana, mi vida?”. Ella sonrió, acurrucándose. “Claro, pero con final feliz nuestro”. La lluvia amainó, dejando solo sus suspiros y el aroma a sexo en el aire, promesa de más noches así.

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