Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Cuanto Dura La Pasion De Cristo En La Carne Cuanto Dura La Pasion De Cristo En La Carne

Cuanto Dura La Pasion De Cristo En La Carne

6357 palabras

Cuanto Dura La Pasion De Cristo En La Carne

En las calles empedradas de Puebla, durante la Semana Santa, el aire olía a incienso quemado y a flores de bugambilia que trepaban por las fachadas coloniales. El sol del atardecer teñía de dorado las procesiones, donde hombres encapuchados cargaban pesadas andas con imágenes de Cristo sufriente. Yo, Ana, de treinta años, caminaba entre la multitud con un vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel por el bochorno. Mis ojos se posaron en él: Alejandro, un moreno alto, con camisa blanca arremangada que dejaba ver sus antebrazos fuertes, tatuados con un águila mexicana. Nuestras miradas se cruzaron cuando la banda de viento tocaba un miserere lúgubre, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el calor no viniera solo del clima.

—Qué procesión tan intensa, ¿no? —me dijo acercándose, su voz grave cortando el murmullo de la gente. Olía a colonia fresca mezclada con sudor masculino, un aroma que me erizó la nuca.

—Neta, wey. Todo este sufrimiento... me pone a pensar en la pasión de verdad —respondí juguetona, mordiéndome el labio sin darme cuenta. Él sonrió, mostrando dientes perfectos, y nos quedamos platicando mientras la multitud avanzaba. Hablamos de la vida en Puebla, de los chiles en nogada y de cómo la Semana Santa siempre despertaba algo primitivo en uno.

¿Cuánto dura la pasión de Cristo?
se me ocurrió de repente, recordando una vieja broma que oí en la prepa. Lo solté riendo, y él se acercó más, su aliento cálido en mi oreja.

—La de Cristo duró tres días, pero la nuestra... quién sabe cuánto —murmuró, rozando mi mano con la suya. Ese toque fue eléctrico, como una chispa en piel húmeda. Mi corazón latió fuerte, y sentí un calor húmedo entre las piernas. ¿Era pecado? Al carajo, pensé. Éramos adultos, solteros, y el deseo era mutuo.

La procesión terminó en la catedral, con cohetes estallando en el cielo nocturno. Alejandro me invitó a un cafecito en una plaza cercana, pero terminamos caminando hacia mi departamento en el centro, riendo de tonterías. Su mano en mi cintura era firme, posesiva, y yo la dejé ahí, disfrutando el roce a través de la tela fina.

Entramos a mi depa, un lugar chiquito pero acogedor con velas de colores y un ventilador zumbando. Cerré la puerta y él me acorraló contra la pared, sus labios encontrando los míos en un beso hambriento. Sabía a tequila y a menta, su lengua explorando mi boca con urgencia. ¡Qué rico! gemí bajito mientras sus manos bajaban por mi espalda, apretando mis nalgas. Mi cuerpo respondía solo, pechos hinchándose contra su pecho duro.

—Ana, neta que me traes loco desde la procesión —dijo separándose un segundo, ojos oscuros brillando. Le quité la camisa, revelando un torso musculoso, piel morena salpicada de vello negro. Lo besé ahí, lamiendo el sudor salado que perlaba su clavícula. Él gruñó, manos subiendo mi vestido, dedos rozando mis muslos hasta llegar a mis panties empapadas.

Esto es la verdadera pasión, no la de un crucifijo
, pensé mientras él me cargaba al sillón, tumbándome con gentileza. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: cuello, hombros, el valle entre mis senos. Mi respiración era jadeante, el cuarto llenándose del sonido de besos húmedos y telas cayendo. Olía a nuestro arousal, ese musk almizclado que enloquece.

Le desabroché el pantalón, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. Pinche chulada, susurré, acariciándola de arriba abajo, sintiendo su calor y la gota precursora en la punta. Él jadeó, dedos hundiéndose en mi cabello mientras yo la lamía, saboreando la sal y el leve amargor. ¡Chúpamela, mami! rogó, y lo hice, garganta relajada, succionando con ritmo, mis gemidos vibrando contra su carne.

Pero no quería acabar así. Lo empujé al sillón y me subí a horcajadas, frotando mi panocha mojada contra él. Estás chorreando, dijo riendo, guiando su punta a mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Ay, wey, qué grande! grité, arqueando la espalda. El placer era intenso, paredes internas apretándolo mientras bajaba hasta el fondo.

Empezamos a movernos, un vaivén lento al principio, piel contra piel chapoteando. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Yo cabalgaba más rápido, clítoris rozando su pubis, chispas de éxtasis subiendo por mi espina. El sudor nos unía, resbaloso, olor a sexo crudo impregnando el aire. ¿Cuánto dura la pasión de Cristo? se me cruzó en la mente otra vez, mientras él me volteaba, poniéndome a cuatro patas en el sillón.

Entró de nuevo, esta vez fuerte, nalgadas resonando. ¡Chíngame duro, pendejo! le pedí, empoderada, controlando el ritmo con mis caderas. Él obedecía, embistiendo profundo, bolas golpeando mi clítoris. Gemidos llenaban el cuarto, mezclados con el zumbido del ventilador y lejano tañido de campanas. Sentía cada vena de su verga, cada roce enviando ondas de placer. Mi orgasmo se acercaba, tenso como un resorte.

—¡Me vengo, Ana! —gruñó, acelerando. Yo exploté primero, paredes convulsionando alrededor de él, grito ahogado saliendo de mi garganta. ¡Sí, sí, carajo! El mundo se volvió blanco, pulsos en oídos, cuerpo temblando. Él se corrió segundos después, chorros calientes llenándome, gruñendo mi nombre.

Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa. Me besó la frente, suave ahora, mientras el afterglow nos envolvía como una manta tibia. Afuera, la ciudad seguía su ritmo de oraciones y fuegos artificiales, pero adentro, el silencio era perfecto, roto solo por nuestras respiraciones calmándose.

Cuánto dura la pasión de Cristo... la nuestra parece no tener fin —dijo él trazando círculos en mi vientre. Reí bajito, acurrucándome contra su pecho, escuchando su corazón latir fuerte aún.

Quizá la pasión verdadera no mide en horas, sino en momentos como este
, pensé, mientras el sueño nos vencía. Mañana sería Viernes Santo, pero esta noche, habíamos resucitado en carne propia.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.