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Color Pasión en la Piel

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Color Pasión en la Piel

La noche en Puerto Vallarta caía como un manto caliente y pegajoso, con el aire cargado del salitre del mar y el eco lejano de las olas rompiendo en la playa. Yo, Ana, había llegado sola a esa fiesta en la terraza de un resort chido, con luces de neón pintando el cielo de rojos y naranjas intensos. Color pasión, pensé, mientras sorbía un margarita helado que me quemaba la lengua con su lima fresca y tequila ahumado. Llevaba un vestido rojo ceñido que se pegaba a mis curvas como una segunda piel, y neta, me sentía poderosa, lista para lo que viniera.

Ahí lo vi. Javier, un vato alto, moreno, con ojos negros que brillaban como carbones encendidos bajo las luces. Estaba recargado en la barandilla, con una cerveza en la mano, riendo con unos cuates. Algo en su sonrisa pícara me jaló como imán.

Órale, Ana, ¿vas a dejar pasar a ese cañón?
me dije, mientras mi pulso se aceleraba. Caminé hacia él, mis caderas moviéndose al ritmo de la cumbia que retumbaba en los bocinas. "Qué onda, guapo", le lancé con voz juguetona, y él volteó, sus ojos recorriéndome de arriba abajo como si ya me estuviera desnudando.

"Qué tal, preciosa. ¿Vienes a calentar la noche o qué?", respondió con esa voz grave que me erizó la piel. Nos pusimos a platicar, riendo de tonterías, pero el aire entre nosotros chispeaba. Sus manos rozaban las mías al pasarme la cerveza, y sentí su calor subiendo por mi brazo. El olor de su colonia, mezclada con sudor fresco y mar, me mareaba. Bailamos salsa, pegaditos, su pecho duro contra mis tetas, sus caderas guiando las mías en un vaivén que ya prometía más. Cada roce era eléctrico, mi clítoris palpitando bajo la tela delgada de mis panties.

La tensión crecía como la marea. Sus labios rozaron mi oreja mientras susurraba: "Estás rica, Ana. Me traes con la verga parada desde que te vi". Reí bajito, mordiéndome el labio, y lo jalé de la mano. "Vamos a mi suite, wey. Quiero ver si cumples". Subimos en el elevador, solos, y no aguantamos. Me acorraló contra la pared, su boca devorando la mía en un beso salvaje, lenguas enredadas con sabor a tequila y deseo. Sus manos amasaron mis nalgas, apretándome contra su erección dura como piedra. Gemí en su boca, el sonido ahogado por el zumbido del elevador.

Entramos a la habitación, iluminada solo por la luna que se colaba por el balcón abierto. El aire olía a jazmín del jardín abajo y a nuestra calentura creciente. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Sus labios en mi cuello, chupando suave, dejando marcas rojas como color pasión en mi piel morena. "Qué chula eres, pinche diosa", murmuró, mientras sus dedos trazaban mis pezones duros, pellizcándolos hasta que arqueé la espalda con un jadeo.

Yo no me quedé atrás. Le arranqué la camisa, lamiendo su pecho salado, bajando hasta su abdomen marcado. Olía a hombre puro, a sudor limpio y excitación. Desabroché su jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor y el pulso furioso. "¡Carajo, qué rica!", gruñó él, mientras yo la lamía desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado y almizclado. Lo chupé profundo, mi boca llena, garganta relajada, sus caderas empujando suave mientras gemía mi nombre: "Ana... sí, así...". El sonido de sus jadeos roncos me empapaba más, mi coño chorreando jugos calientes.

Me levantó como si no pesara nada y me tiró en la cama king size, las sábanas frescas contrastando con mi piel ardiente. Se hincó entre mis piernas, abriéndolas ancho. Su aliento caliente en mi monte de Venus me hizo temblar. "Estás empapada, mi reina", dijo, antes de hundir la lengua en mi raja. ¡Neta, qué sabroso! Lamía mi clítoris en círculos lentos, chupando mis labios hinchados, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. El slap slap de sus dedos follándome, mezclado con mis gemidos agudos y el olor espeso de mi arousal, llenaba la habitación. Me retorcía, tirando de sus cabelos, mis muslos apretando su cabeza. "¡No pares, pendejo! ¡Me vengo!". El orgasmo me azotó como ola gigante, mi cuerpo convulsionando, squirt salpicando su cara mientras gritaba.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordiendo suave mis nalgas redondas. Su verga rozaba mi entrada, lubricada y lista. "Dime si quieres, Ana", jadeó, respetuoso pero urgido. "Sí, métemela toda, Javier. Fóllame duro", supliqué, empinando el culo. Empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, el grosor llenándome hasta el fondo. Gemí largo, el placer-pain agudo convirtiéndose en éxtasis puro. Empezó a bombear, lento luego rápido, sus bolas slap-slap contra mi clítoris. Sudábamos juntos, piel resbalosa, el colchón crujiendo bajo nosotros.

Esto es el cielo, wey. Su verga me parte en dos y lo amo
, pensé mientras él me jalaba el pelo suave, arqueándome. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona. Sus manos en mis tetas rebotando, pellizcando pezones. Lo montaba fuerte, mi coño apretándolo, sus ojos fijos en los míos, llenos de lujuria. El olor de sexo impregnaba todo, nuestros jadeos sincronizados como tambores. "¡Me vengo otra vez!", grité, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo. Él rugió, "¡Yo también, carajo!", y se vació dentro, chorros calientes pintando mis paredes con su leche espesa.

Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso entre mis muslos. Me besó la frente, suave ahora, sus dedos trazando patrones en mi espalda. El mar susurraba afuera, una brisa fresca secando nuestro sudor. "Eres increíble, Ana. Ese color pasión en tu piel cuando te corres... inolvidable", murmuró. Reí bajito, acurrucándome en su pecho, oyendo su corazón latiendo fuerte aún.

Nos quedamos así, platicando pendejadas hasta el amanecer, con promesas de más noches así. Esa pasión no se apagó; se quedó tatuada en mi piel como un rubor eterno, un color pasión que me hacía sentir viva, mujer, deseada. Neta, esa noche en Vallarta cambió todo.

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