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Cañaveral de Pasiones Capítulo 46 Llamas en la Caña Dulce

7542 palabras

Cañaveral de Pasiones Capítulo 46 Llamas en la Caña Dulce

El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de pasiones, esas altas varas verdes que se mecían como amantes en secreto, susurrando promesas con cada brisa caliente. Yo, Sofia, caminaba entre ellas con el corazón latiéndome fuerte, el sudor perlándome la piel morena bajo la blusa de algodón pegajosa. Olía a tierra húmeda, a caña madura que destilaba su dulzor espeso, y a algo más: el aroma inconfundible de Diego, mi carnal, mi tentación prohibida en esta hacienda familiar donde todos nos vigilaban como halcones.

¿Por qué vengo aquí siempre, güey? Porque sé que él anda cerca, machete en mano, cortando caña con esos brazos fuertes que me hacen mojarme nomás de verlo, pensé mientras apartaba las hojas anchas que rozaban mis muslos como caricias impacientes. Llevábamos meses en este jueguito, robándonos miradas en la casa grande, besos fugaces en la cocina cuando mi hermano no veía. Pero hoy, el aire estaba cargado, como si el mismísimo diablo hubiera encendido el fuego bajo nuestras nalgas.

De pronto, lo vi. Diego emergió de un pasillo de cañas, su camisa abierta dejando ver el pecho velludo brillando de sudor, los jeans bajos en las caderas marcando ese bulto que me volvía loca.

"¡Ey, Sofi! ¿Qué haces por acá tan solita, preciosa?"
dijo con esa voz ronca, mexicana hasta los huesos, que me erizaba la piel.

Me acerqué, sintiendo el pulso acelerado en mi cuello, el calor subiendo por mi vientre. No aguanto más, pendejo, quiero que me folles aquí mismo entre estas cañas que nos esconden. Le sonreí coqueta, mordiéndome el labio.

"Buscándote, cabrón. ¿No sientes esta calorada que nos tiene locos?"

Sus ojos cafés se oscurecieron, recorriéndome de arriba abajo como si ya me estuviera desnudando. Se acercó lento, el machete tirado a un lado, y su mano grande tomó mi cintura, atrayéndome contra su cuerpo duro. Olía a hombre trabajado, a sudor salado mezclado con el dulce de la caña. Sus labios rozaron mi oreja:

"Desde que te vi esta mañana en la cocina, con ese short chiquito, no pienso en otra cosa que en comerte entera."

Acto primero de nuestra danza: nos besamos con hambre, su lengua invadiendo mi boca como un río bravo, saboreando mi saliva dulce de chicle de tamarindo. Mis manos se colaron bajo su camisa, sintiendo los músculos tensos, el calor de su piel que ardía más que el sol. Gemí bajito cuando su mano subió por mi blusa, apretando mi teta izquierda, el pezón endureciéndose al instante bajo sus dedos ásperos de cortador de caña.

Nos fuimos alejando más profundo en el cañaveral, las varas cerrándose a nuestro alrededor como cortinas verdes, el sonido del viento en las hojas ahogando nuestros jadeos. Me recargó contra un tallo grueso, su boca bajando a mi cuello, chupando la sal de mi sudor mientras yo arqueaba la espalda, sintiendo mi concha palpitar, ya húmeda y lista.

Pero no era solo carnalidad; en mi cabeza bullían los pensamientos. Mi familia me mataría si supiera, pero ¿y qué? Esto es nuestro, puro y chingón. Diego no es como los demás pendejos del pueblo; él me ve de verdad, me hace sentir reina. Él se apartó un segundo, mirándome fijo:

"Sofi, si no quieres, paramos. Pero joder, te deseo tanto que me duele."
Le contesté con un beso feroz:
"Sigue, mi amor. Hazme tuya."

El medio del fuego empezó a arder más alto. Diego me quitó la blusa de un jalón, mis tetas saltando libres, grandes y firmes, los pezones marrones pidiendo atención. Se arrodilló, mamándomelas con devoción, su lengua girando alrededor mientras yo enredaba mis dedos en su pelo negro revuelto. ¡Ay, qué rico! Siento su boca caliente, succionando como si fuera miel de caña. El sonido de sus chupadas húmedas se mezclaba con el crujir de las varas, y el olor de mi arousal subía, almizclado y dulce, empapando mis panties.

Le bajé los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, ya dura como el machete que había dejado. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el prepucio suave deslizándose.

"Mírala, toda para ti, Sofi. Chúpala, carnala."
Me agaché, oliendo su masculinidad pura, y la metí en mi boca, saboreando el precum salado, mi lengua lamiendo la cabeza hinchada. Él gruñó, agarrándome la cabeza:
"¡Sí, así, qué chida boca tienes!"

La tensión crecía, mis piernas temblando de necesidad. Me puso de pie, me bajó el short y las panties de un tirón, exponiendo mi coño rasurado, hinchado y brillante de jugos. Sus dedos exploraron, dos adentro de golpe, curvándose contra mi punto G, salpicando mis fluidos en sus nudillos. Gemí fuerte, el placer subiendo como una ola, mis caderas moviéndose solas contra su mano. Me está volviendo loca, este güey sabe exactamente cómo tocarme, como si leyera mi mente cachonda.

Pero había un conflicto chiquito en mi alma: ¿Y si alguien nos oye? ¿Y si mi hermano nos pilla? Se lo dije susurrando, y él me besó profundo:

"Nadie nos encuentra aquí, mi reina. Solo tú y yo en nuestro cañaveral de pasiones capítulo 46, como en esas novelas que tanto te gustan."
Reí bajito, el miedo disipándose en lujuria pura.

Escalada total: me volteó de espaldas contra las cañas, mis tetas aplastadas contra las hojas frescas, el raspón leve erizándome más. Su verga rozó mi entrada, caliente y resbalosa, y empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Madre mía, qué llena me siento! Llena de él, de pasión mexicana cruda. Empezó a bombear, fuerte pero cariñoso, sus bolas chocando contra mi clítoris con cada estocada, el sonido chapoteante de mi coño empapado llenando el aire.

Sus manos en mis caderas, pellizcando la carne suave, mientras yo empujaba hacia atrás, queriendo más. Sudor goteando de su frente a mi espalda, mezclándose, el olor a sexo salvaje dominando el dulce de la caña.

"¡Más duro, Diego! ¡Fóllame como animal!"
rugí, y él obedeció, acelerando, su respiración jadeante en mi oreja:
"Eres mi diosa, Sofi. Tu coñito me aprieta tan rico."

El clímax se acercaba, mis piernas flaqueando, el orgasmo construyéndose en espiral. Sentí sus dedos en mi clítoris, frotando rápido, y exploté: ondas de placer sacudiéndome, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes saliendo mientras gritaba su nombre. Él no tardó, gruñendo como toro, llenándome con su leche espesa, caliente, pulsando dentro de mí hasta la última gota.

El afterglow nos envolvió suaves. Nos deslizamos al suelo entre las cañas caídas, yo recostada en su pecho ancho, escuchando su corazón galopante calmarse. El sol filtrándose en rayos dorados, el viento secando nuestro sudor pegajoso. Su mano acariciaba mi pelo:

"Te amo, Sofi. Esto no es solo cogida; es para siempre."
Yo sonreí, besando su piel salada. Sí, mi cañaveral de pasiones, nuestro capítulo 46 apenas empieza. Hay más fuego por venir.

Nos vestimos lentos, robándonos besos perezosos, el cuerpo aún zumbando de placer residual. Caminamos de vuelta, tomados de la mano escondidos en las sombras verdes, sabiendo que mañana volveríamos. Porque en este cañaveral, las pasiones no mueren; se avivan eternas.

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