Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Paloma Abismo de Pasion Paloma Abismo de Pasion

Paloma Abismo de Pasion

6888 palabras

Paloma Abismo de Pasion

Paloma caminaba por las calles empedradas de San Miguel de Allende, con el sol del atardecer tiñendo de naranja las fachadas coloniales. El aire olía a jazmín y a tortillas recién hechas de las fondas cercanas. Llevaba un vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas, sintiendo cómo la tela rozaba su piel morena con cada paso. Hacía meses que no salía, atrapada en la rutina de su trabajo como diseñadora gráfica, pero esa noche neta necesitaba algo más. Algo que la sacara de su caparazón.

Entró a un bar con música de mariachi suave de fondo, luces tenues y el aroma intenso del mezcal flotando en el ambiente. Se sentó en la barra, pidiendo un paloma, ese cóctel con tequila y refresco de toronja que siempre le recordaba su infancia en Guadalajara. Mientras sorbía el trago, sintió unos ojos clavados en ella. Volteó y ahí estaba él: alto, con piel bronceada, barba recortada y una sonrisa pícara que prometía problemas del bueno. Se llamaba Diego, un artista local que pintaba murales en las plazas.

Órale, este wey me ve como si ya me estuviera desnudando con la mirada
, pensó Paloma, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba hasta sus muslos. Él se acercó, con una cerveza en la mano.

Qué onda, morra, ¿vienes seguido por acá? —dijo Diego, su voz grave como un ronroneo.

—Nah, primera vez. Pero me late el ambiente —respondió ella, cruzando las piernas para que el vestido subiera un poquito, probando el terreno.

Charlaron de todo: de la fiesta de las patronas que se armaba en unas semanas, de cómo el mezcal quema la garganta pero aviva el alma. Diego olía a sándalo y a tierra mojada después de la lluvia, un olor que la mareaba. Sus rodillas se rozaron accidentalmente —o no tanto— y Paloma sintió el calor de su piel a través de los jeans. Chingao, este carnal me está poniendo caliente, se dijo, mientras su pulso se aceleraba.

La noche avanzaba y la tensión crecía como una tormenta. Bailaron salsa en la pista improvisada, sus cuerpos pegándose al ritmo de los tambores. Las manos de Diego en su cintura eran firmes pero gentiles, deslizándose por su espalda baja, enviando chispas eléctricas por su espina. Ella presionó sus caderas contra las de él, sintiendo la dureza que crecía entre sus piernas. El sudor perlaba sus frentes, mezclándose con el perfume salado de sus pieles.

Me estás volviendo loco, Paloma —susurró él al oído, su aliento cálido rozando su lóbulo.

Entonces haz algo al respecto, wey —replicó ella, mordiéndose el labio, el deseo ardiendo en su vientre como tequila puro.

Salieron del bar tomados de la mano, el aire fresco de la noche contrastando con el fuego que los consumía. Caminaron hasta la casa de Diego, una casona antigua con patio interior lleno de buganvillas. Apenas cerraron la puerta, se devoraron con besos hambrientos. Los labios de él sabían a cerveza y a promesas, su lengua explorando la de ella con urgencia. Paloma jadeaba, sus uñas clavándose en su nuca, mientras él la levantaba contra la pared, sus muslos envolviéndolo.

La llevó a la recámara, iluminada solo por velas que proyectaban sombras danzantes. La tumbó en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Se quitó la camisa, revelando un torso musculoso marcado por tatuajes de águilas y serpientes prehispánicas. Paloma lo miró, lamiéndose los labios, el corazón latiéndole en el pecho como un tambor de guerra.

Esto es el abismo de pasión que tanto anhelaba, y voy a tirarme de cabeza
, pensó, mientras él bajaba el vestido por sus hombros, exponiendo sus senos plenos. Sus pezones se endurecieron al contacto con el aire, y Diego los tomó en su boca, chupando con devoción. Ella arqueó la espalda, gimiendo bajito, el placer irradiando desde su pecho hasta su centro húmedo.

Las manos de Diego eran mágicas: masajeaban sus muslos, subiendo lentamente hasta el encaje de su tanga empapada. La rozó con los dedos, sintiendo su calor, y Paloma soltó un ¡ay wey! que lo hizo reír. —Estás chorreando, mi amor, murmuró, mientras deslizaba la prenda por sus piernas. Ella lo ayudó, quitándose el vestido por completo, quedando desnuda ante él, vulnerable pero poderosa.

Diego se desvistió rápido, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, palpitando de necesidad. Paloma la tomó en su mano, sintiendo su calor y su pulso, acariciándola de arriba abajo. Él gruñó, cerrando los ojos, y ella sonrió, saboreando el poder que tenía sobre él. Se arrodilló, lamiendo la punta, probando el sabor salado de su pre-semen. Lo succionó profundo, su lengua girando alrededor del glande, mientras él enredaba los dedos en su cabello negro ondulado.

No aguanto más, Paloma —jadeó, levantándola para besarla de nuevo. La acostó boca arriba, separando sus piernas con ternura. Entró en ella despacio, centímetro a centímetro, llenándola por completo. Ella gritó de placer, sus paredes internas apretándolo como un guante caliente y húmedo. El roce era exquisito, cada embestida rozando su punto G, haciendo que sus jugos fluyeran abundantes.

Se movieron en sincronía, el colchón crujiendo bajo sus cuerpos sudorosos. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con gemidos roncos y suspiros ahogados. Paloma clavó las uñas en su espalda, dejando surcos rojos, mientras él mordisqueaba su cuello, dejando marcas de pasión. El olor a sexo impregnaba el aire: almizcle, sudor, excitación pura.

Él la volteó, poniéndola a cuatro patas, y la penetró desde atrás, más profundo, golpeando su culo firme con cada estocada. Paloma se tocó el clítoris, frotándolo en círculos rápidos, el orgasmo construyéndose como una ola gigante. —¡Más duro, Diego! ¡Dame todo! —exigió, y él obedeció, acelerando el ritmo, sus bolas chocando contra ella.

El clímax la alcanzó como un terremoto: su cuerpo convulsionó, chorros de placer escapando mientras gritaba su nombre. Diego la siguió segundos después, derramándose dentro de ella con un rugido animal, su semen caliente inundándola. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegada a piel, el corazón de ambos latiendo al unísono.

Se quedaron así un rato, acariciándose perezosamente. Diego trazaba círculos en su vientre, besando su hombro. —Eres increíble, Paloma. Como una paloma que se lanza al abismo de pasión sin miedo, dijo él, y ella rio suave, sintiendo una paz profunda.

Neta, esto era lo que necesitaba. Un vuelo libre en ese abismo de pasión que me hace sentir viva
, reflexionó, mientras el sueño los envolvía. Afuera, las campanas de la parrocha daban las doce, marcando el fin de una noche inolvidable y el inicio de algo chido.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.